El racismo se dispara en Polonia: ahora los españoles también son víctimas

No ha sido un cambio generacional ni un conflicto social grave. Polonia es el país étnicamente más homogéneo de Europa. El mayor cambio ocurrido en este país en años ha sido político

Foto: Manifestantes de grupos de ultraderecha durante una marcha para conmemorar la independencia de Polonia, en Varsovia. (Reuters)
Manifestantes de grupos de ultraderecha durante una marcha para conmemorar la independencia de Polonia, en Varsovia. (Reuters)

Hace exactamente ocho años y una semana, John Abraham Godson, nacido y criado en Nigeria pero de nacionalidad polaca, se convertía en el primer diputado nacional del "Sejm" (la Cámara Baja polaca). Godson era negro, protestante y progresista. “Soy de Łódź, quiero vivir aquí el resto de mi vida y que me entierren aquí”, decía el pie de foto bajo su rostro sonriente en un periódico de aquella ciudad. Su historia fue presentada como una feliz muestra de la nueva, moderna, multicultural Polonia. Hace exactamente una semana, un grupo de tres chicas -una española y dos portuguesas, de ellas una negra- eran agredidas en un bar de Sosnowiec, una ciudad industrial del sur del país, al grito de “esto es un sitio para blancos, no para negros”. El incidente no es un caso aislado y tampoco el más grave relacionado con el racismo en Polonia en los últimos tiempos. ¿Qué ha cambiado en estos ocho años?

No ha sido un cambio generacional (demasiado poco tiempo), ni un conflicto social grave (Polonia es el país étnicamente más homogéneo de Europa) y ni siquiera ha tenido lugar una crisis económica como la que ha sufrido el resto de Europa (la economía polaca no ha parado de crecer en la última década y, aunque los sueldos son bajos, solo hay un 3,4% de paro). El mayor cambio ocurrido en este país en los últimos años ha sido político.

El PiS (siglas de Ley y Justicia en polaco) obtuvo en las elecciones de 2015 un 38% de los votos, una mayoría de la que ha hecho pleno uso para intentar construir un país formado por familias étnicamente polacas, católicas, conservadoras y nacionalistas. Vivir en Polonia y no cumplir cualquiera de estas condiciones puede ser incómodo. No cumplir ninguna de ellas es un problema.

El jefe del partido en el poder, Jaroslaw Kaczynski, advirtió a los polacos que la llegada de refugiados entrañaba un peligro “higiénico”, pues podrían ser portadores de “parásitos y protozoos y enfermedades muy peligrosas ya erradicadas en Europa”. Cabría pensar que otras peligrosas enfermedades, como el racismo y la ignorancia, deberían haber quedado olvidadas hace mucho tiempo, cuando precisamente en suelo polaco tuvo lugar uno de los capítulos más negros de la historia; pero ya se sabe que la Historia está hecha de historias y se recuerdan mejor éstas que aquella. Que desde las más altas instancias del poder se fomente el miedo y el desprecio hacia los diferentes no solo es una aberración histórica en un país como Polonia, donde hace un siglo el 40% de la población no era eslava ni/o católica, es también la excusa perfecta para que afloren los peores instintos gregarios y se sobreentienda que querer a tu país es querer a los que son como tú. Sólo a los que son como tú. Y, por tanto, odiar al resto.

Ayer mismo, la ONU propuso un pacto mundial sobre refugiados que fue aprobado a pesar de la oposición de países como Estados Unidos, la República Checa, Hungría, Austria, Eslovaquia, Israel, Italia y Polonia. Países con muros físicos y legales contra los otros y cuyos gobernantes han olvidado la Historia en favor de mitos, fábulas y ficciones que han inventado y sostienen sin rubor. Kaczynski, Orbán, Babis o Trump apelan a tradiciones y se empeñan en rescatar un pasado que justifique sus palabras, pero dejan de recordar cuando al excavar en el pasado llegan a la parte que no les conviene.

En Polonia se bombardea a los estudiantes con episodios históricos que, le contaba a este periodista el Presidente del Sindicato Nacional de Profesores, “forman un martirologio” más que un relato histórico. El nacionalismo, tan diferente del patriotismo, es la semilla del racismo, y el actual Gobierno polaco quiere “estudiantes patriotas”, con formación paramilitar –ellos- y capaces de resistir acosos sexuales en silencio -ellas-, tal es la desquiciada visión de un Ejecutivo cuyo Primer Ministro declaró al tomar posesión de su cargo que pretendía “recristianizar Europa” y que asistió a la coronación oficial de Jesucristo como Rey de Polonia. El mismo Primer Ministro que el año pasado asistió a una marcha ultra nacionalista donde, para horror de la prensa europea, se exhibieron pancartas que decían “Polonia Blanca” y desfilaron miles de neonazis ataviados con una parafernalia y uniformes que evocaban los de los alemanes que desfilaron por esas mismas calles en 1939.

