Venezuela, 9 años de cambios: cómo el país del exceso cayó en la escasez y el abandono

Llegué a una Venezuela con Chávez invicto y una oposición fragmentada. Se vivía lo que se ha denominado la "pax cadívica". Hoy, todos los venezolanos miden cada cucharada de arroz

Foto: Simpatizantes del chavismo participan en una marcha que conmemora los 30 años del 'caracazo' este miércoles, en Caracas. (EFE)
Simpatizantes del chavismo participan en una marcha que conmemora los 30 años del 'caracazo' este miércoles, en Caracas. (EFE)

Hace nueve años, pisaba por primera vez estas tierras del mar Caribe. Un tiempo que supone un universo en la vida de una persona y varios más en el devenir de un país que ha sufrido tantos cambios como Venezuela. No en vano, los que vivimos aquí y, sobre todo, los que trabajamos como periodistas aquí decimos que el tiempo se cuenta en 'años-perro': uno vale por siete. Tratar de resumir tantas vivencias en unas cuartillas no es sencillo, pero mientras llega el libro, este es el formato que tenemos.

Llegué a una Venezuela con Hugo Chávez sano, invicto en elecciones y una oposición totalmente fragmentada, sin rumbo, sin líder. A Henrique Capriles, por entonces gobernador de Miranda, aún le faltaban dos años para ser aquel presidenciable que les dijo a los venezolanos “Hay un camino” y con el que buena parte del país reavivó sus esperanzas de sacar al chavismo del poder. Leopoldo López estaba libre, pero inhabilitado para ejercer cargos públicos.

A pesar de que la oposición estaba en horas bajas, el país —al menos así lo sentí yo por aquel entonces— estaba polarizado, nítidamente dividido en dos partes que parecían tan difíciles de mezclar como agua y aceite.

La Venezuela de hoy está mucho más diversificada en sus opiniones que la de entonces. Empezando por el mismo Hugo Chávez. Tras morir, sus seguidores lo elevaron a la categoría de mito. Entre sus detractores en vida empezó a verse una corriente de pensamiento que se ha impuesto a medida que han pasado los años de Nicolás Maduro en el poder: la de que Chávez habría hecho las cosas de otro modo, habría sorteado mejor la crisis, habría enrumbado el país de otro modo. La tesis que lo exoneraba de cualquier culpa. “No hay muerto malo”, reza el dicho venezolano. Aunque para una gran masa opositora aún hoy no quieren ir con el chavismo “ni para la esquina”.

Si antes había dos polos en todo, en estos años se ha pasado de eso a la casi atomización de las opiniones, sobre todo en el lado rojo rojito. Hay chavistas con Chávez y con Maduro, chavistas en contra de Maduro que no votarían a la oposición ni muertos, otros que son chavistas, se siguen declarando como tal y han marchado a favor de Juan Guaidó, chavistas que ya no lo son y se han vuelto los opositores más radicales. Como hay opositores radicales, otros que, como decía, ahora hablan bien de Chávez, otros que ven que, de darse una transición, habría que negociar con el chavismo. Y así.

La dualidad se da, sobre todo, entre quienes están a favor de Nicolás Maduro y quienes no. Y cada día esa balanza toma más peso hacia un lado. Con cada protesta que se da en el país, por ejemplo, por falta de agua, de gas, de electricidad. ¿Había apagones y cortes de agua en 2010? Era una noticia ocasional. Hoy es el pan de cada día.

Y la oposición parece más articulada que nunca. Ya no están las caras de antes. Ahora son jóvenes quienes dirigen desde la Asamblea Nacional el nuevo rumbo de esta alternativa política. Al menos desde fuera se ve una cohesión y un rumbo fijo que era impensable hace nueve años.

No era esta una Venezuela esplendorosa si se ve bajo el filtro de una española recién llegada y que pone pies por primera vez en América Latina. Pero recuerdo entrar en un supermercado cualquiera y, aunque no era una variedad enorme lo que había, sí se podía encontrar prácticamente de todo. Recuerdo incluso entrar en un Abasto Bicentenario (de los de la Misión Alimentación del Gobierno) y estar perfectamente abastecido.

