Realidad virtual, posverdad y populismo

Soluciones simples a problemas complejos y omnipotencia de la política. Es lo que tienen en común los populismos y extremismos de derechas e izquierdas que crecen en Europa y América

Foto: Mujeres rodean a un simpatizantes de Donald Trump durante una protesta en Nueva York, en octubre de 2016 (Reuters).
Mujeres rodean a un simpatizantes de Donald Trump durante una protesta en Nueva York, en octubre de 2016 (Reuters).

Soluciones simples a problemas complejos y omnipotencia de la política y del Estado: eso tienen en común los populismos y extremismos de derechas e izquierdas que crecen en Europa y América. Elecciones presidenciales y parlamentarias y referéndums están decantando mayorías pequeñas en favor de posiciones disruptivas, como el Brexit o Donald Trump. Parece que el sistema político de las democracias más sólidas desfallece y se descentra.

Sean tsunamis o solo tormentas, estas tendencias son muy significativas y probablemente tendrán consecuencias importantes. Consolidan la decadencia de las ideologías políticas y sociales, agudizan las crisis de los partidos, cambian el equilibrio entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, instrumentalizan la representatividad y la ley, subrayan la política frente a la sociedad y la economía y, en fin, amplían la confrontación social, la inestabilidad política y la incertidumbre económica.

Cuatro grandes transformaciones ayudan a entender la fortuna electoral del populismo. Dos son cambios en la esfera socio-económica de los países más avanzados: la globalización y la emergencia de ChinaEl malestar no es novedad en las sociedades capitalistas desarrolladas. Irracionalismo, pesimismo, decadentismo y desencanto existían ya en el siglo XIX, e incluso por momentos fueron hegemónicos entre la intelectualidad. Pero, sin duda, los cambios ideológicos y políticos actuales son fruto de una degradación mayor en la apreciación de la realidad económica y social y del menor interés de los proyectos socialdemócrata y democristiano. La posmodernidad y el relativismo se han trocado en posrealidad, posverdad, posdemocracia y pospolítica. El mundo posfactual es ajeno a la realidad misma, se basa en la fabulación, emoción y manipulación.

Al ser la mentira una aseveración contraria a la realidad efectiva, a lo que se sabe, cree o piensa, siendo una manifestación que no es verdad, se entiende que sea frecuente en política y tal vez también inherente. La ‘realidad’ política y, en particular, su comunicación puede desconocer la verdad y soslayar que la realidad deba sustentar y constreñir el pensamiento. La política se convierte, así, en un constructo autónomo. A pesar de su artificiosidad, la ideología político-social es clave en la cosmovisión colectiva e individual contemporánea. El nuevo dios de la contemporaneidad es el Estado. Por decir mejor, consiste en una trinidad: pueblo-nación, política-intervención y Estado-superpoder.

Cuatro grandes transformaciones ayudan a entender el extravío ideológico, político, moral y personal y la fortuna electoral del populismo. Dos son cambios en la esfera socio-económica de los países más avanzados. Primero está la globalización y la emergencia de China y varias regiones del mundo como productores industriales esenciales. Luego se halla la crisis y la recesión, la desindustrialización y el paro, desmedido en numerosos países otrora florecientes. Este descalabro económico y social se da en un contexto de vasto Estado del bienestar y de fuerte presión inmigratoria exterior. Todo ello genera la perennización de las dificultades, el cese de la convergencia y una creciente desigualdad, amén del auge del descontento.

Un hombre sin hogar se protege del frío en el metro, cerca de la Casa Blanca, en Washington (Reuters).
Un hombre sin hogar se protege del frío en el metro, cerca de la Casa Blanca, en Washington (Reuters).

Dos otros cambios influyen poderosamente en la esfera cultural e ideológica, haciendo que la posverdad y la posrealidad aparezcan como el nuevo ‘normal’. Uno es el imperio de la comunicación de masas: es colosal el tiempo consumido ante las pantallas, de la televisión en casa al teléfono móvil personal, pasando por el ordenador en el trabajo; y es abrumadora la confusión entre noticias y espectáculo, entre ficción y realidad. El imaginario religioso -que ponía el paraíso lejos de la tierra, y por tanto relativizaba la intervención pública- ha sido sustituido por el imaginario mediático -que visualiza el paraíso terrenal y por tanto lo trivializa y vende-. Con la Ilustración, la ciencia, la industrialización y la revolución, Dios desapareció del homo sapiens. Como titula un 'bestseller', el hombre de hoy, merced a la política, la tecnología y la ingeniería social, es homo deus. El Estado y la propaganda sustituyen a dios y las iglesias.

Por último, una transformación de efecto civilizatorio muy tangible es la digitalización y la virtualización de los diferentes aspectos de la vida económica, social y política. El impacto de la digitalización sobre la economía y el empleo, vía productividad, es portentoso. A su vez, la virtualización transforma la sociedad y la política, por ejemplo, con las redes sociales, en una forma de comunicación interpersonal y de interjección política. Ahí, se potencian lo mejor y lo peor, el ingenio convive con el escándalo, a cuál más rompedor. Éste es campo abonado para el populismo y, en particular, para individuos y minorías muy activos en su tarea de suplantar a la mayoría silenciosa. En estos medios, y al amparo de la impunidad, los trileros, criminales e insensatos prevalecen frente a los civilizados y sensatos.

