Por qué la policía del Congo ha 'fichado' a Mazinger Z para dirigir el tráfico

Desde hace meses, media docena de gigantescas figuras metálicas tratan de poner orden en el caótico parque móvil de Kinshasa. Tienen una ventaja respecto a los humanos: no aceptan sobornos

Foto: El extraño robot que patrulla el tráfico en Kinshasa (T. Deiros)
El extraño robot que patrulla el tráfico en Kinshasa (T. Deiros)

Kinshasa es un coloso que se mira en el espejo de un gigante: el río Congo. Once millones de habitantes, un crecimiento a golpe de una natalidad desbordante (6,45 hijos por mujer) y de una urbanización salvaje alimentada por el éxodo rural, que no ha ido acompañada por la correspondiente ampliación y mejora de las infraestructuras de la capital de la República Democrática del Congo (RDC).

Mientras el asfalto de muchas calles de la ciudad se deterioraba por el escaso mantenimiento y una inexorable estación anual de lluvias de seis meses, en las últimas décadas una incipiente clase media empezaba a tener acceso a un objeto antaño prohibitivo: los coches y las motos. Estos vehículos son para la mayoría de ellos imprescindibles; para unos, porque esos coches y motos, convertidos en taxis oficiosos, les dan de comer; para otros, con el fin de ahorrarse la pesadilla de utilizar el escaso y vetusto transporte público, tan peligroso que a las destrozadas furgonetas que sirven algunas líneas de autobús los habitantes de la ciudad les llaman “esprit de mort” (espíritu de muerte) por la frecuencia de los accidentes que sufren y su carácter a menudo fatal.

El resultado de esta población creciente y de estas infraestructuras en declive es que la vida de Kinshasa se mueve cual paquidermo al ritmo que le permiten sus monstruosos atascos; embotellamientos que duran literalmente horas. El escaso civismo de los conductores locales y su absoluta indiferencia al código de circulación ponen la guinda al pastel. Calles de dos carriles pasan a tener de facto cinco y normas básicas como la prohibición de circular en sentido contrario o la obligación de mirar y ceder el paso al incorporarse a la circulación, son sólo algo que estos automovilistas han oído en alguna parte. O ni siquiera eso, porque, como explica Robert, un taxista de la capital congoleña, “comprarse el carnet es muy fácil, basta con pagar. Por eso muchos conductores no tienen ni idea de las normas de tráfico”.

Los atascos dan lugar a situaciones tragicómicas. Una de ellas: los coches fúnebres en Kinshasa llevan sirenas como las de la policía. Un accesorio del que hacen uso cuando, camino al cementerio, se ven inmersos en un embotellamiento. Sin ellas, el finado se arriesga a pasar horas varado en un atasco incluso una vez muerto, como seguramente ya lo hizo mientras aún seguía con vida.

Presentación de uno de los robots en Kinshasa, en julio de 2014 (Wikimedia Commons)
Presentación de uno de los robots en Kinshasa, en julio de 2014 (Wikimedia Commons)

Así las cosas, un día de 2013, los habitantes de Kinshasa observaron con asombro cómo unos operarios instalaban en dos importantes cruces del centro de la ciudad a dos colosos de acero equipados de luces rojas y verdes. Los robots, que guardaban una vaga semejanza con Mazinger Z -el personaje de la serie japonesa de dibujos animados de los años 70- estaban siendo instalados en sendos pedestales como los que usa la policía de tráfico en algunos países. Algunos pensaron que se trataba de una broma, pero lo cierto es que los dos robots eran el último intento de las autoridades de la capital congoleña por poner orden en el caos circulatorio.

El “robot roulage” o robot de tráfico consiste en un androide de acero, de 2,50 metros de altura y 250 kilos de peso, equipado con luces rojas y verdes en el pecho y las piernas, que cumplen una función similar a la de un semáforo. Su tronco es móvil y gira; también abre y cierra los brazos, que a su vez están equipados con paneles luminosos para dar paso o detener el tráfico –como hacen los agentes de circulación- en cruces o plazas en los que circulan vehículos en varias direcciones.

