Boris, de vacaciones en Marbella en medio del caos sin ningún coste político
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Celia Maza (La Isla)

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Boris, de vacaciones en Marbella en medio del caos sin ningún coste político

La evidencia demuestra que le beneficia el caos. Es más, él mismo contribuye a crearlo para luego presentarse en escena como el único salvador

Foto: Una protesta del G7 este junio. El primero a la derecha, Boris Johnson. (Reuters)
Una protesta del G7 este junio. El primero a la derecha, Boris Johnson. (Reuters)

Mientras Roma arde, el emperador se ha marchado de vacaciones. Concretamente, a Torre de Tramores, una lujosa villa situada a siete kilómetros de la costa marbellí que se alquila normalmente por 30.000 euros a la semana. La crisis energética hace mella en las facturas, la falta de combustible en gasolineras obliga a sacar al Ejército, la inflación inicia su poderosa procesión, hay problema de suministro en los supermercados y farmacias, un déficit de mano de obra que en el sector ganadero está obligando a sacrificar a centenares de animales y las relaciones con Bruselas no pueden ser más tensas después de que se quiera renegociar ahora el polémico Protocolo de Irlanda. Pero el emperador se hace una escapada al sol. ¿Y cuáles son las consecuencias políticas? Ninguna. Cero. Los conservadores sacan ocho puntos de ventaja a la oposición. En serio Boris, ¿cómo lo haces? Llegados a este punto les confieso que comienzo a tener síndrome de Estocolmo.

Foto: Un cartel indica que no queda combustible frente a una gasolinera en Londres, Reino Unido. (EFE)

Las vacaciones del primer ministro en plena hecatombe del Reino Unido se han convertido en gran noticia del receso otoñal de Westminster. Tras las conferencias de los partidos políticos, sus señorías no deben regresar a sus escaños hasta el próximo 18 de octubre. Y Boris ha decidido escaparse con su familia a la mansión que les ha prestado el millonario Zac Goldsmith, el mismo que se presentó con los 'tories' para sustituirle en la alcaldía de Londres.

No ganó. Su campaña fue catastrófica. Eso sí, tras la aplastante mayoría conservadora en las generales de 2019, Boris le convirtió en lord y en secretario de Estado para el Medio Ambiente. Así que qué menos que dar ahora las gracias al jefe dejándole unos días la mansión de Marbella.

El quid de la cuestión no es qué se le ha pasado por la cabeza al inquilino de Downing Street para marcharse a la Costa del Sol en un momento verdaderamente delicado para el Reino Unido. Como buen populista, igual no era la mejor idea teniendo en cuenta que justo ahora han subido los impuestos y se han retirado las ayudas que se ofrecieron en pandemia.

La verdadera clave es: qué está ocurriendo en un país para que el primer ministro de un partido que lleva ya 11 años en el poder se marche sin tapujos de vacaciones porque es consciente de que no va a tener que pagar ningún coste político.

El héroe del caos

Lo cierto es que la evidencia demuestra que a Boris le beneficia el caos. Es más, él mismo contribuye a crearlo. Su 'modus operandi' es iniciar fuegos, escabullirse, ver cómo las llamas se extienden y luego presentarse en escena como el único salvador.

Y, además, es todo un maestro evadiendo responsabilidades. Los problemas ante el Protocolo de Irlanda se deben a la intransigencia de Bruselas, no a que él se niegue a cumplir lo pactado con el divorcio. Las dificultades que atraviesan ahora las empresas por el Brexit se deben a la irresponsabilidad de los empresarios por no haberse preparado bien para la salida de la UE. Las subidas de la factura de gas son por una crisis global. Y la falta de mano de obra es por la pandemia, no por la nueva ley de inmigración.

Por mucho que se hable estos días de un nuevo invierno del descontento como el que se vivió en 1979, Boris está convencido de que él no acabará como James Callaghan. Por aquel entonces, el Reino Unido también estaba sumido en caos ante las grandes huelgas. La de transportistas dejó a las gasolineras sin combustible y a los supermercados sin alimentos. La de profesores, a los alumnos en casa. La de enterradores, los cadáveres en las calles. Y la de limpiadores, la basura en cada acera llena de ratas. No había pienso y los granjeros tiraban los cerdos muertos en los caminos. No había gas y los ciudadanos no podían calentarse en uno de los inviernos más fríos que se recuerde.

