Sí tengo miedo (y me hace más fuerte)

Ni la gente está dispuesta a vivir encerrada en su casa, ni se sustituyen años de inteligencia y prevención de la radicalización con soldados en las calles

Foto: Un soldado vigila las calles de Bruselas. (Reuters)
Un soldado vigila las calles de Bruselas. (Reuters)

Yo sí tengo miedo. Seguramente vosotros un poquito también. Y no pasa nada. No somos valientes por no tener miedo, lo somos por seguir adelante pese al miedo que dé. Mi miedo es muy puntual. Pero ahí está, como un breve destello, cuando oigo un coche derrapar a mis espaldas. También cuando entro en una sala de conciertos abarrotada. Y a veces cuando estoy sentada en una terraza llena de gente, aquí en Bruselas. Entonces suelo levantar la mano para pedir 'une autre bière, s’il vous plait'.

Después de los atentados en la capital belga, nos quedamos un poco tocados. El metro explotó en una de mis paradas. Las ventanas por las que entraba el olor a quemado eran las de mi oficina. Y solo unas horas antes corría por la terminal que saltó por los aires. Tuvimos suerte yo, mis amigos y mis conocidos. Ninguno sangramos aquel día, pero todos resultamos un poco heridos.

También me encontraba en París poco después de la carnicería del Bataclan. Pese al estado de emergencia, el Gobierno francés entendió que no debía ni quería cancelar la cumbre del clima. Tenía razón. Gracias a eso, y por mucho que le pese a Donald Trump, se logró el primer acuerdo mundial contra el calentamiento global, que es una amenaza menos visible que la terrorista pero bastante seria. No me lo hubiera perdido por nada.

Una mujer deja una nota con un mensaje de apoyo en Las Ramblas de Barcelona. (EFE)
Una mujer deja una nota con un mensaje de apoyo en Las Ramblas de Barcelona. (EFE)

Una de aquellas noches un tipo me empezó a seguir cerca de Les Halles. Me hablaba, parecía borracho, me pedía algo. Por desgracia, hasta ahí nada nuevo. De pronto, el tipo se serenó, se paró en seco y levantó una mano. Muy despacio, muy serio, posó su dedo índice sobre su cuello, donde dibujó una línea recta de lado a lado. Entonces me sonrió, con los dientes apretados. No me tocó, pero logró que se me cortara el cuerpo. Recordé a James Foley. Corrí y entré temblando en el portal. Al día siguiente, volví otra vez sola a casa. Faltaría más.

En Bruselas, tras los atentados, evité un par de semanas el metro. Respiraba al pasar los controles de seguridad del aeropuerto. Y si un jueves nos acercábamos a la plaza donde los jóvenes que pululan por las instituciones intercambian teléfonos con diversos propósitos, nos dábamos cuenta de que habíamos calculado hacia dónde correr en caso de un atentado. Era un gesto mecánico, como el que te piden las azafatas que hagas al sentarte en un avión: localiza las salidas de emergencia, porque ya sabes que nunca pasa nada pero y si…

En Bruselas, tras los atentados, evité un par de semanas el metro. En las plazas, calculaba hacia dónde correr en caso de que hubiera un atentado

Y eso que el terrorismono nos es ajeno. Yo crecí a dos calles de donde a Irene Villa le sesgaron parte de su juventud. Recuerdo las sirenas de aquel jueves de instituto que nos anunciaron el 11M. Y viví el duro silencio que se hizo en el vagón de cercanías cuando entraba en Atocha, momentos antes de aquella manifestación en la que la lluvia se mezcló con las lágrimas. Aún se me ponen los pelos de punta.

Atocha fue una tragedia, y no hay año que no dedique un momento de mis onces de marzo a recordarla. Pero el miedo es insostenible: la vida no se puede parar. Y qué grande es la vida. Mucho más que el miedo.

La matanza del 13 de noviembre en París llevó a las autoridades belgas a declarar el estado de máxima alerta y a bloquear Bruselas. Redoblaron la presencia militar que ya había en las calles, cerraron el metro, la gente dejó de llevar a los críos al colegio, se cerraron los centros comerciales. La tensión no sirvió para evitar la muerte de 32 personas en los ataques de marzo de 2016. Ni la gente está dispuesta a vivir encerrada en su casa, ni se sustituyen años de inteligencia y prevención de la radicalización con soldados en las calles.

El miedo puede ser un veneno, lento y paralizante. Puede crear más monstruos disfrazados de ciudadanos modélicos, de líderes fuertes

Hoy todo fluye con normalidad y casi me sorprendo cuando nos cruzamos con una pareja de uniformados. Miran de reojo sus cascos, sus chalecos y sus metralletas que apuntan al suelo. Me encojo de hombros: 'Ici c'est comme ça'. Son parte de nuestra cotidianidad, como lo son en París y, en ocasiones, en Roma. La nueva normalidad, dicen. Me gustaba más la anterior, pero no, no vivo en estado de excepción.

El miedo puede ser un veneno, lento y paralizante. Puede crear más monstruos disfrazados de ciudadanos modélicos, de líderes fuertes o de salvadores de la patria. O puede ser el principio de la sabiduría, como dicen que dijo François Mauriac. El horror es parte de nuestra esencia humana. Después del tristísimo ataque de Barcelona, lo conocemos un poquito más. Sabemos que el terror y el odio están ahí, pero también que es minoritario. Somos más. Y ya no nos pillarán por sorpresa. Toca 'seny', más que 'rauxa'.

Tribuna Internacional

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