También en aquel 2010 escuché rumores de golpe de Estado. Los he escuchado por montones desde que estoy aquí. Sobre todo los días previos y posteriores a cualquier elección. Los he tenido que desmentir mil veces más. Como el cuento de que “Venezuela está al borde de una guerra civil”. Qué manía de los medios españoles de poner nombre y apellidos desde un despacho con aire acondicionado bien lejos de donde pasan las cosas. Qué manía con no entender quién tiene las armas y el poder de fuego.

Hoy, a la corriente de hablar de golpe de Estado y guerra civil (esto desde fuera) se le añade un tópico nuevo: el de la intervención militar. Era algo que estaba lejos de pensarse en 2010. Se habla en cualquier cola de las innumerables que puede haber para pagar algo o sacar dinero y que, como el tema, hace nueve años tampoco existían.

El país del exceso

Aquella de 2010 no era la Venezuela Saudita de los setenta, pero sí se vivía lo que el politólogo Guillermo Tell Aveledo ha denominado la "pax cadívica". El Gobierno impuso hace años el control de divisas, por lo que cada venezolano que quisiera, por ejemplo, viajar al extranjero debía presentar el billete de avión y solicitar un monto máximo de dólares que se le concedían o no. Y la tasa, por aquel entonces, era de risa. Se compraba el dólar muy barato. A mí me sorprendió mucho ver a gente de mi edad (entonces tenía unos 25) o incluso menores que se habían ido de viaje millones de veces a Argentina, Estados Unidos, Chile, China, Europa. Y tenían el último Blackberry cuando en España ni sabíamos lo que era chatear en el teléfono.

Hace nueve años, Venezuela me parecía el país del exceso. Me horrorizaba la cantidad de comida que se compraba y tiraba a la basura después de un almuerzo en cualquier oficina de Caracas. Recuerdo entrar en el metro a las siete de la mañana y quedar absolutamente aturdida por la cantidad de perfumes, cremas, desodorantes, todos olores invasivos echados en el cuerpo sin ninguna medida ni prudencia. Recuerdo que cualquiera que se te acercara llevaba en la ropa un olor a detergente, a suavizante, a limpio y pulcro. Las mujeres se empatucaban la cara con maquillaje camino del trabajo. Todas llevaban una polvera, un estuche de sombra de ojos.

Hoy... Hoy creo que todos los venezolanos miden cada cucharada de arroz que echan a la olla. Si la tienen. Hoy ese exceso en la basura lo rebusca gente que antes vivía seguramente de modo humilde, pero sin acudir a esos extremos. Hoy entrar al metro da dolor cuando se sabe lo que fue, cuando se nota que la gente apura la pastilla de jabón para lavar el uniforme. Hoy las mujeres venezolanas siguen siendo coquetas, pero con lo que buenamente pueden. Hoy es de lo más común ver zapatos con rotos, bolsos con remiendos, ropa grande, con arreglos, con sucios que ya no se irán.

La Venezuela de 2010 era, para mí, el país de la alegría y de lo posible. Donde una fuera, había alguien con una sonrisa, con una frase amable, un cariño, un abrazo. Era un país reconfortante a pesar de todo. Un lugar donde hice montones de afectos. En 2012 inicié una lista para anotar a todos los que se fueron yendo. Dejé de apuntar nombres cuando ya no cabían en la hoja y la tristeza me pudo más que la exigencia en el registro.

He visto cómo se han ido avejentando los rostros con unas arrugas que no corresponden al carné de identidad. Cómo se han ido apagando la alegría y la ilusión. Cómo un pueblo amable, cariñoso, querido, se ha ido convirtiendo en cada vez más irascible, miedoso y violento a fuerza de embates diarios.

Y, a pesar de eso, cómo recuperan la esperanza con cualquier pequeña luz que se les aparece. Cómo sacan fuerza para seguir diciendo un enérgico “buenos días” cuando entran en el carrito por puesto, cómo desde el primer día me ofrecen una tacita de café hasta en la casa más humilde del barrio más humilde.

Porque, si algo aprendí en estos años, algo que a pesar de todo no ha cambiado, es que el venezolano saca chiste de todo, ríe hasta de su sombra. Porque, al final, la alegría es también una forma de resistencia.

Mondo Cane
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