Gastar por responsabilidad y por Europa: esto no es un rescate

España tiene poco tiempo para gastar 140.000 millones de euros del Fondo europeo. Debe guiarle la responsabilidad de haber sido coautor del plan, y no el típico complejo de inferioridad

Foto: Bandera española y europea en la base de Rota. (EFE)
Bandera española y europea en la base de Rota. (EFE)

Normalmente la visión que se tiene en España del club al que pertenecemos es equivocada. Desde un sentimiento de inferioridad, buscamos en Europa la salvación de nuestro drama nacional. Incapaces de ser un país estructurado, siempre carcomido por la corrupción y las malas prácticas, buscamos en Europa la redención de nuestros pecados. Unas ideas muy orteguianas (“España es el problema, Europa es la solución”), heredadas de décadas de aislamiento que han dado como resultado una participación bastante atrofiada de España, su clase política y sus ciudadanos en muchos asuntos europeos. Por suerte, y con el paso del tiempo, esa tendencia ha ido cambiando, aunque sigue ahí.

España es un miembro de pleno derecho de la Unión Europea, y debe participar en ella con los mismos complejos que Italia, Alemania, Francia, Malta o Eslovaquia: ninguno. Hay que presentar documentos, estar presentes en Bruselas y hacer política europea en mayúsculas. No siempre hay que asumir un rol secundario. La frase “España siempre estará en el consenso europeo” tan repetida por diplomáticos españoles no puede ser un corsé.

Hay que abandonar esa tendencia a mirar a Europa desde abajo. “Dinamarca es el ejemplo perfecto, nosotros somos solo unos holgazanes. Ahí arriba los trenes van en hora, no hay corrupción y por supuesto tampoco hay sobrepeso. Todo fluye en armonía en Europa”. Obviamente, nada de eso es verdad. Muchas veces habría que mirar más hacia el interior, a la propia España, para potenciar los puntos fuertes. Las buenas praxis también se pueden encontrar dentro del país.

Pero esta vez sí, hay que mirar a Europa. Y hay que hacerlo con extrema urgencia en el marco del Fondo de Recuperación, del que España obtendrá 140.000 millones de euros en los próximos años. Solo entre 2021 y 2022, el país tiene asignados casi 43.500 millones de euros solo en transferencias, es decir, fondos que no van a tener que ser devueltos. El país no está preparado ahora mismo para absorber esa cantidad de fondos, y hay que ponerse manos a la obra.

No hay que mirar a Europa buscando una solución mágica, esperando que ella, redentora e inmaculada, vaya a sacar las castañas del fuego a España. Tampoco hay que plantearse el uso de la financiación del Fondo desde esa perspectiva: debemos aprovecharlo, porque se nos ha sido concedida una oportunidad histórica gracias a la generosidad de los socios. No es ese el camino a seguir.

Hay que planteárselo desde un prisma distinto: no hay que mirar a Europa buscando una solución, sino buscando un espejo. El acuerdo no ha sido entregado al país como un acto de caridad, sino que es producto de una dura negociación en la que España también jugó un papel. Lo primero que debe guiar la acción del Gobierno y los actores implicados en el uso del Fondo no es una especie de agradecimiento, sino la responsabilidad como Estado miembro y como coautor de la medida. Esto ni es un rescate ni es un regalo.

El primer ministro holandés charla con el presidente del Gobierno. (EFE)
El primer ministro holandés charla con el presidente del Gobierno. (EFE)

Debe ser la responsabilidad como miembro del club y primer interesado en el Fondo lo que guíe a España a tener un plan de acción real, concreto y claro sobre a qué dedicar esos 140.000 millones. Por el momento, a nivel político y mediático, la atención que se le presta a este asunto es mucho menor que la que se le dedica en otros países. Enzarzados en polémicas internas y tácticas políticas cortoplacistas, la clase política se aleja peligrosamente de la realidad. El tiempo se agota. Si España no se sube a este tren y saca el máximo provecho de él las desigualdades existentes entre socios europeos se van a disparar. Y eso es sinónimo de ir matando poco a poco el proyecto europeo.

Hay que pensar en grande. Son muchas las propuestas que se están haciendo que servirían al país para salir adelante de esta crisis con reformas que le hagan estar mejor preparada para el futuro. Es crucial para eso que las administraciones, a todos los niveles, estén coordinadas y preparadas y que el sector privado y los agentes sociales estén a bordo. Eso no va a ocurrir de la noche a la mañana y por arte de magia. Va a conllevar mucho trabajo y si uno de los eslabones falla todo el dinero que llegue no servirá para el objetivo real.

Eso requiere dejar a un lado las trincheras políticas, al menos en una serie de asuntos. Es difícil: al fin y al cabo todo es política. Es absurdo pedir un consenso total en todo: no es la solución, las diferencias y el choque de ideas es algo totalmente necesario para una democracia real. Pero también es cierto que los ciudadanos necesitan un salvavidas en esta situación dramática. El salvavidas es esto, está aquí. España ha ayudado a diseñarlo en un histórico acuerdo europeo. No lanzarlo al mar por no estar de acuerdo sobre quién debe hacerlo porque será quien se lleve el crédito es absurdo y no será perdonado por los ciudadanos.

No solamente debe hacerlo por los ciudadanos. Debe aprovechar esta oportunidad por responsabilidad. Esto no es un rescate. Nadie está rescatando a España. Es el momento de realizar reformas, nacidas desde dentro y asumiendo la autoría de las mismas. Todo lo demás será profundizar en ese complejo de inferioridad que atrofia nuestra acción europea y dar la razón a aquellos que quieren que el país se crea sus propios prejuicios. Si se ha logrado construir un acuerdo histórico a nivel comunitario ahora es el momento de demostrar que merece la pena.

La capital
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