Aung San Suu Kyi, la Premio Nobel de la Paz que está justificando un genocidio

La líder de facto de Myanmar ha evitado durante años referirse a los abusos del ejército birmano contra la minoría rohingyá. Cuando por fin ha hablado, ha sido para peor

Foto: Aung San Suu Kyi sale del estrado tras dar un discurso sobre la situación de la minoría rohingyá, el 19 de septiembre de 2017. (Reuters)
Aung San Suu Kyi sale del estrado tras dar un discurso sobre la situación de la minoría rohingyá, el 19 de septiembre de 2017. (Reuters)

En 2011 se estrenó en los cines de todo el mundo la película francesa 'The Lady' ('La Dama'), un biopic dirigido por Luc Besson sobre Aung San Suu Kyi, la campeona por la libertad de Myanmar, la antigua Birmania. El film mezclaba el relato de sus años de lucha por la democracia en el país asiático con la relación con su marido, el escritor británico Michael Aris, en un tono bastante hagiográfico que destaca el heroísmo y el coraje del personaje, que le valió el Premio Nobel de la Paz en 1991.

Hoy, una película así sería imposible: la imagen internacional de Aung San Suu Kyi se ha hundido debido a su silencio interesado ante las matanzas que está sufriendo la minoría rohingyá a manos del ejército birmano, que han provocado la huida de aproximadamente un tercio de los miembros de este colectivo desde el estado de Rakhine [en el oeste de Myanmar] a otros países, y que ha sido calificado por la ONU de “un ejemplo de limpieza étnica de manual”. La ironía es que cuando la película se estrenó, el problema ya estaba en marcha y era evidente para cualquiera que quisiera escarbar un poco.

En los escasos momentos en que la principal responsable del Gobierno birmano se ha pronunciado al respecto, ha sido para peor, por ejemplo calificando las informaciones sobre el calvario rohingyá de “enorme iceberg de desinformación diseñado para crear problemas entre diferentes comunidades y con el objetivo de promover los intereses de los terroristas”, como aseguró en un post en Facebook el pasado agosto. Hoy, Aung San Suu Kyi ha hablado por fin, tras años de evitar el tema.

“Soy consciente del hecho de que la atención del mundo está centrada en la situación en el estado de Rakhine. Como miembro responsable de la comunidad de naciones, Myanmar no teme el escrutinio internacional. Ha habido alegaciones y contra-alegaciones… Tenemos que asegurarnos de que esas alegaciones se basan en evidencias sólidas antes de que demos ningún paso”, ha dicho en un discurso pronunciado desde la nueva capital del país, Naypyidaw. También ha condenado "todas las violaciones de derechos humanos" y asegurado que el ejército birmano tiene "un estricto código de conducta".

Sus palabras, cuidadosamente calculadas para contentar a la comunidad internacional sin perder el apoyo de sus base política en Myanmar, no ha convencido a nadie. Entre otras cosas, porque “terroristas” es el calificativo que sus propios portavoces y asistentes utilizan para referirse a los rohingyás, y “partidarios de los terroristas” son las ONGs y trabajadores humanitarios que tratan de ayudar a esta minoría sobre el terreno. Pero “terroristas” lo son solo desde que, tras años de discriminación, humillaciones y violencia, militantes rohingyás formasen a finales de 2016 una organización armada para responder a los abusos, el Ejército de Salvación Rohingyá de Arakan. Antes eran simplemente “bengalíes”, para subrayar su supuesta identidad extranjera. La propia Aung San Suu Kyi ha exigido que EEUU deje de utilizar la palabra 'rohingyá', y ha asegurado que una violación grupal a una mujer de esta minoría, documentada por grupos de derechos humanos, jamás ocurrió.

A decir verdad, no hay mucho que Aung San Suu Kyi pueda hacer para parar la limpieza étnica del Ejército birmano. No hay que olvidar que si ella es la líder de facto del país es únicamente porque la junta militar que controla la economía y la defensa del país se lo ha permitido. Los militares, en el poder desde 1962, aceptaron ceder la gestión administrativa a los civiles a cambio de blindar sus prerrogativas mediante una nueva constitución, redactada en 2008, mediante la que se reservaban el control de tres ministerios claves: el de Interior, el de Defensa y el de Fronteras, asegurando de paso el mantenimiento de la amplia red de empresas en manos castrenses.

Para Aung San Suu Kyi, hablar a favor de los rohingyás habría supuesto perder el favor político de sus compatriotas, por no hablar de la tolerancia de los militaresEn un perfil publicado en 'The New Yorker', titulado “Aung San Suu Kyi, la Premio Innoble”, el periodista Gavin Jacobson sugiere que la política basa su estrategia política en la de su padre, Aung San, el héroe de la independencia de Birmania del Imperio Británico, asesinado en 1947. “Ella imita su estilo de liderazgo, su código moral y sus prioridades políticas. Los rohingyá son una distracción de su ambición general: completar el sueño de su padre de unificar el país y acabar con una guerra civil entre fuerzas rebeldes étnicas y el Gobierno de Myanmar desde 1948”, escribe Jacobson.

El problema es que para la práctica totalidad de los birmanos, los rohingyás, a diferencia de esas etnias rebeldes de otras regiones del país, no son considerados ciudadanos de pleno derecho en Myanmar. Para Aung San Suu Kyi, hablar a favor de esta minoría habría supuesto perder el favor político de sus compatriotas, por no hablar de la tolerancia de los militares. Eso es, tal vez, lo que se habría esperado de una Premio Nobel de la Paz. Y eso es lo que le han criticado otros receptores del mismo galardón, desde Muhammad Yunus, el inventor de los microcréditos, a la iraní Shirin Ebadi, el arzobispo sudafricano Desmond Tutu, o más recientemente la activista paquistaní Mala Yousafzai, que le han solicitado en varias ocasiones que se posicione al respecto.

En una reciente entrevista con Fergal Keane, corresponsal de la BBC en Myanmar, Aung San Suu Kyi dijo: “Soy solo una política. No soy como Margaret Thatcher, sin duda, pero tampoco soy la Madre Teresa [de Calcuta]”. Su postura ante lo que probablemente constituye un genocidio de quienes deberían ser sus compatriotas dice mucho de su estatura moral, o falta de ella. Hay quien considera que, vistas sus acciones, no merece el Premio Nobel que se le otorgó. Tampoco es el primer caso.

Mondo Cane
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