El septiembre de Bruselas: ideales y exilio

Cada septiembre cientos de jóvenes españoles aterrizan en Bruselas por una mezcla de expulsión del mercado laboral e interés por los asuntos europeos

Foto: Una mujer camina por la Plaza Luxemburgo de Bruselas. (EFE)
Una mujer camina por la Plaza Luxemburgo de Bruselas. (EFE)

Cada mes de septiembre se da una migración especial en Bruselas: miles de jóvenes de toda Europa, también españoles, llegan a probar suerte. La entrada en la capital belga en autobús desde el aeropuerto de Charleroi, una ciudad al sur del país que se vende como “la ciudad más fea del mundo” y que es la opción barata para volar hasta Bélgica, no es muy lujosa, siendo optimistas. Llegar a la estación de Midi (donde van a parar los autobuses desde Charleroi) es como la vida belga: caótica, sin demasiado sentido, con un punto de sentimiento colectivo de perplejidad y al mismo tiempo intriga.

Son muchos los jóvenes que abandonan cada año España para buscarse un futuro fuera. En la mayoría de los casos no lo hacen de buena gana. Es una obligación por las circunstancias: España es el país con un mayor paro juvenil de la Unión Europea. En el caso de la migración a Bruselas hay una mezcla: jóvenes que salen del país porque no les queda más opción y ven en la capital comunitaria una buena oportunidad, o los que vienen por vocación, por un interés especial por los asuntos europeos. Exiliados o guiados por sus ideales, acaban aterrizando en Bruselas.

La sensación de caos que puede sentir un recién llegado en las primeras horas o días suele dar paso a otra imagen de la ciudad, mucho más verde de lo que imaginaban, con una amplísima vida cultural e intelectual, que acaba dando paso a un vértigo no siempre esperado. Muchos vienen atraídos por la política europea, las instituciones comunitarias y lo que se suele llamar la “Burbuja de Bruselas”. Lo que la mayoría no esperan es que eso domine una inmensa parte de la vida pública y social. Ir a bares, restaurantes o una terraza es sinónimo de discutir sobre asuntos europeos, cruzarse con eurodiputados o funcionarios. Todo Bruselas es una enorme red de contactos y lazos.

Banderas europeas frente a la sede de la Comisión Europea. (Reuters)
Banderas europeas frente a la sede de la Comisión Europea. (Reuters)

“Para la gente como yo Bruselas sería lo que Los Ángeles es para los actores, Hollywood Boulevard es la Plaza de Luxemburgo o la Plaza de Londres un jueves. Las oportunidades para hacer algo mejor están aquí, solo hay que ir a buscarlas”, explica Abel, que tuvo un aterrizaje accidentado en la ciudad debido a que la crisis del coronavirus ha segado buena parte de las numerosas ofertas laborales que suelen existir en la capital comunitaria, pero que decidió insistir para poder quedarse. “Lo que más me gusta de Bruselas es la actitud de los que llegan aquí, las ganas de cambiar algo que no te gusta y la creencia de que con trabajo es posible hacerlo”, asegura.

La Plaza Luxemburgo o la Plaza de Londres de las que habla Abel son puntos de encuentro para jóvenes, becarios, eurodiputados, diplomáticos, corresponsales y funcionarios los jueves por la noche. Una oportunidad para hacer contactos en empresas o instituciones de muchos países e intereses distintos. Es, seguramente, una de las máximas expresiones de la ‘Burbuja de Bruselas’. Otro buen ejemplo fueron las míticas votaciones del acuerdo del Brexit en el Parlamento británico, retransmitidas en pubs irlandeses llenos de jóvenes y no tan jóvenes que seguían cada intervención como si de un partido de fútbol se tratara.

Daniel es un buen ejemplo de los jóvenes que viven de lleno en ese mundo. Estudió en el prestigioso Colegio de Europa de Brujas (Bélgica) en el que se forman algunos de los futuros altos funcionarios europeos, y ahora vive en Bruselas junto a otros compañeros de clase. Es la ruta natural de muchos de los que pasan por el Colegio. Álvaro es otro ejemplo, recién aterrizado en la capital comunitaria para hacer prácticas en la Comisión. Y su sensación es compartida por muchos: “Parece que todo gira sobre la UE”, explica.

El caso de Aina es distinto. El año pasado acabó un máster en la Vrije Universiteit Brussel, y aunque nadie escapa del todo de la conversación europea en la capital comunitaria ella tiene un grupo de amigos muy heterogéneo, con un pie todavía en los estudios y otro en el mundo profesional, por lo que todavía no se siente atrapada por la llamada ‘Burbuja de Bruselas’.

Torre de la Grand Place de Bruselas. (EFE)
Torre de la Grand Place de Bruselas. (EFE)

Sobrevivir

Pero una razón de fuerza para que Aina vuelva a la capital comunitaria es pragmática. Ha estado en tres prácticas sin cobrar ni un solo euro, y vuelve ahora a Bruselas con unas remuneradas bajo el brazo. “Respecto a España ofrece mejores oportunidades”, explica la joven que, de hecho, todavía está pendiente de si es admitida en un programa de prácticas de la Eurocámara, como muchos otros jóvenes que viven o quieren vivir en Bruselas. “Siempre había pensado en la oportunidad de trabajar en el Parlamento Europeo”, asegura.

