¿La puntilla a la Comisión Europea?
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¿La puntilla a la Comisión Europea?

Iniciativas sobre cómo legislar mejor inundan aún más la escena bruselense de términos anglosajones. Antes de nacer, cada iniciativa de la Comisión deberá pasar por una pesada maquinaria

placeholder Foto: El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. (EFE)
El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. (EFE)

Empieza el año como acabó 2015: europeísmo bajo mínimos, vuelta a las fronteras y cada uno protegido por el campanario de la iglesia de su pueblo.
Desprestigiadas sus políticas ('austericidio', crecimiento débil), huérfanas de cualquier esfuerzo colectivo (inmigración, terrorismo islámico) o, simplemente, desconocidas por el ciudadano (¿cuántos saben que Europa es el primer donante mundial de ayuda al desarrollo?), Europa sigue ensimismada y con un problema añadido: el capataz está enfermo. En términos coloquiales, podríamos decir que los andamios de la construcción europea son sus políticas comunes y la Comisión Europea, el capataz que dirige la obra.

El capataz, o sea, la Comisión Europea, nació como Alta Autoridad del Tratado CECA para administrar la producción del nervio de guerra (carbón y acero) y, sin ser un gobierno ni un parlamento, gobierna y hasta legisla (gracias a la comitología), propone leyes, vigila que se cumplan, gestiona el presupuesto y negocia tratados internacionales. ¡Casi nada! Pero, sobre todo, y con todas sus imperfecciones, encarna el interés general para que no aniden en Bruselas exclusivamente los intereses nacionales.

Tras la gran cabalgada europeísta de finales del pasado siglo, se quebró la confianza institucional entre el único dúo capaz de dar un nuevo 'demos' a la ciudadanía: el Parlamento Europeo y la Comisión. Dimitió en bloque la Comisión Santer en 2004 por casos de corrupción bajo la presión ventajista del Parlamento, que amenazó con la moción de censura a sabiendas de que, al contrario que cualquier democracia parlamentaria, la Comisión no puede disolver al Parlamento. El Parlamento olió entonces sangre y, cegado por el ansia de poder, se equivocó de presa disparando a la ambulancia, es decir, a la Comisión: su aliado natural en la defensa de los intereses generales de Europa. Quedó muy maltrecha la confianza que unía ambas instituciones y desapareció el contrapeso frente a los intereses nacionales de los estados. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Europa sigue ensimismada y con un problema añadido: la Comisión Europea -o, dicho en términos coloquiales, su capataz- está enferma

En 2004 llegó la reforma administrativa de la Comisión capitaneada por el comisario británico Neil Kinnock, que, en aras del mantra 'cost-efficiency', puso a los funcionarios de Bruselas a rellenar formularios sobre misiones y objetivos por las mañanas y a dedicar las tardes a justificar… por qué no se habían logrado tales objetivos. Proliferaron los 'carreristas', quienes, como en cualquier administración, aprovecharon la obligación de movilidad interna con fines propios. La Comisión entró en modo burocrático y privilegió el 'marketing' político (presidencias de Barroso). Se apagaron muchas luces (algunas siguen sin encenderse), precisamente las que habían hecho de esta institución una fuente ejemplar de competencia técnica.

Llegan ahora iniciativas sobre cómo legislar mejor ('better regulation') inundando aún más la escena bruselense de términos anglosajones de difícil traducción. Antes de nacer, cada iniciativa de la Comisión Europea deberá pasar por una pesada maquinaria: agenda 'planning', 'roadmaps', validaciones políticas, estudios de impacto, consultas, 'fitness checks' y más debates políticos. La nueva reforma ya ha generado una documentación interna que supera las ¡500 páginas!

La Comisión se complica en su propio sistema interno de decisión. Algunos ven en las reformas un caramelo para desterrar la imagen de monstruo burocrático

Simultáneamente, se habla de una posible externalización de la función de mayor poder que tiene la Comisión Europea –en el campo de la libre competencia– y que ha puesto en solfa a gigantes como Microsoft, Google o Gazprom, por citar sólo algunos (pueden recibir multas de hasta el 10% de su facturación y tener que reembolsar ayudas millonarias). ¿La razón? Aparentemente, liberar a la Comisión de la carga técnica reguladora para dotarla de mayor peso político, aunque resulte difícil creerlo viendo la evolución en los últimos años.

Paralizada o ensimismada, la Comisión se complica ahora en su propio sistema interno de decisión. No faltan quienes ven en las sucesivas reformas administrativas simplemente un caramelo para desterrar la imagen de Bruselas cual monstruo burocrático que legisla sobre todo y poder convencer, así, al Reino Unido de no abandonar el barco. O lo que es peor, un caballo de Troya guiado por una mano negra que dé la puntilla al capataz de la construcción europea debilitando definitivamente el proyecto europeo.

Emiliano Alonso es abogado y 'lobbista'. En febrero saldrá la segunda edición revisada y ampliada de su libro El lobby en la UE.

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