Están desmontando Lisboa

Hoy se compran vacíos edificios para ofrecer más apartamentos a los turistas que vienen en 'low cost', se alojan en 'low cost' y comen en 'low cost'. Pero esta será otra Lisboa

Foto: Lisboa (Portugal)
Lisboa (Portugal)

Me sucede siempre y he venido aquí muchas, muchas veces. Atravieso la planicie reseca del Alentejo, a la que los portugueses, tan poéticos, llaman Dourada. Dejo a izquierda y derecha los duros barrios-dormitorio del sur del Tajo y llego al puente 25 de Abril, llamado así en memoria de la gloriosa Revolução dos Cravos. Pago después los 1,75 euros de peaje, un atraco. Tendría que haber revertido al Estado hace 10 años al vencer la concesión. Entro en O Ponte y comienza la magia. Aparece a Cidade Branca, la ciudad blanca, los barrios de Estrela, Chiado, Alto, Baixa, Alfama, una línea de blanco inigualable, filtrado por la humedad del estuario.

Abajo, los verdes y azules siempre cambiantes del Mar de la Paja, la desembocadura de O Tejo. Y cuando termina el puente, te encuentras enfrente uno de los lugares de descanso más hermosos del mundo, el Cemitério dos Prazeres, el Cementerio de los Placeres. No fue un genio de la poesía universal el que puso un nombre así a ese lugar. No, el cementerio tomó el nombre de la finca de recreo que había allí. Pero ¿qué mejor lugar para reposar eternamente que en esa ladera orientada a poniente, frente a las puestas de sol, donde el gran río ibérico llegado desde Albarracín se pierde finalmente en el brutal Atlántico.

Luego, aparco en un lugar secreto para llegar al centro. No digo dónde para que no se llene. Antes caminabas por estos barrios vacíos, despacio, disfrutando de cada edificio, de cada esquina, de las paredes, donde los poetas callejeros lisboetas van dejando sus lamentos. Alguien escribió aquí, en este muro, su filosofía: correr sin rumbo es esperar en movimiento.

Tranvías en las calles de Lisboa. (iStock)
Tranvías en las calles de Lisboa. (iStock)

Ahora llego al renovado Mercado da Ribeira, el viejo mercado tradicional de frutas y verduras, convertido en una moderna nave, como de criadero de pollos, sin alma, de pizzas falsas y ensaladas falsas, junto a comidas neomodernas, huevos a 65 grados, anodina, como las que puedes encontrar en cualquier lugar de este mundo, donde lo hortera se ha globalizado. Menos mal que al lado está la monumental plaza de São Paulo, el santo que dio su nombre a la gran ciudad brasileira, que conserva todo su sabor. Puede equipararse a cualquier espacio italiano, la fachada imponente de la iglesia, el obelisco, el suelo de calzada portuguesa. Pero sigue manteniendo su tono lumpen, visitadoras como de las Vargas Llosa, perros famélicos, el supermercado cutre, los derrotados por la ciudad romántica, bebedores de cerveza de ojos cargados, todos mezclados hoy con 'post-posthippies', seguidores tardíos de Bob Marley, y miles de turistas que llegan cada día a la ciudad, vestidos con la agresiva ropa de verano, modelo carnes-fuera. El pasado y el presente, fundidos. El futuro va ser otra cosa. Llegan los grupos inversores extranjeros y compran y reforman edificios enteros para montar los famosos pisitos de alquiler de la afamada página web californiana.

Antes, subías a la plaza de Camoens por el más bello de los elevadores, el de Bica, y volvías a ver el río a través de la Rua do Alecrim, donde tuve la fortuna de residir unos años. Paseabas con calma, entrabas en las librerías de viejo y encontrabas las joyas de Eça de Queiroz. Veías pasar los barcos desde el mirador de Santa Caterina, como hacían los moradores del Barrio Alto, cuando llegaban los buques desde el lejano Brasil cargados del rico café. Pero ahora te encuentras con la riada humana, decenas, cientos de japoneses, ocultos bajo sus sombrillas multicolores, italianos, ingleses, nórdicos, yanquis o franceses. Una masa que llega ahora a la ciudad gracias a la apertura de los vuelos 'low cost', para descubrir tardíamente y transformar, lamentablemente, una de las maravillas de Europa.

Hay otra Lisboa, la ciudad real, no tan romántica como la de las postales, de los miradores, de los tranvías. La de los lisboetas, la que no ve el turista

La riada humana sigue calle Garret abajo. Está a punto de desaparecer de tanto uso la silla de bronce junto a la estatua de Pessoa, frente a la mítica A Brasileira, donde decenas hacen cola para hacerse la foto de rigor sin que el interesado de turno se preocupe por saber algo, estimo, de una de las glorias de la literatura universal del siglo pasado. Toda la calle, antes espejo del comercio local, es ahora un muestrario de las marcas del mundo globalizado. Las colas se extienden a los pies del ascensor de Santa Justa para subir al Carmo. Toda la hermosísima Rua Augusta, la central de la Baixa, es un restaurante 'low cost'. Están desmontando la vieja ciudad y remontándola de otra manera.

