Sala 2 | El mito latino: lo que el mundo no acaba de entender de las minorías en EEUU

Entre otras muchas lecciones, estos comicios nos han invitado a reconocer la diversidad dentro de la diversidad, y a comprender que el Partido Demócrata no tiene el monopolio de las minorías

Foto: Cartel de 'Latinos por Trump'. (Reuters)
Cartel de 'Latinos por Trump'. (Reuters)

Las elecciones de Estados Unidos siempre son, además del ritual democrático del cambio de poder, una excelente ventana para entender a sus ciudadanos. Una radiografía basada no ya en lo que uno pueda decirle por teléfono a un encuestador, sino en votos contantes y sonantes. Un volumen de información que nos ayuda a ajustar las lentes con las que miramos este país y que sobre todo permite saber a los partidos qué tienen que decirle a la gente para ganar su apoyo.

Entre otras muchas lecciones, estos comicios nos han invitado a reconocer la diversidad dentro de la diversidad, y a comprender que el Partido Demócrata no tiene el monopolio de las minorías. Donald Trump, que tantas veces ha sido retratado como racista, misógino y cruel con los inmigrantes, ha recibido la confianza de un creciente número de hispanos y afroamericanos; también de más mujeres blancas. Donde ha descendido su apoyo, curiosamente, es entre esos hombres blancos que en 2016 habían formado su ejército de hoplitas rurales.

Hace cuatro años, el 28% de los latinos votó por Donald Trump. Este año: un 32%. Votos acrecentados por la mayor participación (subió del 50% al 60% en este grupo demográfico) y por los casi 71 millones de votos (7,5 millones más que en 2016) del republicano. Un aumento del respaldo que se ha dado en varios estados y a lo largo de las diferentes comunidades latinas: desde cubanos a mexicanos.

Los datos preliminares del encuestador Adam Gray, exasesor de George W. Bush, indican que Donald Trump ha sido el candidato republicano con mayor apoyo de las minorías desde 1960. Más de la cuarta parte de sus votos, un 26%, vendría de gente de color: de no blancos. Una proporción mayor a la de hace cuatro años y sobre todo mucho mayor que la de otros aspirantes conservadores. En el año 2000, solo un 9% de los votos de George W. Bush provenía de las minorías. En el caso de John McCain, en 2008, la proporción fue del 10%.

Ganar en Zapata

Esta tendencia se hizo evidente en la propia noche del martes, cuando Florida se tiñó rápidamente de rojo y nos dejó claro que el proceso electoral se alargaría. La población cubano-americana y sus viejas simpatías conservadoras y anticastristas solo jugaron un papel relativo. En el sur de Florida, hogar de muchas familias portorriqueñas, venezolanas o colombianas, el demócrata Joe Biden se quedó atrás.

El hoy presidente electo también perdió grandes cantidades de voto latino en Texas. En el condado de Zapata, por ejemplo, el 84% de la gente es de origen latinoamericano. Hillary Clinton lo ganó en 2016 con 30 puntos de ventaja. El Partido Demócrata contaba con ellos y acariciaba el sueño de conquistar Texas. El pasado martes, sin embargo, los hispanos de Zapata le dieron la victoria a Donald Trump.

La inmensa mayoría de los afroamericanos siguen siendo rigurosamente demócratas, pero también esta vez hubo cambios perceptibles. Según la agencia AP, el respaldo de los afroamericanos a Trump subió dos puntos, hasta el 8%, con respecto a 2016. No es un paso de gigante, pero es un paso. Y podría haber inclinado la balanza en estados de gran presencia negra como Pensilvania o Michigan.

Hora de cubrirse las espaldas: es cierto. La Administración Trump ha separado a miles de familias de inmigrantes en la frontera, ha metido a los niños en jaulas atestadas y ha perdido la pista de los padres de 545 menores. Preguntemos a estas familias qué opinan de Donald Trump y de sus políticas. O pidamos la opinión de quienes han inmigrado desde “países de mierda”, en palabras del presidente. O a los inmigrantes mexicanos sin papeles que vienen “a traer drogas” y que “son unos violadores”.