Poco después, una televisión privada emitía las imágenes de un numeroso grupo de adoradores de Hitler que celebraban en un bosque no lejano a Sosnowiec el cumpleaños del líder del Tercer Reich. Entre esvásticas en llamas y lecturas de 'Mein Kampf', los asistentes brindaban por Hitler “a quien los niños adoraban y jamás blasfemó ni hizo nada malo”. Uno de esos asistentes resultó ser el secretario personal del parlamentario Robert Winnicki. La cadena que emitió el reportaje fue sancionada por el gobierno con la multa más alta en la historia de la democracia polaca por “incitar al odio”.

Un grupo de adoradores de Hitler celebraba en un bosque no lejano a Sosnowiec el cumpleaños del líder nazi. (TVN24)
Un grupo de adoradores de Hitler celebraba en un bosque no lejano a Sosnowiec el cumpleaños del líder nazi. (TVN24)

Al final, todo encaja. El nacionalismo es la droga blanda de los gobiernos que necesitan un empujoncito de euforia, de apoyo electoral para auparse al poder. Después, es muy difícil no dejarse llevar y dar un paso más. Si se permite una ideología que por naturaleza es agresiva, se están fomentando las conductas asociadas a ella. Y cuando se permite el racismo, se está encendiendo un fuego que nadie puede controlar y ya no importa quién encendió la cerilla.

Hace poco un ciudadano turco, residente en Polonia desde hace más de una década y con un negocio propio, fue agredido brutalmente debido a su etnia en un autobús de Katowice. Por si importa, hay que decir que iba vestido con traje y se defendió hablando en un polaco fluido. Los incidentes no siempre tienen la forma de violencia física: empujones descarados, miradas torvas o insultos en polaco; actitudes despectivas y el típico “si no eres polaco nunca entenderás este país” son molestias que seguramente todo extranjero ha soportado alguna vez en su país de acogida. Las amenazas de muerte por ser periodista extranjero escudadas en el anonimato de Twitter, las descalificaciones personales al ver un apellido no polaco… son anécdotas menores que ni siquiera alcanzan para estropear un día.

Si, al que suscribe, una anciana le llama a él y a sus hijos “beduino” o si resulta más caro alquilar un piso por ser extranjero, uno piensa que en otro país ocurriría lo mismo

Si, al que suscribe, una anciana recién salida de misa le llama a él y a sus hijos “beduino” mientras está sentado en un parque, o si resulta más difícil y caro de lo normal alquilar un piso por ser extranjero, uno se puede consolar pensando que, en otro país, entre otra gente, ocurriría lo mismo. Sin ir más lejos, son muchos los polacos que sufren xenofobia en el Reino Unido o Alemania. Pero cuando en una nación con un presente tan ligado al pasado reciente como Polonia existe un contexto -eso que ahora se llama una narrativa- y el Gobierno -el narrador- es alguien con poca memoria e imaginación, suele recurrir a las viejas historias de siempre, y ya se sabe que repetir la Historia es una condena terrible.

Las chicas agredidas este fin de semana eran voluntarias y habían acudido a este país pensando encontrarse con la Polonia de hace ocho años, pero se han topado con la de ahora. Según su testimonio, unos tipos se dirigieron a la muchacha de origen guineano gritándole “este lugar no es para negros”, y siguió un forcejeo en clara desventaja que se saldó con una de las chicas cayendo por las escaleras y yaciendo sin sentido. Según cuentan, a los agresores se les permitió escapar por la puerta de atrás antes de que llegase la policía. Agresión injustificada, connivencia local e impunidad –por ahora-, sumadas a la ristra de insultos y descrédito en redes sociales -más de cien comentarios de este tipo en el Facebook de la coordinadora del centro donde trabajaban las voluntarias- son la secuencia habitual de este tipo de hechos.

En la genial película de terror de Alejandro Amenábar 'Los Otros', una inquietante madre sobreprotectora mantenía recluidos a sus hijos en un viejo caserón y les aterrorizaba con historias sobre “los otros”, los de fuera, que eran, sin saber muy bien por qué, los enemigos de los que había que protegerse a toda costa. Al final de la macabra historia resultaba que ellos eran los monstruos, porque no eran más que fantasmas y estaban muertos.

Mondo Cane
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