Cuando el entonces primer ministro británico Callaghan volvió a Londres todo bronceado tras una cumbre internacional en la soleada isla caribeña francesa de Guadalupe, un periodista le preguntó cuál sería el siguiente paso para lidiar con el caos que parecía apoderarse del país.

La respuesta del laborista fue que esa opinión no era compartida por otra gente, algo que dejó atónita a la ciudadanía. Al día siguiente, la portada de 'The Sun', el tabloide más vendido, amaneció con el siguiente titular: “¿Crisis? ¿Qué crisis?”. Fueron unas palabras que el entonces 'premier' jamás había pronunciado literalmente, pero que acabaron marcando el colapso de su Gobierno y la victoria de Thatcher.

Sin invierno del descontento

Pero esta vez no. El invierno del descontento que se avecina no va a mermar el liderazgo de Boris. En todo caso, puede incluso fortalecerlo. La razón principal es que el modo de 'crisis nacional' es un escenario que siempre ha jugado con las fortalezas del primer ministro y las debilidades del líder de la oposición laborista.

Boris tiene un don para convertirse en 'cheerleader' en los peores momentos. Su fuerte, claramente, es la narración de historias, basada en la creencia de que ofrecer grandes cambios puede ser casi tan efectivo como llevarlos a cabo.

Su discurso de clausura en el congreso del partido conservador la semana pasada en Mánchester fue un buen ejemplo de ello. Los 45 minutos de intervención estuvieron marcados por florituras retóricas, humor y entusiasmo. Pero no hubo medidas para hacer frente a todos los problemas que ahora se plantean en la economía.

Durante las entrevistas, tampoco ofreció soluciones. David Cameron llegó a decir una vez medio admirado ante su amigo-enemigo acérrimo que “lo que pasa con el lechón engrasado es que se las arregla para escaparse de las manos de otras personas saliendo de los apuros donde los simples mortales fallan”. Y así es Boris. Por mucho que los periodistas le cuestionaran sobre la falta de suministro, inflación, Protocolo de Irlanda… ¡shlooop!… Él se alejaba de las cuestiones incómodas, lubricado por una falta de vergüenza y un dominio de verborrea.

Foto: Boris Johnson, durante la Convención del Partido Conservador en Mánchester. (EFE)

En los próximos meses, seguro que habrá otros discursos vacíos de contenido pero cargados de optimismo. Es más que seguro que Boris apele al 'espíritu Blitz' que la ciudadanía mostró durante los bombardeos de la II Guerra Mundial, ensalzando el particular talento británico para superar las adversidades. Porque los franceses pueden superarles en sofisticación, los españoles en pasión, los norteamericanos en grandes puestas en escena, pero nadie como los británicos para mantener la calma cuando las cosas van mal. 'Keep calm and carry on!'.

Y, ante todo, la gran diferencia política entre el invierno del descontento de 1979 y el actual es que hace 42 años el líder de la oposición estaba armado no solo con la furia por la incompetencia del Gobierno, sino por un conjunto de propuestas que eran radicalmente diferentes del 'statu quo'. Thatcher supo vender el mensaje de que el problema de todos los males eran los superpoderosos sindicatos y ella tenía un plan claro para domesticarlos.

Pero el actual líder de la oposición, Keir Starmer, no tiene ese plan ni esa claridad. Es precisamente Boris el que siempre se ha presentado como enemigo del 'statu quo' y todas las dificultades las vende ahora como necesarios dolores de parto para ver un nuevo modelo económico con el que el Reino Unido saldrá fortalecido tras su salida de la UE.

Starmer no puede argumentar que deberíamos revertir el Brexit porque eso iría contra la decisión por la que votaron los británicos en 2016; no puede defender volver al modelo anterior de inmigración ilimitada para solucionar la escasez de mano de obra porque el control de las fronteras fue precisamente la protagonista de la campaña del referéndum. Sin una alternativa clara al 'statu quo', el laborista cuenta con poco margen de maniobra. Y para Boris es muy fácil simplemente acusarle de hombre gris y pesimista.

En definitiva, sin oposición amenazante, sin rival entre sus filas y con una mayoría absoluta en la Cámara de los Comunes de 80 escaños, Boris puede disfrutar tranquilamente del sol marbellí. Roma arde. Pero, de momento, el emperador está a salvo.

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