Un Erasmus político para Ayuso e Iglesias
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Nacho Alarcón

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Un Erasmus político para Ayuso e Iglesias

El Parlamento Europeo podría servir para resolver una crisis política española que, en gran parte, es una crisis de políticos. ¿Hay voluntad para ello?

placeholder Foto: Entrada del Parlamento Europeo en Bruselas. (EFE)
Entrada del Parlamento Europeo en Bruselas. (EFE)

En un capítulo de la serie de televisión danesa 'Borgen', la primera ministra, Birgitte Nyborg, discute con su más estrecho colaborador qué hacer con el puesto de comisario que le corresponde a Dinamarca. "¿Quién es el más idóneo para el puesto?", se preguntan. Al mismo tiempo, Nyborg tiene un pulso con uno de sus miembros de coalición, con grandes aspiraciones, y dispuesto a todo. El jefe de gabinete de Nyborg le da una solución: ¿por qué no enviarlo a Bruselas? Parecerá un ascenso, pero en realidad es enviarlo al exilio político. "En Bruselas nadie te oye gritar", le dice su asesor, mientras beben café.

Bruselas ha sido, durante mucho tiempo, una isla de exilio a la que enviar a altos perfiles que pueden generar fricciones. Así leyeron algunos la elección de Josep Borrell como Alto Representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, como una forma de sacarlo de la coalición con Unidas Podemos y evitar choques respecto al tema catalán. Bruselas también ha sido un cementerio de elefantes. Ese era especialmente el rol del Parlamento Europeo: ese lugar al que se enviaba a aquellos que empezaban a visualizar el precipicio de la vida política. Alejados de los focos, en la capital comunitaria, podrían tener una última luna de miel y un salario decente para desaparecer en silencio.

Curiosamente para otros países que no forman parte del núcleo duro de la Unión ni de la vieja guardia, como por ejemplo son los Bálticos, el Parlamento Europeo es una cantera. Un lugar al que se envían jóvenes promesas que al tiempo pasan a dirigir ministerios o Gobiernos. Hay razones para creer que ese camino podría ser útil para ayudar a salir de la crisis política que sufre España. Es cierto que el hasta ahora vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, pasó por la Eurocámara. Pero fue poco más de un año y una simple parada en su ascenso político.

placeholder Sede del Parlamento Europeo en Bruselas. (EFE)
Sede del Parlamento Europeo en Bruselas. (EFE)

El Parlamento Europeo es una buena escuela porque, por inercia, ayuda a los miembros de la delegación española a tender puentes. O al menos debería hacerlo. Siguen existiendo muchas diferencias, pero en la amalgama de intereses de 27 Estados miembros, en algunas ocasiones, o en muchas en otros asuntos, los intereses de una gran mayoría de partidos españoles coinciden. Y en ese acto, que especialmente los novatos sienten como una especie de vergüenza, como si fuera la primera vez que deben admitir de alguna forma que tienen intereses comunes, las caretas se caen.

Es un lugar en el que, además, se penaliza el ser estridente, el intentar generar polarización, en gran parte porque no hay público para ello. El trabajo de eurodiputado es ciertamente silencioso, alejado de los focos y del rédito electoral. Las relaciones son mucho más cordiales porque no hay una cámara frente a la que fingir llevarse mal. La prensa presta poca atención a quien no demuestra trabajar con seriedad y premia a los que tienen conocimientos técnicos sobre asuntos o tienen una visión panorámica sobre los temas europeos. Los demás caen en el olvido durante cinco años. A veces siguen aquí en la siguiente legislatura, otras muchas sencillamente desaparecen en silencio.

Es cierto que en ocasiones especialmente los recién llegados buscan replicar el modelo español en la Eurocámara. Generan ruido, enfrentamientos y choques. Normalmente, y aunque en esta legislatura que comenzó en 2019 ha subido un par de grados la temperatura, desisten en esta actitud en cuestión de meses cuando ven que no se les presta atención mediática. Pero en algunas ocasiones se busca incluir a la Eurocámara en el ciclo noticioso del fango nacional.

Foto: Hemiciclo del Parlamento Europeo en Bruselas (EFE)

Aunque normalmente fracasan en ese intento, en esta legislatura, que comenzó en 2019, ya se han salido con la suya en alguna ocasión, trasladando a la Eurocámara las trincheras políticas nacionales ante la sorpresa de sus colegas del resto de países. Y a nivel personal algunos eurodiputados, especialmente los recién llegados, los que han empezado esta legislatura, buscan replicar esa crispación. No escucharán o leerán mucho sobre ellos. Quien mantiene esa actitud en el Parlamento Europeo no lo hace por rédito político, sino porque tiene un problema que no tiene nada que ver con la política.

A pesar de los tópicos respecto a los eurodiputados, lo cierto es hay figuras muy válidas, con enormes capacidades y algunos de ellos con muy buenos conocimientos técnicos. Los más activos conocen Bruselas y sus dinámicas, la política comunitaria y muchos aspectos sobre la Unión Europea que podrían ser muy útiles para estar al frente de Moncloa o de algún ministerio. Hablan idiomas (y los que no lo hacen al iniciar la legislatura lo acaban haciendo casi por obligación), tienden puentes con sus colegas de distintos países, participan activamente en el microclima político de Bruselas y se ganan el respeto de observadores nacionales e internacionales.

placeholder Sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. (Reuters)
Sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. (Reuters)

Bruselas ofrece una oportunidad para formar futuros líderes: ayuda a entender las debilidades españolas en el contexto europeo, ofrece la oportunidad de entablar lazos con eurodiputados de otras formaciones españolas y europeas lejos de los focos y de la penalización electoral. Ayuda a saber moverse en un contexto internacional y a, si hay voluntad, entender la política europea y tener una visión más informada de lo que España debe buscar para su futuro en la Unión Europea.

Quizás muchos miembros del Congreso de los Diputados arquean las cejas ante todo esto: ellos también hacen un trabajo muy técnico y poco agradecido en las comisiones parlamentarias, alejadas de los focos y de la atención mediática. No les faltará razón. Pero el Parlamento Europeo ofrece un ambiente todavía más favorable: alejado de las dinámicas internas de los partidos y de las directrices, de los giros de timón en los argumentarios que envían las cúpulas.

El problema de toda esta teoría es similar al de otras posibles soluciones a la crisis política española. ¿Quieren los partidos cambiar de estrategia? ¿Querrían usar el Parlamento Europeo como lugar para desarrollar a sus jóvenes promesas (reales) y no usar las listas a la Eurocámara como método para el pago de favores? Y, quizás, la que no nos preguntamos tanto por qué nos sitúa a los ciudadanos también en el corazón del problema: ¿queremos los votantes políticos más aburridos, que busquen más el consenso y que no se enfrenten buscando rédito electoral?

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