El magnate también ha parecido cortejar, con todo tipo de guiños, a los grupos racistas y de extrema derecha que desde el principio se han proclamado seguidores suyos. Incluso el exlíder del KKK David Duke, un racista con ojos de serpiente, ha manifestado una y otra vez su simpatía por Trump. Pero cuando pidieron al candidato que lo denunciase, durante una entrevista, este se hizo el sordo y esperó algunos días para hacerlo. Lo mismo sucedió hace un mes, cuando el republicano pidió a los Proud Boys que se mantuviesen en guardia. Los ultras enmarcaron las palabras de Trump en su escudo.

La voluntad popular, sin embargo, indica que estos gestos o bien han pasado desapercibidos entre millones de votantes de las minorías étnicas o bien no gozan del peso que sospechábamos. Una encuesta del Pew Research Center dice que, en realidad, a la mayoría de los latinos les preocupan, por este orden, otras cosas: mejorar el sistema educativo, proteger el país de ataques terroristas, reforzar la economía, bajar el coste sanitario y, quinto y último, la inmigración.

A quienes les importa más la inmigración es a quienes estadísticamente tienen menos que ver con ella: los progresistas blancos. Estos dicen estar más preocupados por los derechos de los inmigrantes que los propios latinos y asiáticos. Y su punto de vista, dada su preeminencia en puestos mediáticos y académicos, es el que manda. Estas cifras apuntan a la famosa burbuja urbano-progresista: la distancia entre la narrativa del Partido Demócrata, que es casi indistinguible de la narrativa del 'New York Times', 'The Washington Post' o la CNN (y de los medios internacionales que constantemente adoptan todos sus mitos y fetiches), y la realidad del país, de la calle. Esa miscelánea que cada cuatro años se manifiesta en el recuento del voto.

El color de tu piel, el color de tu voto

La llamada 'teoría crítica racial', también conocida como 'wokism' o izquierdismo identitario, que desde las universidades se ha propagado por las corporaciones y medios de comunicación, habría sido parcialmente refutada. El color de la piel, que desde esta perspectiva es lo único que da forma a las experiencias y aspiraciones de cada ser humano, solo sería un elemento secundario a la hora de votar. Un factor menos importante que la socialización, la educación y otras circunstancias.

Otra pista en esta dirección es el rechazo, en California, a la ley de discriminación positiva que se había planteado en referéndum. La medida hubiera permitido a las empresas e instituciones tener en cuenta la raza a la hora, por ejemplo, de contratar a alguien o de admitirlo en la universidad. Una manera de lograr cuotas étnicas más proporcionales y políticamente correctas. El estado demócrata por excelencia, donde los blancos están en minoría, se negó holgadamente a aceptar esta idea.

También huele a burbuja el famoso término 'latinx': la manera inclusiva de referirse a las personas de ascendencia latinoamericana (famosa, deberíamos de especificar, en Twitter y en los círculos universitarios y periodísticos). Otra reciente encuesta del Pew Research Center dice que el 75% de los propios latinos jamás ha escuchado esta palabra. Y solo la utiliza un 3%. Un 3% con megáfono mediático. Pero un 3%.

Otra idea cuestionada es la fe demócrata en el cambio demográfico: el mito de que la creciente diversidad expandirá sus filas y los volverá invencibles. Pero la raza y el género, simplemente, no lo determinarían todo. Como apunta el periodista Zaid Jilani, las simpatías políticas entre los afroamericanos difieren mucho por edad o por las fuentes de información. Los jóvenes negros suelen recurrir a las redes sociales y escorarse más a la izquierda; sus mayores, en cambio, siguen viendo la televisión y apoyan a próceres moderados como Hillary Clinton o Joe Biden.

Pero las elecciones generales, sobre todo, son una invitación a reconocer la fascinante complejidad de Estados Unidos y su continuo movimiento. Un magma que no deja de fluctuar, ajustarse, adaptarse, y que acaba dejando antiguos los mitos y lugares comunes que se van asentando. En este caso, las políticas identitarias.

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