El paraíso de la inflación: en Venezuela, el dinero es basura

La reconversión monetaria de 2018 hizo un nuevo cambio estético de la hiperinflación. De un plumazo quitó cinco ceros. El pollo que costaba 700.000 pasó a costar 7 bolívares

Foto: Bolívar venezolano halla un valor apetecible entre coleccionistas de monedas
Bolívar venezolano halla un valor apetecible entre coleccionistas de monedas

Una montaña de billetes se desparrama por la acera de una calle de Maracaibo, la capital del fronterizo estado Zulia. Nadie se lanza ante lo que podría ser un tesoro codiciado. Los billetes verdes, morados, rosados, sepia –nuevos–, se mezclan con la basura. Son basura. No llevan impresos ni tres años pero ya no sirven. Son del cono monetario anterior. Y sale más rentable dejarlos morir en el suelo que darse un viaje al Banco Central de Venezuela y cambiarlos.

Estos billetes dejaron de servir en agosto de 2018, cuando Nicolás Maduro lanzó una reconversión monetaria que trajo nuevos billetes y cinco ceros menos. Se implantó con apenas unos meses de aviso.

Desde 2008, la denominación de la moneda de curso legal así como la propia moneda ha cambiado de nombre, color, forma o valor tantas veces, que siento que fuimos niños de pecho con toda la reconversión peseta-euro. En ese 2008 se hizo la primera reconversión monetaria del chavismo. Del bolívar se pasó al bolívar fuerte. En esta transición, en la que también se quitaron unos cuantos ceros de encima, se trabajó con menos premura y, dicen los expertos de la banca, con mucha más preparación y detalle.

Llegué al país en 2010, con el “fuerte” (el bolívar) instalado y un salario mínimo mensual de 1.900 con bono de alimentación incluido. No era para tirar cohetes, pero daba para vivir de una forma modesta. Al cambio eran alrededor de 300 euros según la tasa oficial.

Bienvenidos al paraíso de la inflación

En 2018, tras más de 30 subidas, el salario mínimo llegó a 1.307.646 bolívares fuertes. Que no te engañe el monto. No hagas reglas de tres para tratar de calcular cuántos euros son. 1.307.646 bolívares fuertes a finales de mayo de 2018 eran el equivalente a 15 euros a la tasa oficial de cambio. No te salen los números porque en la ecuación no tomas en cuenta la variable primera de esta economía: la inflación.

Inflación en “economía para dummies” es que hoy compras un pollo por tres euros, dentro de un mes por cinco euros, en dos meses por siete euros. Y así sucesivamente.

Venezuela ha tenido inflación en los últimos 40 años. La cifra más alta anterior al chavismo fue de 100% en 1996. En 2005, según cifras del Banco Central de Venezuela, se registró el dato más bajo de los últimos años, con un 8,9% de inflación. Pero luego subió hasta llegar al 30% y en 2008 se hizo la reconversión monetaria que le quitó los primeros tres ceros a los bolívares, un modo estético de maquillar la inflación.

En 2008 el billete de máxima denominación era de 100 bolívares. Como la espiral inflacionaria siguió y siguió, la decisión fue sacar nuevos billetes. El de máxima denominación alcanzó esta vez los 100.000 bolívares. Los economistas sabrán mejor y podrán explicar mejor que yo qué implica que en un proceso inflacionario se emita más y más moneda. Para hacer el cuento corto: no se frenó la inflación.

De hecho, lo que vino fue híperinflación, que en “economía para dummies” es que hoy compras un pollo por tres euros, mañana por tres euros y medio, dentro de una semana por seis euros, en dos semanas por doce euros y en un mes es posible que dejes de comprar pollo porque el salario no te estira para más. No hubo cifras oficiales del Banco Central de Venezuela por muchos años. Hasta que en mayo de este año, admitió la híperinflación. Aunque no con nombre, sino con cifras. Solo por poner una: la de 2018 fue de 130.060%.

Ahora, piensa de nuevo en el pollo, pero en vez de ver lo que vale en euros, imagina que empieza costando 200.000 bolívares y que en un mes alcanza los 700.000 bolívares. Ahora imagina una pequeña compra en un supermercado. Literal, pero no realmente, millonaria.

Dinero esparramado por el suelo

En mayo de 2018 las cuentas bancarias tenían montos que parecían ciertas cajas B de ciertos partidos, aparecían cada vez más y más ceros –pero, a diferencia de ciertas cajas B de ciertos partidos, sin que eso supusiera mayor capacidad adquisitiva– y las cajas registradoras, las facturas, las transacciones bancarias, empezaban a quedarse sin espacios numéricos para cuadrar. Se hacía evidente e imposible de esconder un problema de hiperinflación al que el Gobierno de Maduro no ponía en cifras.

Con esta mini clase volvemos entonces la reconversión monetaria de agosto de 2018 y a los nuevos billetes. Y a por qué en una calle de Maracaibo hay montones de dinero esparramados por el suelo.

La reconversión hizo un nuevo cambio estético de la hiperinflación. De un plumazo quitó cinco ceros del medio. Así que el pollo que costaba 700.000 pasó a costar siete bolívares. ¡Magia!

También se perdió mucho papel moneda (e imaginamos que mucho dinero público por la emisión de esos billetes, aunque esto no podemos corroborarlo porque, ¡oh, sorpresa!, no hay datos oficiales de ello). Los billetes más antiguos estaban en circulación desde enero de 2008, pero los de nuevo cuño (y con nuevos valores, más altos) salieron entre enero y noviembre de 2017. Con apenas un año de vida se los quitaron de en medio.

Pero ya muchos de ellos, prácticamente todos, estaban fuera de circulación, aunque no de modo oficial. De nuevo entra en acción nuestra nada querida inflación y un nuevo término: devaluación de la moneda. La gente dejó de aceptar ciertos billetes por su bajo valor. El de 100.000 que empezó valiendo medio pollo, terminó por no comprar ni una mísera piruleta.

Cuando se hizo oficialmente el cambio, el Banco Central de Venezuela dio de plazo hasta diciembre pasado para cambiarlos. Pero quién paga un viaje en autobús y pierde horas de su vida en una cola de horas en un banco para que le devuelvan casi nada. Hay quienes decidieron darle una nueva vida. Así que Venezuela –y parte de América Latina– ha visto nuevos usos de billetes viejos.

Ya en mayo de 2018 recuerdo que en La Vega, un sector popular de Caracas, un niño me pidió bolívares “que no me sirvieran”. Me explicó que hacía figuritas con ellos. Era solo una diversión. Pero hay quienes han buscado el negocio. En un mercado de una zona clase media-alta de Caracas vi un muchacho que vendía bolsos y carteras de mano hechos con billetes de dos, cinco o 100 bolívares, todos en su edición 2008. Y no eran baratos.

En octubre de 2018, en un autobús de Medellín, vi a un señor que ofrecía billetes venezolanos a cambio de la voluntad. Un lugareño me contó que era una práctica muy común. En Bogotá –y en Caracas, en cuentas de instagram, en Twitter–, hay quienes han tuneado los billetes y los han convertido en mini obras de arte que por supuesto venden por encima de su valor.

En otros caso, como el de Maracaibo, la gente sencillamente se deshizo de ellos pasado un tiempo. Ahora llenan las calles de colorines. O algún basurero municipal.

Mondo Cane
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