“Lo que me hizo tomar la decisión de coger la maleta y venirme fue que yo veía Bruselas como una ciudad de oportunidades”, explica María, que está realizando prácticas como corresponsal en una agencia de noticias. La periodista explica que muchos de los que llegan a Bruselas comparten su perfil: “Jóvenes, interesados por temas europeos y haciendo cualquier tipo de ‘internship’. Las condiciones de los becarios son bastante mejores, con lo cual, es más sencillo hilar una beca con otra y coger experiencia hasta que salga alguna oferta laboral”.

Esa oportunidad de engarzar una práctica con otra con una remuneración mínimamente decente que les permite seguir tirando hace que algunos, que llegan con la idea de quedarse tres o seis meses y volver a España, acaben quedándose cuatro, cinco o diez años en la capital comunitaria. Quizás no tendrían pegas en volver, pero España y su mercado laboral no pueden igualar las condiciones de Bruselas. “Vine para un verano y llevo quince años” es una frase que se escucha bastante.

Los jóvenes saben que en Bruselas no suele faltar trabajo, y eso hace que una mezcla de pragmatismo e interés les mantenga cerca. “Con la crisis del Covid-19 tenía que asegurarme unas prácticas que supiese no me iban a cancelar, y ni siquiera un virus puede parar la maquinaria europea”, explica Estela, que aunque asegura que Bruselas no es su “ciudad soñada” hay “facilidades para vivir y suficientes oportunidades laborales como para no querer dejarla todavía”.

Sede del Parlamento Europeo en Bruselas. (Reuters)
Sede del Parlamento Europeo en Bruselas. (Reuters)

Kilómetro 0

“Desde allí - Madrid - me daba la sensación de que en Bruselas se mueve todo, que es el km 0 de muchos temas y que toda esa maraña de instituciones se traduce en puestos de trabajo”, explica María. Y son muchos los que piensan exactamente lo mismo que ella y aterrizan aquí con el objetivo de no perderse nada.

También llegan a Bruselas estudiantes que buscan quedarse después, como ahora planea hacerlo Aina. Es el caso también de Rubén, que llega a la Universidad Libre de Bruselas (ULB) pensando en encontrar algo que tenga que ver con las Relaciones Internacionales que estudia, aunque quiere otras experiencias en el extranjero antes de asentarse de vuelta en Bruselas. “Estar a unos pocos kilómetros de los principales organismos de la UE, la OTAN y muchos think tanks, lobbies y ONGs es impactante”, señala, y eso abre la puerta a “encontrar multitud de prácticas inimaginables en España”. “Allí apenas hay oportunidades laborales para los jóvenes, es difícil encontrar prácticas, y casi siempre son no remuneradas”, asegura.

Jon también tiene esa sensación. Ha llegado a estudiar un máster y su intención es no volver a España durante un tiempo. Tiene claro que quiere completar una etapa en la capital comunitaria. “Mi intención es encontrar un hueco en la burbuja europea que rodea las instituciones de la UE, y eso solo puedo encontrarlo aquí. Mi intención es terminar el máster y seguir desarrollando mi carrera profesional en este ámbito durante los próximos años”, explica.

Aunque las cosas no son fáciles y la situación laboral ha empeorado mucho en los últimos meses los jóvenes que llegaron hace tiempo no están dispuestos a rendirse fácilmente. No quieren hacer las maletas y volverse. Es el caso de Gabi, que explica las ventajas que tiene trabajar en la capital comunitarias. “¿Incendios en el Amazonas? Repercusión en Bruselas. ¿Protestas antiracismo en EEUU? Repercusión en Bruselas ¿Cambio de jefe de Gobierno en Japón? Repercusión de Bruselas. Trabajar en Bruselas es como trabajar en la centralita de la globalización”.

Protesta de Greenpeace por los incendios en el Amazonas sobre la fachada de la Comisión Europea. (EFE)
Protesta de Greenpeace por los incendios en el Amazonas sobre la fachada de la Comisión Europea. (EFE)

Exportar talento

España sigue siendo una fuerza exportadora de talento a Bruselas. Y eso, a diferencia de otras ‘fugas de cerebros’, no es totalmente negativo. Muchos de ellos acaban entrando en las instituciones europeas, o forman parte de una red amplia que, de una manera indirecta, ayudan a la proyección de la idea de Europa que tiene España.

A diferencia de los jóvenes de otros países, para los que las instituciones europeas han dejado de ser atractivas, a los españoles les sigue pareciendo que trabajar en la Unión Europea o sus aledaños es una buena opción para una larga carrera profesional. Y eso es importante, tanto para el país como para el proyecto europeo. Que un joven español con un buen currículum que puede dedicarse a un banco de inversión en Londres se sienta atraído por la mucho menos glamurosa, mucho más dura y, por qué no, mucho más interesante Bruselas es una buena señal.

Está bien que España exporte talento y jóvenes. Pero sería mejor que eso fuera producto de una política pública bien definida para ocupar puestos claves en la burbuja de Bruselas que como resultado de un sistema que hace ver a los jóvenes acaben expulsados del mercado laboral y teniendo que buscar oportunidades fuera del país.

Ellos todavía no lo saben, pero algunos de los jóvenes que estos días arrastran enormes maletas por Bruselas recién llegados desde el aeropuerto no las volverán a hacer para volver a España. Para ellos quizás eso no sea una muy mala noticia, aunque cuando se les pregunta si querrían volver a su país la mayoría no contestan que no quieran, sino que no pueden. Y es ahí donde está la mala noticia para España.

La capital
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