Boris Johnson y los conspiradores del Brexit: una élite con ensoñaciones victorianas

En julio de 1990, hace veintinueve años, mientras Alemania estaba en pleno proceso de reunificación, Nicholas Ridley, el ministro de Comercio e Industria del Gobierno de

Foto: Foto: Reuters
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En julio de 1990, hace veintinueve años, mientras Alemania estaba en pleno proceso de reunificación, Nicholas Ridley, el ministro de Comercio e Industria del Gobierno de Margaret Thatcher, dio una entrevista a la revista británica 'The Spectator'. En ella, se refirió a la propuesta de crear una unidad monetaria europea, que se estaba fraguando entonces, como “un chanchullo alemán diseñado para dominar a toda Europa”. Sobre la posibilidad de ceder parte de la soberanía nacional a la entonces llamada Comisión de las Comunidades Europeas, dijo que “ya puestos, se la das a Adolf Hitler, la verdad”. Acompañaba al texto una caricatura donde Ridley sostenía una pancarta en la que aparecía el canciller Helmut Kohl con un bigotillo hitleriano. La entrevista la había hecho el director de la revista, Dominic Lawson, hijo de un antiguo ministro de Finanzas, al que años más tarde sucedería Boris Johnson.

Como cuenta Celia Maza, en esa época Johnson era corresponsal en Bruselas para "The Daily Telegraph", un periódico destinado a las clases medias altas británicas, más rurales que urbanas -en las ciudades, la derecha lee sobre todo "The Times"-, a las que Johnson contribuyó a insuflar un marcado recelo contra la burocracia europea. Había caído el Muro de Berlín, la Europa continental parecía resuelta a solucionar de una vez por todas el "problema alemán" y el Partido Conservador británico, que desde el referéndum de 1975 que ratificó la pertenencia del país a las entonces llamadas Comunidades Europeas había sido bastante europeísta, empezó a albergar dudas y evidentes recelos, como los de Ridley, que Thatcher también fomentó. El partido quedó dividido y cuando Johnson tomó las riendas de "The Spectator", una revista provocativa y refinada dirigida a las élites conservadoras cuyos propietarios son los mismos que de "The Telegraph", quiso empujar al partido hacia el euroescepticismo. Si la semana que viene es nombrado líder del Partido Conservador y, en consecuencia primer ministro, quedará claro que lo ha logrado.

Con frecuencia se ha hablado del Brexit como de una eclosión populista semejante a las que han llevado a Trump y a Salvini al poder, a Le Pen a estar cerca de él y a Alemania y España a tener partidos de derecha autoritaria. Sin duda, las consecuencias de la crisis financiera y el miedo a la inmigración han contribuido a que Reino Unido abandone la UE, pero esta idea de independencia tiene una larga tradición. Como explicó hace unos meses David Jiménez Torres, recorre toda la cultura británica desde Shakespeare, que ya glosó en sus obras de teatro la tenacidad con la que primero los ingleses, y los británicos después, habían luchado por su autonomía con respecto a los poderes continentales. Y que en su encarnación contemporánea tiene treinta años, los mismos que hace que cayó el Muro y volvió de nuevo la posibilidad de una Alemania grande.

La generación de conservadores a la que pertenece Boris Johnson maduró políticamente en este contexto. En las últimas semanas, además, algunos autores británicos han explicado varios motivos, que mezclan lo psicológico con lo familiar, para que varios de ellos -no solo Johnson, también Michael Gove, Jeremy Hunt, Jacob Rees-Mogg o Dan Hannan- hayan tomado partido por el Brexit. Simon Kuper explicó en un largo ensayo publicado en el "Financial Times" que todos ellos, de clase alta y extraordinariamente conectados con la clase política, estudiaron en Oxford y forjaron ahí una sensación de agravio con respecto a Europa. Thatcher había hablado del peligro de que "un superestado europeo ejerciera una nueva dominación desde Bruselas", y estos jóvenes creían que "gobernar Gran Bretaña era una prerrogativa de su clase. No era asunto de Bruselas". Ellos merecían gobernar porque su familia, su clase y su educación en Oxford les daban ese derecho, y cualquiera que intentara hacerlo en su lugar era un usurpador. Y empezaron a movilizarse contra él. "Visto con el tiempo -escribe Kuper- algunos ven aquello como el principio de la campaña del Brexit".

Una élite educada en Oxford cree que merece gobernar porque su familia, su clase y su educación les da ese derecho

Por su parte, James Wood, crítico literario de "The New Yorker" pero nacido en Reino Unido, escribió en la “London Review of Books" cómo esa élite ha sido educada en la exaltación de los "gigantes victorianos" que forjaron un imperio y de hombres como Winston Churchill -del que Johnson escribió una biografía- que alcanzaron un pico de grandeza tras el cual el país no hizo más que decaer y sumirse en un mundo burocrático y gerencial poco apto para la heroicidad. Pero ellos, los más privilegiados, retomarían esa grandeza. “Uno comprende que cierta visión de la historia -romántica, nostálgica, privilegiada, preocupada por la pérdida del poder y la soberanía- puede conformar una visión política del mundo (…) Pero, ¿qué significa ese ‘declive’ para estos conspiradores del Brexit? Lo invocan y vituperan, pero al final se trata de retórica política vacua". Esos hombres nunca han conocido ninguna decadencia, sus familias han ostentado el poder desde hace generaciones y en el caso de que el Brexit sí genere un declive real, "pase lo que pase en los próximos treinta o cuarenta años, después del Brexit, no va a afectarles".

Con toda probabilidad, Johnson será el próximo primer ministro antes de que acabe este mes. Aumentarán así enormemente las posibilidades de que Reino Unido abandone la Unión Europea sin ninguna clase de acuerdo. Los conservadores quieren evitar el caos que eso generaría, porque temen que los votantes se lo harían pagar expulsándoles del poder durante varios ciclos electorales. Pero la misión de Boris y sus compañeros de Oxford va más allá de eso. Se trata, para ellos, de recuperar la grandeza de un país anestesiado por Bruselas. Como casi siempre, la terquedad ideológica de una élite acabará marcando en buena medida el destino de todos.

Tribuna Internacional
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