Cultura yanqui, madridismo y otras curiosidades de un viaje a Persia

En Irán, las 'ilegalidades' se cometen del mismo modo que en Europa. Se nota que muchos ciudadanos viven al margen del Gobierno, aunque sin un desacato directo a la autoridad

Foto: Seguidores de Hasan Rohani, quien trajo esperanzas de apertura, celebran su victoria electoral en las calles de Teherán, el 15 de junio de 2013 (Reuters).
Seguidores de Hasan Rohani, quien trajo esperanzas de apertura, celebran su victoria electoral en las calles de Teherán, el 15 de junio de 2013 (Reuters).

Desembarcamos del avión un francés, un venezolano y un español, con la ilusión de encontrarnos con unos exóticos barbudos armados. Estamos en Irán. Nada más lejos de la realidad, pues nos recibe el clásico funcionario parsimonioso de aduana, habitual en tantos países. Tras dos horas de pesada espera, nos dan el visado. Al venezolano le sale la gracia del abrazo de Ahmadineyad a 'mamá' Chávez por 50 euros -el precio para países amigos-, mientras que al francés le agradecen la acogida de Jomeini en Francia cobrándole 70. Mejor ni imaginar lo que le pueden clavar a un agente del Mossad.

Nos despedimos del aeropuerto con el rutinario "¡Hala Madrid!" para adentrarnos en un océano interminable de Peugeots -algo tenía que recibir Francia a cambio de su 'fraternité'-. Cada coche incumple el mayor número posible de normas de circulación. Solo se respeta una ley en la carretera: la del más fuerte. La preferencia depende únicamente del tamaño del vehículo. Un todoterreno se cruza delante de un Twingo, pero se acobarda ante un autobús. Al menos las mujeres pueden conducir, una ventaja de Irán frente a sus vecinos más retrógrados.

Sin embargo, sí se tienen que cubrir el pelo. Cabía esperarlo de la República Islámica, pero Teherán nos sorprende con unos 'escandalosos' actos de indecencia. Con tanta melena a la vista y tanto rímel estuvimos a punto de avisar a la policía para que pusiesen fin a semejante cachondeo. Se nota que muchos iraníes viven al margen del Gobierno, aunque sin un desacato directo a la autoridad. Los vaqueros apretados, el (muy) excesivo maquillaje o las uñas pintadas no son más que ejemplos de un modo de vida lejos del modelo estatal.

Dos mujeres iraníes charlan en una calle del norte de Teherán, el 26 de febrero de 2012. (Reuters)
Dos mujeres iraníes charlan en una calle del norte de Teherán, el 26 de febrero de 2012. (Reuters)

Eso sí, si aparece la Guardia Revolucionaria con sus furgones, todos con mucho cuidado, ya que los 'pasdaran' son grandes aficionados a incordiar, arrestar y multar. Pero en las repúblicas libres de las casas todo cambia. Conseguir productos tan banales como el jamón -de jabalí salvaje, claro está– o alcohol es relativamente simple. No se necesita más que algún 'dealer' o un buen establecimiento. Vamos, que las ilegalidades se cometen del mismo modo que en Europa.

Nuestra estancia se reparte entre tres viviendas distintas en Teherán y en Isfahan. La hospitalidad es, por cierto, extraordinaria. En todas las casas, televisión por satélite, llena de canales prohibidos y de cultura occidental. El régimen de vez en cuando manda a la policía a destrozar antenas parabólicas. El razonamiento no se sabe si se basa únicamente en el puritanismo o si, por el contrario, el Gobierno se dedica a importar antenas y astutamente se crea un mercado. Al día siguiente se consiguen nuevas parabólicas, y marchando… hasta la próxima ronda de 'antenicidio' policial.

El evidente cinismo del Estado también explicaría el que Irán sea un país en el que las operaciones de cambio de sexo están a la orden del día. Todo antes que reconocer la homosexualidad, penada con la muerte. El estado ofrece y cubre esta cirugía, lo cual parecería en principio una medida muy progre. Pero la realidad es otra. El Gobierno prefiere transexuales heteros a gais.

Un tendero comprueba precios de vegetales en un comercio de un bazar del norte de Teherán, el 29 de febrero de 2012. (Reuters)
Un tendero comprueba precios de vegetales en un comercio de un bazar del norte de Teherán, el 29 de febrero de 2012. (Reuters)

Pero como en tantos lados, cuando te olvidas del Gobierno queda un magnífico país. No solo por su cultura milenaria y espectacular naturaleza, sino sobre todo por la gente. En cualquier establecimiento nos sueltan un “Hello my friend, welcome to Iran”, nos comentan la liga española y -lo más entrañable- parece que se alegran genuinamente al ver turistas. Nada que recuerde hoy a las dramáticas escenas de 'Argo'. A nuestro compañero francés, un pintoresco universitario con aires de profeta abrahámico, le paran todo el rato para sacarse fotos y preguntarle de dónde viene. Incluso las chicas.

Da la impresión de que se avecinan cambios en el país, por pura demografía. Los jóvenes de ciudad son muy abiertos, sin rastro del fervorín conservador oficial, y cada vez son más. El régimen no podrá sobrevivir indefinidamente si no se adapta a esta realidad. Y con la apertura económica ahora será aún más difícil coartar las libertades. No fuimos testigos, por ejemplo, de ningún acto de odio hacia el Gran Satán o incluso Israel, o por lo menos nada cercano al desprecio generalizado que existe hacia el mundo árabe. La cultura yanqui de hecho está muy presente.

Una anécdota condensa Irán a la perfección. Tras proponernos echar una partida de mus en el aeropuerto -algo sujeto a una de las innumerables prohibiciones absurdas– nos llamó la atención un funcionario. “No juguéis. Os van a decir algo”, le dijo a nuestro amigo iraní, señalando a la policía. Tras cinco minutos de frustrada impotencia, se nos acercó una señora de una mesa cercana para disculparse. Algo así como, “lo siento muchísimo; no creáis que somos todos así, a nosotros el Gobierno tampoco nos deja hacer casi nada”, nos tradujo del farsi nuestro amigo. Y en esto podemos decir que se resume el país, un régimen muy alejado de su maravillosa gente.

Tribuna Internacional
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