Una vida a la europea

Los que vivimos lejos de nuestros países de origen vemos grandes diferencias dentro de Europa. Estas desaparecen cuando te alejas un poco más: sí, existe una forma de vida europea

Foto: Dos jóvenes beben una cerveza en Oporto, Portugal. (EFE)
Dos jóvenes beben una cerveza en Oporto, Portugal. (EFE)

El pasado sábado un grupo de españoles se arremolinaban en un céntrico piso de Bruselas. Este tipo de reuniones suelen servir para dos cosas: intentar olvidar que estás en Bélgica, y, si eso no es posible, hablar sobre lo diferente que es la vida en España, lo mucho que se echa de menos. Al salir a la calle, bajando unos metros, puedes pedirte algo de comida griega para llenar el estómago, acompañada de una cerveza belga, para volver a casa donde te espera una estantería llena de productos españoles e italianos comprados en el mercado del domingo en Place Jourdan. Quizás no sea el estilo de vida español, pero definitivamente es el estilo de vida europeo.

Las noches de un expatriado en Copenhague, Berlín o Helsinki pueden consistir en echar de menos España. Pero un expatriado europeo en Chicago o Pekín puede acusarle de egoísta: al fin y al cabo está en Europa. Y la vida no es tan distinta. Visto desde fuera, la brecha que separa “la manera de vivir” de los europeos se estrecha hasta casi desaparecer, hasta fundirse en un “modo de vida europeo”.

Evidentemente, la “vida europea” vista desde fuera está llena de prejuicios y simplificaciones. Basta ver cualquier película o serie americana ambientada en Europa para entender que la visión que hay sobre el Viejo Continente está cimentada sobre clichés, simplificaciones y estereotipos. Pero es difícil que no se acuda a ellos, porque en parte son reales: efectivamente, en las calles de Madrid la vida apacible ocurre en una terraza al sol; en París la gente desayuna croissants de verdad; y en Belfast la gente se arremolina en el Commercial Court para cantar, pinta en mano, una canción típica a cero grados en el invierno norirlandés.

Jóvenes en Roma durante la pandemia del Coronavirus. (Reuters)
Jóvenes en Roma durante la pandemia del Coronavirus. (Reuters)

Hay quien puede asegurar que más que un “estilo de vida europeo” existe un “estilo de vida mediterráneo”. Puede ser cierto. Pero Europa empieza a ser una gran ‘polis’ con muchísimos intercambios. Un belga me contaba hace poco que años atrás sólo se salía a cenar por el cumpleaños de un padre o una madre, y que ahora se trata de una costumbre casi semanal incluso aunque en Bélgica las relaciones entre amigos sigan ocurriendo muchas veces en las casas. Muchas plazas de Bruselas están ahora abarrotadas de gente hasta altas horas de la noche incluso durante los días de la semana, imágenes bastante menos comunes hace solo cinco años.

Es cierto que los europeos pasamos más tiempos con los amigos y familia que en otros lugares del mundo, o que dedicamos más horas a pasear por bares y restaurantes. Respecto a otros lugares del mundo comemos más en la calle, interactuamos más con desconocidos, y, en general, tenemos una vida que puede considerarse urbanita y los lazos comunitarios son relativamente fuertes. No significa que no ocurra en otros muchos lugares del planeta, pero también es un rasgo característico de nuestra manera de ser. El covid-19 ha hecho un especial daño a Europa porque ha ido al corazón de nuestra forma de vida: las grandes reuniones con amigos o el constante contacto con los más mayores de la familia. Pero ni el coronavirus cambiará la manera de ser de los europeos.

El sueño europeo

Ese “estilo de vida europeo” se extiende a otros aspectos. Valoramos tener un estado del bienestar protector, y estamos sanamente obsesionados por lograr un equilibrio entre la vida y el trabajo. Estamos dispuestos a pagar unos altos impuestos a cambio de un sistema sanitario que proteja sin facturas sorpresa y por una educación pública eficiente. Sí, tenemos más vacaciones que en otros lugares del mundo y más protección social y laboral, y nadie está dispuesto a renunciar a ello.

De los 30 países que mejor puntúan en el índice de desarrollo humano elaborado por Naciones Unidas, 19 están en Europa, los ciudadanos europeos llevan ya unas cuantas décadas sin vivir conflictos militares y se benefician de un espacio de libertad y derechos que al mismo tiempo proteje las particularidades políticas y culturales de los países que lo conforman que no tiene comparación en el resto del mundo.

Por supuesto, en Europa hay problemas extremadamente graves. Un crecimiento económico raquítico, una falta evidente de innovación y de inversión en nuevas empresas, unos jóvenes que se enfrentan al desempleo crónico o la amenaza en algunos países al estado de derecho son solo algunos de los problemas que enfrentan los ciudadanos europeos. Y, sin embargo, no hay un debate que se centre en “mirarse al espejo” de otros bloques. La “era de la imitación” de la que hablan Ivan Krastev y Stephen Holmes en “La luz que se apaga” parece haber terminado, al menos en el modelo a seguir en el futuro. La UE está empezando a cogerle el gusto a la “Doctrina Sinatra”, en referencia a la canción “My Way”: hacer las cosas a su manera.

Sala de reunión del Consejo Europeo. (EFE)
Sala de reunión del Consejo Europeo. (EFE)

Recientemente Simon Kuper, columnista del Financial Times, escribió sobre el fin del sueño americano para los europeos, cuya mirada hacia los Estados Unidos “ha virado de la envidia a la compasión”. No es que la situación de la UE sea mucho mejor que la de EEUU, pero definitivamente los europeos ya no duermen en la esperanza de viajar a América a labrarse un futuro. Y eso está ligado con el estancamiento de EEUU y con el fin del atractivo político del país: ya todos los europeos saben que ‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’ era una serie de ficción.

En Estados Unidos los votantes demócratas, especialmente los más jóvenes, sueñan con un modelo que gravita hacia la idea europea de Estado y de vida. Hay un “sueño europeo” que ha nacido en Estados Unidos, como ya quiso reflejar en 2004 Jeremy Rafkin en “The European Dream”. Sí, lleno de clichés e ideas equivocadas, casi las mismas que componían el sueño americano en el que todo se podía conseguir si trabajabas lo suficientemente duro.

Esto se enmarca en casi un lustro caótico protagonizado por un cambio de actitud de la administración de Donald Trump hacia la Unión Europea, y de una respuesta por parte de los Veintisiete, que han declarado su voluntad de lograr la “autonomía estratégica”, no solo respecto a China, sino también respecto a Estados Unidos. Eso, de muchas maneras distintas, se acaba filtrando a la opinión de la ciudadanía.

Hay un cierto consenso en que una de las patas que le falta al proyecto europeo es emocional y cultural, a pesar de la vasta herencia compartida. Quizás la respuesta está delante de nosotros, en los bares, restaurantes y casa de amigos, en la manera de comer, beber, hablar, viajar e interactuar. Quizás lo que nos une a los europeos emocionalmente sea algo tan sencillo y tan complejo como es la forma de vivir la vida y las cosas a las que no estamos dispuestos a renunciar.

La capital
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