Profetas con subtítulos

Vivimos bastante obsesionados por lo que los demás piensan de nosotros. Cuesta explicar que, en general, lo que ocurre en España da bastante igual en el resto del mundo

Foto: Un hombre lee un periódico en Liverpool. (Reuters)
Un hombre lee un periódico en Liverpool. (Reuters)

El coronavirus ha tenido una única ventaja para los expatriados que no podemos volver a España con tanta asiduidad y que nos vemos encerrados en el extranjero. Nos hemos librado, al menos durante unos meses, de una escena que se repite siempre. Quedas con amigos, dispuesto a relajarte y tener una cena divertida y tranquila, comer bien y barato. Durante los primeros compases del encuentro todavía se respeta tu espacio vital, pero pasados unos minutos llega el arponazo: "Oye, ¿y qué se dice allí de España?". En semanas como esta, en la que la propuesta de reforma del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) se ha ganado un toque de atención por parte de la Comisión Europea, ese tipo de preguntas dejaban de ser algo puntual y se convertían en un interrogatorio de horas.

La respuesta, en condiciones normales, en semanas que no son como la que acabamos de vivir, suele defraudar, porque normalmente es corta: "Nada". Las primeras veces cuesta explicar que, en general, lo que ocurre en España da bastante igual en el resto del mundo. Lo mismo que a los españoles, normalmente, les da bastante igual los asuntos internos de Grecia, República Checa o Portugal. No es algo únicamente español, pero sí es cierto que se nota más que en otros países: vivimos bastante obsesionados por lo que los demás piensan de nosotros. Y no solamente nos centramos mucho en ello, sino que estamos seguros de que lo que piensan de nosotros es malo.

Hay quien califica eso de "paranoia". Lo vivimos durante los días de negociación del Fondo de Recuperación. Un medio holandés publicó una portada en la que pedía que no se destinara "ni un euro" a Italia y España en la que se ilustraba a los neerlandeses como trabajadores, mientras los españoles e italianos aparecían disfrutando de la vida, bronceados y bebiendo café y vino. La opinión pública se aferró a ello como demostración de que, en general, todos nos miran con bastante desdén. Esa tendencia a escrutar la opinión pública extranjera en búsqueda de ofensas se vio también potenciada por la internacionalización del 'procés', que se centró únicamente en desprestigiar a España ante la opinión pública internacional. Porque, efectivamente, aquellos días clave hicieron daño al prestigio español en el extranjero, con un Gobierno al que la batalla de la imagen le pilló desarmado.

Lo cierto es que, por regla general, la opinión que hay ahí fuera sobre el país es positiva, a pesar de que España suele darse de vez en cuando unos cuantos tiros en los pies que afectan a su reputación. Han pasado ya algunos años desde que en 2013 una encuesta de Pew mostrara que, entre los ciudadanos de un grupo de países (Estados Unidos, Francia, Italia, Alemania, Grecia, Reino Unido, Rusia, además de España), los españoles eran los únicos que tenían una opinión negativa de su país.

Así que como estamos convencidos de que en el extranjero se piensa mal del país, lo único que nos importa es que lo que se diga ahí fuera sea algo malo sobre los que piensan distinto que nosotros en los asuntos internos. Dicho de otra manera: que nos dé la razón en la batalla política nacional. Se ve una vez tras otra, y especialmente en los últimos meses debido a la gestión del coronavirus, la trifulca entre líderes políticos y ahora la reforma del CGPJ, que ha levantado la crítica de jueces nacionales e internacionales y que, de nuevo, afectará a la reputación internacional.

Un kiosco en España durante la primera ola del coronavirus. (EFE)
Un kiosco en España durante la primera ola del coronavirus. (EFE)

Recientemente, un profesor alemán publicó un artículo en el que señalaba que España era un "estado fallido" y que debía ser intervenido. La bola de nieve comenzó a rodar. Artículos haciéndose eco, entrevistas al profesor como fuente de autoridad, titulares en los que se confunde al autor con la mismísima Alemania. ¿La razón? Que cuadra con la idea que una parte del electorado tiene sobre el Ejecutivo español. Se convierte automáticamente en una demostración de que "ahí fuera" se piensa eso.

Exactamente igual ocurre al contrario. Cualquier crítica a la oposición desde el extranjero es elevada a los altares como demostración de que, en realidad, toda la opinión internacional está a favor de determinada medida que acaba de poner en marcha el Gobierno. Y la realidad es mucho más dura que eso: a la inmensa mayoría de la opinión internacional sencillamente le da igual.

Que se hable de España en el extranjero es normalmente interesante, especialmente si eso ocurre en el ámbito europeo. La idea del proyecto europeo es ir derribando fronteras y eso incluye las del debate: que exista una conversación a nivel continental sobre algunos asuntos es siempre bienvenido. Hay voces realmente lúcidas en el extranjero que escriben artículos sobre España, a veces críticos, perfectamente argumentados y justificados. Y precisamente por eso habría que dejar de buscar profetas con subtítulos. Evidentemente, también importan las opiniones políticas en el marco de la UE: que la Comisión lance una advertencia sobre el CGPJ ya deja de ser un asunto externo, es pura política europea, es decir, política interna.

Lo que muchos ciudadanos buscan en el exterior no es una opinión mesurada, inteligente y profunda sobre la situación general en España, ni siquiera están interesados en la percepción real que haya en el extranjero o que puedan llegar a tener los mercados, tampoco están interesados en un debate europeo ni en la opinión de una persona que hable desde fuera de la jaula de grillos que es España. Solo buscan a ese profeta: únicamente están buscando una voz que hable en otro idioma y que muestre que su propia visión de España es la verdadera, como demuestra el hecho de que alguien, desde fuera, opine lo mismo que él. Claro, que es solo una opinión entre muchas. Pero la persona que saca la foto decide qué se queda fuera de ella.

La capital
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