Hay otra Lisboa, la ciudad real, no tan romántica como la de las postales, de los miradores, de las rúas, de los tranvías. La de los lisboetas, la que no ve el turista, la de los miles que llegan a primera hora de la mañana en barco desde la proletaria Barreiro, en la orilla sur del Tajo; la de los miles que se meten en el atasco matutino y vespertino desde las ciudades-dormitorios de Cascáis, de Sintra o de Oeiras, ida y vuelta. Los pobres huyeron porque los alquileres en el centro eran elevados. La burguesía abandonó la ciudad romántica que hoy tanto atrae a los turistas porque estaba vieja, en ruinas. Los plásticos cubrían los pisos de las casas de la monumental plaza del Rossio, con sus bellas buhardillas abandonadas, para que no calara el agua de lluvia al de abajo.

En muchos bloques quedaban algunos ancianos. Hoy se compran los admirados y vacíos edificios de la Baixa para ofrecer más y más apartamentos a los turistas que vienen en 'low cost', se alojan en 'low cost' y comen en 'low cost'. Pero esta será otra Lisboa. No la ciudad antigua y señorial, que cantaba la canción. Y que no era 'low', sino, simplemente, asequible.

Elevador de Santa Justa, en Lisboa. (CC)
Elevador de Santa Justa, en Lisboa. (CC)

La cercana Sintra, su parte vieja y la montaña al sur, Patrimonio de la Humanidad, no se libra de la riada humana. Lo más agradable es perderte por sus callejuelas, contemplar los viejos palacetes, admirar la mágica montaña, siempre húmeda, siempre verde. Te alojas en un antiguo chalet en la subida al Palacio da Pena (no merece un desvío, como diría la guía Michelin, porque es el 'summum' del 'kitsch' por fuera y por dentro). Y a las nueve de la mañana te sorprende, no el canto de los pajarillos ni el inigualable olor de este entorno, la humedad del ambiente, los eucaliptos, los laureles, el profundo olor a hongos de la madera en descomposición debido a la altísima humedad, sino la riada de coches que suben a tan evitable lugar. Abajo, en la ciudad de estrechísimas calles, aparcan cientos de vehículos de las maneras más increíbles, tras saltar veinte centímetros de escalón entre el asfalto y la mínima acera, pegados contra un muro, dejando por debajo un espacio de medio metro. Aunque lo mejor es una fila de coches aparcados junto a la señal: 'Peligro, caída de rocas'. Los fabricantes de automóviles deberían probar sus nuevos modelos en Sintra. Si sobreviven, si no se rompen al aparcar, es que son muy buenos.

No me extrañaría que, dentro de poco, la Unesco declare un 'numerus clausus' para entrar en la ciudad, como si fuera la cueva de Altamira. Habrá que pedir cita por internet. Si no es así, revienta.

Vuelvo a la capital que puede convertirse en una nueva Venecia, saturada, o en unas Ramblas, al borde de la explosión. Hablo con un joven presentador de SIC, la televisión privada. Están reventando Lisboa, me dice. Hace unos días, Jorge Costa, diputado del Bloco de Esquerda, que, junto con los comunistas, apoya el gobierno del socialista Antonio Costa, me reconocía que la ciudad está en peligro.

No me extrañaría que la Unesco declare un 'numerus clausus' para entrar, como en la cueva de Altamira. Habrá que pedir cita. Si no es así, revienta

La Baixa, arrasada en el terremoto de Lisboa de 1755 y reconstruida de manera ejemplar por el marqués de Pombal, el déspota ilustrado, será otra cosa en unos años.

Le sucedió a Praga. Antes de la caída del muro, del socialismo, en 1989, era la perla escondida de Europa del Este. Sus edificios estaban abandonados, grises, se protegían las aceras con estructuras de madera por la caída de cascotes, pero te encontrabas los barrios míticos, Malá Strana y Staré Město, el puente de Carlos y el castillo. Luego se tiñó de colorines, de oficinas de cambio y de pizzerías baratas. Se puso de moda, se llenó de turistas. Era otra ciudad.

El turismo creció en Portugal el año pasado el 10%. Para este año se espera otro tanto. Un salto del 20% en apenas dos años, sobre todo en la capital y en el Algarve, tiene un impacto positivo en la economía, pero negativo en otros aspectos.

Volveré a Lisboa una vez más, claro, pero en enero o febrero cuando haya menos gente, espero. Tengo que ir a la nueva zona de ambiente para lisboetas, cafés-librería situada en la calle de la Cozinha (Cocina) Económica. ¿En qué lugar del mundo se puede encontrar una calle con ese nombre tan mágico? Debe ser el antecedente del 'low cost'.

Afortunadamente, el turista deja muchos lugares libres. Va del abigarrado centro a la torre de Belém, al más abigarrado Jerónimos, a comer los 'pastéis de nata' y poco más. Hay espacios abiertos, como toda la orilla del río cuajada de restaurantes, donde van los lisboetas, donde está el nuevo Museo Maat, un pequeño Guggenheim. Tengo que perderme una vez más por Mártires, por mi adorado Chiado, por las callejuelas, para mirar y remirar los azulejos verdes, azules, los hermosos tejados rojos, las fachadas blancas, para ver, al fondo, el estuario azulverdoso, siempre cambiante, para toparme a la vuelta de la esquina con el poema escrito en la pared por un nuevo Pessoa: "Todo es nada. Para ver Mi Lisboa".

* Daniel Peral es excorresponsal de TVE en Lisboa.

Tribuna Internacional

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