Ecuador ya no es "un país tranquilo"

El "estado de excepción" en Ecuador es fruto de la ruptura del contrato social correísta

Las últimas reformas hacia la derecha del Gobierno de Lenín Moreno, que busca distanciarse de su predecesor y "padre político" Correa, han avivado las protestas de una clase trabajadora en crisis

Foto: Indígenas toman la asamblea nacional de Ecuador. (EFE)
Indígenas toman la asamblea nacional de Ecuador. (EFE)

Cuando llegué a trabajar a Ecuador como profesor de universidad en 2015, jamás pensé que me iba a quedar en este país durante cuatro años. Recuerdo que, la primera noche que salía a tomar algo, le pregunté a un amigo que trabajaba en una ONG qué tal es Ecuador. "Es un país tranquilo", me contestó él. Efectivamente, durante los siguientes años puedo dar fe que nunca he tenido un solo problema con un ecuatoriano, ni en temas laborales ni en cuestiones de amistad. El quiteño (no así el ecuatoriano de la costa, de "sangre más caliente") trata de evitar la confrontación directa.

El "estado de excepción" en Ecuador es fruto de la ruptura del contrato social correísta

Recuerdo que esta "extrema pasividad" en la forma de ser me ha llegado incluso a resultar chocante. Hace tres años, después de ver como Ecuador caía eliminado en unos cuartos de final de la copa América ante Estados Unidos, tomé un taxi en un estado de ánimo de indignación. Ecuador había jugado bastante mejor que su rival y se merecía claramente pasar a la siguiente ronda. Cuando le pregunté al taxista sobre el partido, me esperaba una reacción airada del conductor, una muestra de rabia ante la posibilidad que su país hubiera estado tan cerca de llegar a las semifinales de la Copa América. Sin embargo, el sentimiento de rabia o frustración estaba ausente. El autor me soltó un melancólico "ya fue...", expresión que los que vivimos en Quito sabemos traducir como un "ya pasó y no vale la pena lamentarse por ello".

Sin embargo, esta fama de Ecuador como "país tranquilo" no solo obedece, al menos en la última década, al carácter de sus habitantes, sino también a causas de política estructural.

Cuando Rafael Correa llegó al poder en 2007 de la mano del partido que el mismo había fundado, Alianza País, empezó un proceso de modernización del Estado ecuatoriano que duró una década. A este proceso lo llamaron 'Revolución Ciudadana' o, en términos coloquiales, el correísmo. Las contradicciones de este proceso hicieron que, a pesar de que el correísmo quiso integrar (o absorber, como dicen sus críticos) a los principales movimientos sociales del país, la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) se desmarcó de este proceso tan solo un año después de que Correa tomara el poder.

A pesar de que el presidente había tenido gestos con las comunidades indígenas (declarando el kichwa como lengua cooficial junto con el español y aceptando la existencia de "nacionalidades" originarias dentro del Estado), la CONAIE confrontó con el modelo de economía extractivita impulsado por Correa y basado en la extracción de petróleo y en el inicio de las concesiones mineras.

En términos prácticos, la oposición de la CONAIE al correísmo no supuso un duro palo a la ‘Revolución Ciudadana’. Aquello que Rousseau llamó el contrato social funcionó durante los primeros ocho años a las mil maravillas. En otras palabras. Por primera vez en la historia del país, un sector significativo de la población adquiría importantes niveles de consumo (se consolidaba la autodefinida clase media) y, simultáneamente, Rafael Correa, mediante sus alianzas con otros gobiernos progresistas de América Latina (Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia o Lula de Silva en Brasil) puso a Ecuador "en el mapa" haciendo que sus políticas fueran valoradas por la izquierda europea.

Hasta la llegada de Correa al poder, Ecuador había tenido cuatro presidentes diferentes en siete años. Pero durante los primeros ochos años del correísmo (2007-2015) ese término tan aparentemente burgués como "paz social" fue el 'leitmotiv' por el que, desde las clases trabajadoras hasta parte de las clases altas (o pelucona, en jerga ecuatoriana), se sumaron al proyecto correista.

El barril, el fin de la estabilidad

Sin embargo, en el octavo año de Correa en el poder, un factor económico desencadenó el inicio del final de la 'Revolución Ciudadana' y, por ende, de la estabilidad política en el Ecuador.

En el 'correísmo', aquello que Rousseau llamó "el contrato social" funcionó durante los primeros ocho años a las mil maravillas

El precio del barril del crudo ecuatoriano empezó a bajar en 2014 y, un año mas tarde, (el mismo en el que me fui a vivir a Ecuador) se empezó a sentir en la economía. Desde mis vivencias durante los dos últimos años del correísmo, que acabó en 2017, pude constatar como la desaceleración de la economía ecuatoriana empezó a cambiar la visión que sus habitantes tenían del gobierno y el pacto social de aquellas clases medias -que habían podido comprarse uno o dos coches gracias al segundo 'boom' del petróleo ecuatoriano- se volvió en frustración al entender que la crisis económica había llegado para quedarse.