El androide, alimentado por energía solar, tiene además cámaras en los ojos que envían imágenes del tráfico en tiempo real a un ordenador situado en la central de control y vigilancia de la comisaría central de policía de Kinshasa. El robot puede hablar y, cuando se pone verde, una grabación indica a los peatones que es el momento de cruzar.

De modelo frustrada a exitosa ingeniera

Los robots, acogidos al principio con extrañeza por la población, han tenido un cierto éxito y ya hay al menos seis unidades funcionando en Kinshasa, si bien el tráfico de la ciudad sigue siendo tan caótico como antes. Los automovilistas “los respetan más que a la policía”, sostiene el taxista Robert, que subraya una de sus características, muy apreciada por los conductores: no aceptan sobornos. No como sus “colegas” humanos, que, critica el taxista, a menudo empeoran las cosas cuando se supone que tienen que regular la circulación porque terminan dejando pasar antes “a sus amigos o a quien paga”, algo que obviamente no sucede con estos robots, que permanecen impertérritos en su pedestal por mucho que alguien agite un billete ante ellos.

Otra ventaja: estas máquinas han sido fabricadas con tecnología totalmente congoleña. Su inventora es además una mujer, Thérèse Izay Kirongozi, directora de la empresa Women’s Technologies, que fabrica estos robots de forma casi artesanal en un taller de la capital congoleña que emplea a una docena de personas.

En su adolescencia nada hacía presagiar que Kirongozi, ahora de 42 años, terminaría trabajando entre circuitos. Su físico y una estatura casi tan imponente como la de sus criaturas (1,93 metros) atrajeron a un cazatalentos de una agencia de modelos basada en Suiza, que le hizo concebir el sueño de triunfar en las pasarelas de Europa. Un proyecto que no tuvo mucho recorrido porque el padre de la aspirante a Naomi Campbell tenía otros planes que no pasaban por los desfiles ni las sesiones de fotos, sino por el Instituto Superior de Técnicas Aplicadas (ISTA) de Kinshasa, donde matriculo a la joven, haciendo oídos sordos a sus deseos de viajar a Europa.

Otro de los robots en un punto diferente de Kinshasa (T. Deiros)
Otro de los robots en un punto diferente de Kinshasa (T. Deiros)

Pese a que su vocación era otra, Kirongozi le cogió gusto a sus estudios. Ahora está encantada con su profesión y se muestra orgullosa de su creación. Incluso ha asegurado, en declaraciones a diversos medios de comunicación, que estos robots “van a permitir a la RDC figurar entre las grandes tecnologías del mundo”.

Con esta afirmación, la inventora quizás se dejó llevar algo por el entusiasmo. Incluso a ojos de un profano en la materia, los robots de tráfico de Kinshasa parecen una ingeniosa aplicación de circuitos electrónicos y robótica sencilla pero difícilmente pueden ser considerados una innovación tecnológica mayor. No por ello tienen menos mérito: en Congo, como en otros países de África, la fuga de cerebros se deja notar y no es fácil encontrar ingenieros-y menos aún ingenieras- que hayan apostado por quedarse en su país y poner sus conocimientos al servicio de la comunidad.

Sea como sea, lo cierto es que, según Thérèse Izay, Angola, República del Congo, Costa de Marfil y Nigeria se han interesado en su invento, que ya funciona también en las calles de la rica Lubumbashi, la capital del estado minero congoleño de Katanga, donde Women’s Technologies ha vendido otras cinco unidades (su precio oscila entre 19.000 y 22.000 dólares). En un futuro no muy lejano puede que estos robots, que ya son seña característica de Kinshasa, se conviertan así en parte del paisaje urbano de otras ciudades africanas. Mientras tanto, los Mazinger Z congoleños siguen tratando de poner orden en el tráfico de la enorme Kinshasa, casi como si el androide de la serie de dibujos animados, convertido en una reliquia al lado de las sofisticadas animaciones actuales, se hubiera reciclado en policía de tráfico.

 
Mondo Cane
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