Poesía bruselense: la belleza de la apisonadora de la UE

La opinión pública tiende a tachar a Bruselas de burocrática y demasiado apegada a los procedimientos. Ahí radica su efectividad. Pero se pueden aprender algunas lecciones de esta crisis

Foto: Entrada de la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)
Entrada de la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)

Durante la campaña de 2016, e incluso ya en 2017, algunos políticos conservadores británicos defendían que el acuerdo del Brexit con la Unión Europea sería sencillo y cosa de dos tardes. Luego llegó la realidad, y el Gobierno británico se vio aplastado una vez tras otra en unas negociaciones que Bruselas no tuvo fuera de su control ni un solo minuto. Funcionarios como la alemana Sabine Weyand llevaron las conversaciones con varios kilos de documentos bajo el brazo y mano de hierro. El Reino Unido aprendió una dura lección entonces: no se negocia con la UE. Solo puedes intentar acordar de qué manera te vas a adaptar a sus condiciones y cuándo vas a admitirlo, salvo que seas EEUU o China.

A la UE no le hace falta subir el tono para encender la apisonadora. Una demostración llegó el pasado viernes, tras una semana turbulenta en la que el constitucional alemán había atacado con una sentencia muy agresiva el rol del Tribunal de Justicia de la UE (TJUE), el máximo interpretador del derecho de la Unión. La corte alemana, además de poner en riesgo todo el corpus legal de la UE, que lo es todo, lo hizo de una manera agresiva. El TJUE respondió el viernes, con un comunicado durísimo, pero en el que no había una sola palabra que se alejara de ese vocabulario bruselense apegado a las normas y los reglamentos. Al final del comunicado la corte de Luxemburgo explicaba que daba por zanjado el asunto.

Michel Barnier, negociador jefe del Brexit, con uno de los documentos de la negociaciones. (EFE)
Michel Barnier, negociador jefe del Brexit, con uno de los documentos de la negociaciones. (EFE)

Bruselas y todas las instituciones en general, pueden hacer mucho daño con un par de líneas. No hay peor ataque en la capital comunitaria que acusarte de no entender o no seguir las normas. La sensación que se genera es de ser un aficionado poco serio ante las reglas mínimas que todos deberían entender. El equipo negociador británico sabe cómo escuece eso, ahora puede que el constitucional alemán también lo sienta, aunque su reto al TJUE sigue siendo enormemente serio y puede marcar el futuro de la Eurozona si no se gestiona de manera responsable.

Al gremio bruselense le encantó el comunicado del TJUE, le gusta ese lenguaje, esos comunicados asépticos, esas montañas de documentos, la “poesía de la apisonadora”. Ve belleza en ese lenguaje árido, ese amor por las reglas. Forma parte de su ADN y su cultura. “Mi pareja me pidió que pusiera algo romántico mientras cenábamos, así que puse una lista de reproducción con la lectura de toda la legislación europea en todas las lenguas oficiales”, leí hace poco a una persona de la llamada ‘burbuja de Bruselas’.

Ese apego a las normas, al vocabulario y al documento es clave en cómo la UE ejerce su poder, y por eso la Unión busca proyectar ese poderío a través de las negociaciones comerciales, porque es donde Bruselas se mueve más cómoda, donde puede imponer sus estándares y su visión. De hecho, utiliza los acuerdos comerciales para obligar a países terceros a seguir sus estándares medioambientales o de protección de datos. No es una casualidad que la misma Weyand que se convirtió en la peor pesadilla de los negociadores británicos esté ahora al frente de la dirección general de Comercio de la Comisión Europea.

Cuando la Comisión Europea tiene competencias en una materia es muy efectiva, como demuestra su trabajo en comercio, o las labores de Margrethe Vestager y su equipo al frente de Competencia: un apego a las normas que ha llevado a la Comisión Europea a ser una referencia en esta materia por sus altos estándares, temida por las grandes compañías, y vista como útil para muchos ciudadanos que hasta ese momento no sabían bien qué hacía el brazo ejecutivo de la UE.

Pero cuando Bruselas no está completamente a los mandos, esta cultura juega en su contra. Lo hemos visto esta semana. La Comisión Europea no tiene un rol en el turismo ni en el levantamiento de fronteras, pero ante la deriva caótica de los Estados miembros quería intentar poner algo de orden, y corregir los errores cometidos al inicio del Gran Confinamiento. Y no ha salido bien.

El Ejecutivo comunitario publicó su estrategia para el turismo y la reapertura de fronteras el miércoles, con cuatro comisarios en dos ruedas de prensa distintas que duraron varias horas y unas 100 páginas de documentos llenos de vocabulario y normas pero en las que no quedaba nada demasiado claro. Y una serie de recomendaciones, útiles, y una presión política que habría podido ser beneficiosa para proteger la libertad de movimiento, han quedado en nada.

Una mujer con mascarilla cerca de la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)
Una mujer con mascarilla cerca de la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)

Hay dos lecciones que se deben aprender de ello. La primera es que la Comisión Europea tiene que ser más política en aquellos campos donde no puede aplicar la “poesía de la apisonadora”. Bajo el mando de la actual presidenta, Ursula von der Leyen, se han dado algunos pasos hacia atrás en esta politización del Ejecutivo comunitario. Y hay que ser más político no solo de puertas hacia dentro, también en el exterior, en un mundo cada vez más polarizado y que se sale del ámbito en el que la UE se sentía cómoda, que eran las instituciones multilaterales en las que las normas eran claras. Debe ser capaz de lanzar mensajes claros y directos. Mostrarse decidida.

Y con esa acción más política y decidida debe poder convencer a las capitales para obtener competencias. Porque es aquí donde viene la segunda lección. Cuando tienen competencias, las instituciones europeas responden, son efectivas y claras, y Europa es más efectiva y se parece más a lo que los ciudadanos quieren. Sí, hay belleza en esa “poesía de la apisonadora”, es tremendamente útil y efectiva para la UE, pero no puede sobrevivir únicamente con ella. Y, como ha demostrado esta semana, puede tener justo el efecto contrario al deseado.

La capital
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