La virtualización transforma la sociedad y la política, por ejemplo, con las redes sociales, en una forma de comunicación interpersonal y de interjección política. Un campo abonado para el populismo Mensajero, mensaje y receptor pueden ser por completo ajenos a la realidad, la verdad y la ética, y ser incapaces de discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, lo deseable de lo indeseable, lo necesario de lo contingente, lo posible de lo imposible. El razonamiento se eclipsa ante la emotividad. La razón es sustituida por el sentimiento, la fé, la ilusión, la miopía, la ceguera, la imagen, el fanatismo, la obnubilación y la adicción. La utopía se concreta en ensoñación y patraña. Entonces, el sueño de la razón produce monstruos.

En lugar del lenguaje políticamente correcto, de madera, y a menudo incomprensible, los populistas se abrieron un espacio en las televisiones con desparpajo y un hablar bravucón, acaso sincero y franco, y que pretende conectar con el público, especialmente joven, mayor y sencillo. Sea la apariencia de este proceder surealista o verosímil, su eficacia es vertiginosa. Sus resultados son espectaculares, tanto como movimiento de indignados, y grupos de ocupas y de escraches, como en los media y en las elecciones. Sea populismo, o sus formas agudas de fascismo, nazismo, radicalismo y comunismo, la historia de Europa y el presente de muchos países, atestigua que la violencia política empieza por el dicho populachero y las ocurrencias.

En la tarea de desestructruración de la política y la deconstrucción de la ideología, en la emergencia de un espacio paralelo, y a la vista del traspaso de votos entre los extremos izquierdo y derecho, todo sirve. En la competencia por el votante, prevalece el mensaje más simple. Charlatanes que halagan los instintos de la multitud, demagogos, radicales, ultras y populistas han conseguido crear, sino un paraíso, sí una cultura del embuste, una efímera pseudo realidad y un modo de vida que puede llegar a ser ganapán para sí mismos. La democracia como representación, legalidad y transparencia cedió el sitial a la ‘democracia’ como maquinación, mayoría simple y fuerza. La utopía claudicó ante el engaño y la imposición. La ciudadanía entró en estado de adolescencia y de plañido de cuántos gozan de todos los derechos imaginables y ninguna obligación. El descreimiento religioso dejó paso al descreimiento político.

Un manifestante tira a una papelera un panfleto durante una protesta en Times Square, Nueva York (Reuters).
Un manifestante tira a una papelera un panfleto durante una protesta en Times Square, Nueva York (Reuters).

En el relato y la invención política, especialmente en la política de masas propia al populismo, el ‘pueblo’ y la ‘nación’ son los referentes primordiales y son la legitimación de las medidas salvadoras encomendadas al Estado. Los extremismos populistas, derechistas e izquierdistas, proponen soluciones simples a problemas complejos y, por tanto, comparten la ilusión sobre la omnipotencia de la política y del Estado. Propenden, pues, al autoritarismo, y entran inexorablemente en él cuando, conquistado el gobierno, fracasan en sus disparatados e imposibles empeños. Las expectativas de los excitados, exaltados, embelesados, embaucados y fascinados pueden alcanzar cotas elevadas, alejarse mucho de la realidad, de lo posible y, por supuesto, de la sensatez, el respeto y el derecho. La devastación de los iluminados puede ser colosal, de modo que luego el coste económico, ideológico y personal de la reconstrucción es formidable.

La propensión de la política contemporánea a la posrealidad se aprecia meridianamente en dos casos agudos: el Brexit y el separatismo catalán. El euroescepticismo y el secesionismo han recreado su realidad ilusoria y su enemigo exterior (Europa, Madrit) alrededor del nacionalismo y de la protección, y en oposición al espíritu europeo, que es cívico y solidario. En el caso de los independentistas catalanes, llevan décadas zapando contra la democracia española: hoy son consuetudinarias sus ficciones, el desacato y no vigencia de la ley, la persecución del disidente y el ejercicio del matonismo y la violencia fascista por sus extremistas de izquierda. En el matrix separatista catalán, varios millones de personas ya son ‘independientes’ del resto de España, de la realidad y del derecho, vasallos de un régimen de corte totalitario.

Tras la tarea de Joseph Goebbels y los análisis de George Orwell, conocemos el efecto de la distorsión, presión y vigilancia, de la narrativa y lenguaje político y de la repetición de la mentira en la ingeniería social y la conformación de la acquiescencia y la realidad virtual. Según la Biblia, Dios crea con la palabra. El actual 'homo deus' supone que tiene esta facultad. Falsamente. Por ello, lo peor de la mentira llega cuando las personas y los grupos se comportan como si aquélla fuese verdad. El caos y el terror que sobrevienen sólo se superan con el restablecimiento del principio de realidad. Cuando tras la crisis política y el crack económico emerja la verdad, a la supremacía de la política propia al populismo radical le sucederán la frustración y los daños colaterales del crudo aterrizaje en la realidad. Entonces, la posrealidad y la pospolítica serán despojadas de la falsedad, y resplandecerán la realidad, la verdad y la democracia.

Éste anterior es un punto de vista optimista e ilustrado sobre la suerte de la posverdad, posrealidad y pospolítica. Pero hay un punto de vista pesimista, revolucionario y separatista según el cual su realidad virtual se impondrá y convertirá en realidad de hecho. ¿Cuál prevalecerá?

*Josep Ramón Bosch, Ferran Brunet y Josep Rosiñol son fundadores de Societat Civil Catalana.

Tribuna Internacional

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios