“Hoy he conseguido mi medicina": postales para entender el día a día en Venezuela

Un día cualquiera en Venezuela. Mientras se desarrolla otra protesta en Caracas, los venezolanos se afanan en conseguir pañales, agua, harina, gas... Lo extraordinario se vuelve cotidiano

Foto: Una mujer llora durante una manifestación opositora por los muertos en las protestas contra Nicolás Maduro, en Caracas. (Reuters)
Una mujer llora durante una manifestación opositora por los muertos en las protestas contra Nicolás Maduro, en Caracas. (Reuters)

Suena el teléfono. Una, dos, cientos de veces. Decenas de mensajes de whatsapp en distintos grupos. Qué pasó. Qué sabes. Otro muchacho muerto. Es un día normal en Venezuela.

A las 8 de la mañana, Yusmary revisa si cerraron el metro de Caracas. Con fastidio ve que la parada donde va y las más cercanas están cerradas. Está de acuerdo con las protestas, pero se le hace muy complicado llegar a su trabajo sin transporte público. Cada día de protesta, el Gobierno de Nicolás Maduro deja sin servicio de metro y bus una parte de la ciudad. Primero empezó con unas pocas estaciones en Chacao, barrio opositor por excelencia, pero ahora cierra casi la totalidad, zonas populares incluidas.

Antes tuvo que cargar varias garrafas de agua para poder llenar un tanque que tiene en casa. El camión cisterna llegó después de varios días. Hace más de un año que no sale ni una gota del grifo de su casa. Su compadre Johnson tiene más suerte. En su casa llega el agua los domingos y los lunes casi todo el día y de martes a viernes media hora en la mañana y media hora en la noche.


Las protestas comenzaron el pasado 1 de abril tras unas sentencias de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia en las que se quitaban sus funciones a la Asamblea Nacional, opositora al chavismo desde las elecciones de diciembre de 2015.

Tibisay discute en un grupo de padres sobre la conveniencia o no de cancelar el acto de Primera Comunión ante la “situación país”. Hace tiempo decidió que su aporte más valioso es difundir lo que se ha convertido en su mantra: “más poesía, menos violencia”. Ricardo ve cómo su salario de profesor universitario no alcanza para lujos como los pañales que su hijo Tomás, nacido el mismo día que empezaron las protestas, necesita. Él también ha hecho de lo que llama #poesíaenresistencia su bandera.

Manifestantes se enfrentan a las fuerzas de seguridad durante una marcha opositora, en Caracas. (Reuters)
Manifestantes se enfrentan a las fuerzas de seguridad durante una marcha opositora, en Caracas. (Reuters)

La oposición convocó una marcha. Pide retomar el “hilo constitucional” del país, elecciones generales y la apertura de un canal humanitario para permitir la entrada de comida y medicamentos a Venezuela. Saldrá de varios puntos de Caracas con destino a los organismos públicos en el municipio Libertador, uno de los cinco que forma Caracas, gobernado por un alcalde chavista.

Juanita vive en una zona popular de Libertador, Caracas. No quiso que su hija Alexandra organizase una celebración por el día de la madre. “Estoy de luto por el país”, le explicó. Hace acopio de cuanto alimento puede y lo reparte en la iglesia de su comunidad. Un día tuvo un enfrentamiento con otras mujeres, afines al chavismo, que suelen reunirse y hacer actividades en la plaza que hay frente la iglesia. Le dijeron que lo que ella hacía, repartir comida, era para “desestabilizar”, que en Venezuela no hay hambre. Casi la sacan de allí a golpes.

El Gobierno también ha convocado una marcha en Libertador en apoyo a la Asamblea Nacional Constituyente, el proceso que cambia la actual Constitución, ideada por Hugo Chávez.

Eva hace milagros para que Emma, de apenas 5 años, no note su angustia cuando Marcos, fotógrafo, sale en moto para hacer la cobertura de las marchas. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa ha registrado más de 375 agresiones contra reporteros, por parte de las fuerzas del orden público como de manifestantes. Al menos 33 trabajadores de la prensa han sido detenidos de modo ilegal por informar.

Wilfredo vive en Barquisimeto, una ciudad en el interior del país. Carga sobre su espalda la bombona de gas. Sale caminando de su casa e intenta buscar una “camionetica” (autobús) que lo lleve. Tarda, pero al final llega una llena hasta arriba. En el lugar donde venden las bombonas llenas le dicen que hoy, de nuevo, no llegó el gas. Regresa a su casa.

Venezolanos intentan comprar gas en un punto de distribución en San Cristobal, Venezuela. (Reuters)
Venezolanos intentan comprar gas en un punto de distribución en San Cristobal, Venezuela. (Reuters)

En San Cristóbal, en el fronterizo estado Táchira, una larga fila de coches espera en las estaciones de gasolina para repostar. La imagen es muy común en la zona por el intento del Gobierno de controlar el contrabando, pero hoy se repite en muchas ciudades del país. Hay rumores –por enésima vez en los últimos meses– de que se ha agotado la gasolina.

En Barinas, Pedro se recuesta en su hamaca. Son las 6 de la tarde y de nuevo han cortado la luz. La última vez que se fue, ayer, pasaron 5 horas en penumbra.

La marcha de oposición sale hacia la autopista. El paso está cortado en un punto. Hay un piquete de la Guardia Nacional Bolivariana con tanquetas, ballenas, antidisturbios. Son decenas.

