Un dique en la Toscana

El superdomingo electoral en Italia deja al país en las puertas de lo que puede ser un ciclo virtuoso en la agenda europea, un escenario de estabilidad que no conviene a Salvini

Foto: Salvini habla ante los medios en Milán el pasado 'superdomingo'. (Reuters)
Salvini habla ante los medios en Milán el pasado 'superdomingo'. (Reuters)

Muchos europeos de a pie, también diplomáticos y políticos, miraban a la Toscana el pasado domingo con preocupación. Ahí, en esa región italiana, se jugaba no sólo el futuro de sus ciudadanos, ni siquiera el futuro del país: se estaba jugando, en parte, el futuro de Europa. La coalición de derechas italiana, liderada por Matteo Salvini, que encabeza la xenófoba y euroescéptica Lega, tenía un objetivo claro en las elecciones regionales del 'superdomingo': si era capaz de tomar Toscana, bastión de la izquierda italiana, sería el paso definitivo para derribar al débil Gobierno de coalición liderado por Giuseppe Conte. Si no caía el Ejecutivo, desde luego serviría para minarlo todavía más mientras toda la Unión Europea se limita a contar cuántos días pueden quedar para que Salvini se haga con el poder en un país que es una auténtica bomba de relojería para el club comunitario. La pregunta que todo el mundo se hace en Bruselas respecto a Italia no es si Salvini tomará el poder, sino cuándo lo hará.

Al menos hasta ahora. Porque el domingo no ocurrió eso. Toscana aguantó en manos de la coalición del PD, una formación socialdemócrata que comparte Gobierno con los populistas anti-establishment del Movimento 5 Stelle (M5S). El centro izquierda retuvo tres de las cuatro regiones que gobernaba antes del domingo. La coalición de derechas de Salvini hizo avances, pero ya no logró los baños de hace unos meses. Sí, el mapa electoral italiano ha pasado de ser rojo unos años atrás a ser casi enteramente azul. Pero la sensación general es que se ha frenado la descomposición. Salvini ya intentó tomar Emilia-Romaña y fracasó. Y ahora ha ocurrido con Toscana. La derecha italiana ya no es una apisonadora.

Eso no cambia la realidad: Italia sigue bajo una tormenta perfecta. Se calcula que terminará el año con una deuda pública de casi el 156% del PIB, un sur absolutamente hundido por la crisis económica y social, años de atraso y abandono, y un país partido en dos, con un electorado desconectado de Europa y en el que la cuestión migratoria tiene un rol crucial: el país está en primera línea de la ruta del Mediterráneo central, y las llegadas desde Libia se han disparado en los últimos años.

El fin de la luna de miel de Salvini, que terminó cuando en verano de 2019 intentó hacer caer el Gobierno en el que él mismo participaba y unicamente logró ser defenestrado y perder la centralidad del escenario político, no representa que los votantes estén dando completamente la espalda a formaciones de extrema derecha o xenófobos. Lo que pierde Salvini va a parar a la formación Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni, todavía más a la derecha. La amenaza sigue ahí: la victoria en unas elecciones no es la victoria de una formación conservadora, es la victoria de un bloque que está dispuesto a mover los cimientos de la Unión. Significa tener a un Gobierno en Roma en el que nunca podrá confiar Bruselas, porque nunca sabrá si ha abandonado su plan de salir de la Eurozona.

Berlusconi (izquierda) junto a Meloni (centro) y Salvini (derecha). (Reuters)
Berlusconi (izquierda) junto a Meloni (centro) y Salvini (derecha). (Reuters)

Además, y aunque las elecciones refuerzan al Gobierno, este sigue siendo muy débil. La coalición no deja de ser extraña, y el M5S, que cada vez se encuentra más dividido y desintegrado, es un partido con una capacidad de desestabilización importante. Este Gobierno, por su naturaleza, nunca va a dejar de ser frágil.

La situación sigue siendo mala, pero la sensación que se ha extendido es la de “ahora sí, hay partido”. Por primera vez desde que Matteo Renzi perdiera el referéndum constitucional de 2016 y sumergiera a Italia en un lustro de caos, se está registrando un cierto optimismo en Bruselas: la esperanza es que el país puede estar empezando a remontar la situación. La idea de que puede estar entrando en una especie de “ciclo virtuoso”.

Roma está siendo capaz de controlar, al menos por el momento, la segunda ola del coronavirus, lo que está impulsando la imagen internacional del país respecto a otros socios europeos, entre otros España. Por su parte, el Gobierno tiene bajo el brazo 209.000 millones de euros del Fondo de Recuperación europeo en el que el primer ministro Conte y el titular de Finanzas, el socialdemócrata Roberto Gualtieri, tuvieron mucho que decir. Si Roma es capaz de aprovechar esos fondos la economía italiana podría recibir el impulso que necesita. Bien utilizado, esos miles de millones de euros pueden ser el billete a la supervivencia para el europeísmo en Italia.

No solo eso: la Comisión Europea acaba de proponer una reforma del sistema migratorio que, de llegar a acordarse y cerrarse, ofrecería al Ejecutivo italiano una victoria en un terreno que hasta ahora nadie está pudiendo disputar a la extrema derecha. Hay pocos asuntos que pudieran dañar más una campaña de Salvini que el Gobierno pueda defender que ha logrado un acuerdo que le permite contar con el resto de socios comunitarios en caso de una nueva crisis migratoria.

Giuseppe Conte, primer ministro italiano. (Reuters)
Giuseppe Conte, primer ministro italiano. (Reuters)

La victoria parcial el pasado 'superdomingo' ha permitido al Gobierno vivir para ver un nuevo día, que en Italia no es poca cosa. Con el Fondo de Recuperación y un posible pacto migratorio, y siempre y cuando no ocurran imprevistos, el Ejecutivo podría sobrevivir hasta el final de la legislatura y alcanzar los comicios de 2023 con un par de balas en la recámara.

Para la Unión Europea es de extrema importancia. Saber que Italia no camina por el alambre, que hay una cierta garantía de que de la noche a la mañana Europa no se va a despertar con un Gobierno euroescéptico en Roma, ya ayuda a dormir en la gran mayoría de capitales. Con una sucesión crucial en Alemania el próximo año, sin saber exactamente cómo será el mundo cuando Angela Merkel desaparezca, y sin garantías de que Emmanuel Macron sobreviva al desgaste en Francia antes de las elecciones en 2022, la Unión Europea necesita saber que el polvorín que es Italia no va a explotar antes de 2023.

Si además Roma logra darle la vuelta al partido y la coalición de centro izquierda llega a las elecciones con posibilidades de ganar, o al menos de mantener un pulso duro con Salvini, y éste se ve acorralado en el discurso migratorio y vira hacia el votante más moderado, sin desangrarse hacia Meloni, entonces la situación será mucho mejor de lo que podía llegar a imaginarse en julio de 2019. En Toscana Salvini esperaba coger la ola que le llevara hasta el poder en Roma. En cambio se ha encontrado con un dique.

La capital
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