No recuerdo la última vez que vi una barra de pan campesino. La partiré en partes. Una la comeré en cuanto llegue a casa. Las otras las congelaréCarlos sube en Facebook una foto y se jacta de su creatividad a la hora de hacer el desayuno. “No hay harina para la arepa, y bueno... la tortilla mexicana no está tan mal. En estos tiempos hay que reinventarse”. La harina de maíz, esencial en la mesa venezolana, no se consigue.

El hijo de Luz grita en el pasillo del supermercado: “Mamá, mira, un montón de 'caraotas' (beans), es un festival de 'caraotas'”. Luz se acerca y ve que, efectivamente, las caraotas volvieron a los anaqueles después de meses sin verlas. Medio kilo cuesta una décima parte del salario mínimo. Luz agarra a su hijo de la mano: “Hoy no”.

Según datos de Cáritas, en el 60% de los hogares venezolanos alguien ha dejado de comer para que otro coma.

Venezolanos en un supermercado de Caracas. (Reuters)
Venezolanos en un supermercado de Caracas. (Reuters)

Lanzan lacrimógenas en la autopista contra los manifestantes. Una, dos, decenas. Cada una cuesta alrededor de 40 dólares, al cambio en el dólar paralelo supone cuatro veces un salario mínimo.

En un restaurante de la zona de clase alta de Caracas, los vehículos todoterreno se amontonan en el estacionamiento. El plato más sencillo cuesta la mitad de un salario mínimo. En la puerta, un niño pide a los transeúntes que le regale algo, unos zapatos, dinero, comida... Lo vigila desde la esquina y de reojo un adulto que rebusca en la basura.

La manifestación de oposición se dispersa. La gente corre hacia la zona de Altamira, en el municipio opositor de Chacao. Esperan en la plaza.

Para Erick lo mejor del día fue que alguien le contactó por Twitter para donarle el anticonvulsivo que necesitaPara Erick lo mejor del día fue que alguien le contactó por Twitter para donarle el anticonvulsivo que necesita. Son varios 'blísters'. Esto le da un respiro de varias semanas, tiempo en el que espera poder encontrar más pastillas. No las consigue en ninguna farmacia.

El presidente Nicolás Maduro sale en cadena nacional de radio y televisión. Mantiene firme su decisión de hacer la Constituyente. “Si no ganamos por los votos, lo haremos por las armas”. No es primera vez que dice algo similar. De hecho, su predecesor Hugo Chávez decía que esta revolución es “una revolución armada”.

Daniel Laya, de dos años, es el cuarto niño que ha muerto en el hospital público J.M. De Los Ríos infectado por bacterias. Los tanques de agua del área de Nefrología están contaminados. Hay doce niños en la misma situación que Daniel. Nicolás Maduro aprobó 79 millones de bolívares para arreglar algunas zonas del centro que no incluyen el área de diálisis.

En un velatorio modesto la familia Ramírez vela el cadáver de Yoandri. Lo mataron ayer para robarle su teléfono móvil. La Fiscal General de la República develó que en 2016 hubo más de 21.000 homicidios en el país, una tasa de 70,1 por cada 100 mil habitantes.

Un hombre camina ante contornos de tiza que representan a víctimas de la violencia, en Caracas. (Reuters)
Un hombre camina ante contornos de tiza que representan a víctimas de la violencia, en Caracas. (Reuters)

Un grupo de muchachos queda al final de la protesta. Van con escudo, la cara tapada y guantes empieza a manipular las rejas de la base aérea de La Carlota. No tardan mucho en arrancarlas.

Llego a una panadería para refugiarme de la lluvia. Pido un café. No me doy cuenta de la cola que se ha formado fuera hasta que el primero de la fila pasa a mi lado con una resplandeciente, hermosa, gorda, tostada de barra de pan campesino. No recuerdo la última vez que vi una. La cola no es muy larga, la lluvia ha bajado y aceptaban el pago con tarjeta –pagar con efectivo es un problema cuando el billete de mayor denominación disponible es de 100 y alga tan nimio como un pan cuesta 2.500 bolívares–. Hago la cola. Quince minutos después tengo mi barra de pan en la mano. La partiré en partes. Una la comeré en cuanto llegue a casa. Las otras las congelaré.

La Guardia Nacional toma la plaza Altamira en moto. Lanzan bombas lacrimógenas, persiguen en moto a la gente que quedaba manifestándose. La plaza queda vacía en cuestión de minutos.

Suena mi teléfono. Una, dos, cientos de veces. Decenas de mensajes de whatsapp en distintos grupos. Qué pasó. Qué sabes. Otro muchacho muerto. Aún no se sabe si fue por el impacto de una bomba lacrimógena, si manipulaba un explosivo casero o si fueron perdigones o balas disparadas por la Guardia Nacional Bolivariana. Habrá que esperar a las experticias forenses, pero ya en las redes los políticos pelean por hacer suyo ese nuevo muerto. Uno más en un día más de los más de 120 desde que empezaron las protestas. Los muertos son más de 100. No me atrevo a poner una cifra y que quede negro sobre blanco. Cada día aumentan.

Es ahora cuando comprendo una propaganda política enorme que vi en Caracas la primera vez que vine, hace siete años. Decía “cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano”.

Mondo Cane

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