Durante mis clases, cuando les preguntaba a mis alumnos sobre la "Revolución Ciudadana", solo había una respuesta, un mantra que se repetía una y otra vez: corrupción. La crisis económica había hecho que las mismas élites económicas que habían apoyado el modelo extractisvita de Correa, así como consentido que se redistribuyese parte de la riqueza del país, daban la espalda a la "Revolución Ciudadana" y, mediante los grandes medios de comunicación, aseguraron que correísmo ya no era un sinónimo de progreso, sino de corrupción.

La violencia de la clase media-alta

El fuerte asentamiento territorial de 'Alianza País' hizo que, en una segunda vuelta muy ajustada, el candidato correísta, Lenin Moreno, ganara las elecciones en 2017. Inmediatamente, los partidarios del candidato conservador, el ex banquero Guillermo Lasso, empezaron a protestar con vehemencia en las calles. Durante aquellos días, recuerdo caminar por Quito escuchando constantemente sirenas de coches de alta gama cuyos ocupantes protestaban ante lo que ellos consideraban que había sido "un pucherazo", es decir, que había habido fraude a la hora del recuento de votos.

A pesar de que las elecciones habían sido ratificadas por los observadores internacionales, recuerdo noches de insomnio en que la multitud, proveniente de todos los lugares de Ecuador, protestaba cada día hasta el amanecer y se incendiaba mobiliario urbano (contenedores, papeleras…) en las calles colindantes a mi casa. ¿Qué estaba ocurriendo? Si como decía Max Weber, el Estado es aquel que es capaz de monopolizar el uso de la violencia, un sujeto político, las clases medias-altas ecuatorianas (los llamados "trabajadores de cuello blanco"), no estaba dispuesto a permitir que el correísmo sobreviviese a Rafael Correa.

Las mismas élites económicas que habían apoyado el modelo extractivista de Correa y consentido que se redistribuyese parte de la riqueza del país dan la espalda a la 'Revolución Ciudadana'

La emocionante victoria -nadie, hasta el último minuto, sabía si iba a ganar Lasso o Moreno- me hizo ir hasta el escenario donde el flamante triunfador de la noche electoral estaba soltando su discurso. Entre cánticos provenientes de la vieja izquierda latino-americana como "el pueblo, unido, jamás será vencido", Lenin Moreno, acompañado del que iba a ser su vicepresidente Jorge Glass (ahora preso por corrupción), lanzó unas palabras que a día de hoy siguen gravitando en mi cabeza: "Queremos que vuelvan todos".

El nuevo presidente, que en esos momentos era mas correísta que el propio Correa, sabía que en el actual contexto de crisis económica y con unas clases medias que veían poco a poco reducida su capacidad de consumo, necesitaba volver a "ensanchar" el tablero electoral correista. En el 2017, parte de las clases trabajadoras que hace diez años habían votado por Correa demandando hospitales y colegios públicos, se habían convertido en clases medias acomodadas que exigían bajadas de impuestos.

Los que estábamos presentes aquella noche electoral escuchando el "queremos que vuelvan todos" no supimos interpretar esas palabras. Moreno no estaba haciendo referencia a la CONAIE, en un intento por integrar las demandas medioambientalistas de los pueblos indígenas ecuatorianos que no habían sido lo suficientemente escuchadas por su predecesor. Si Correa había podido gobernar sin ellos, ¿acaso él no podía hacerlo?

En los dos años que han pasado desde aquel "queremos que vuelvan todos" de Lenin hasta la actualidad, toda la política ecuatoriana ha girado en torno a un fenómeno muy particular, no solo en Ecuador y América Latina, sino en todo el globo. En política comparada, la ruptura entre "delfín" y "padre político" (acaecida de manera tan radical y tan temprana) prácticamente no encuentra semejanza como la vivida entre Lenin Moreno y Rafael Correa.

Sin embargo, durante estos dos años, la causa del descontento popular hacia Moreno no se encuentra en su inesperada ruptura con Correa, ya de por si desgastado políticamente por los casos de corrupción que han salpicado a su gobierno. El votante medio de derechas, perteneciente a una clase acomodada que podría haber visto con buenos ojos la ruptura de Moreno con el socialismo del siglo XXI, ha pronunciado la misma frase de manera ininterrumpida durante todo este tiempo: "En estos dos años, Lenin no ha hecho nada".

Acercamiento a la derecha

Los acercamientos de la administración de Moreno a gobiernos regionales conservadores como el de Iván Duque en Colombia o el de Jair Bolsonaro en Brasil, no ha supuesto un estimulo suficiente para unas oligarquías ecuatorianas que demandaban algo muy básico en términos de economía política: una drástica reducción en la intervención del Estado sobre la vida social y económica de los ecuatorianos.

Estos deseos empezaron a cristalizarse con el acuerdo llevado a cabo entre el gobierno de Moreno y el Fondo Monetario Internacional (FMI) a finales del mes de septiembre de este año. En la línea de los acuerdos firmados entre este organismo y otros países durante la reciente historia de América Latina, el vocabulario trata de camuflar los aspectos técnicos (y que por ende van a tener efecto en el día a día de los ecuatorianos).

En vez de "abaratar el despido" el acuerdo habla de la necesidad de establecer "cierta flexibilidad en los contratos laborales". Los ecuatorianos, acostumbrados en su reciente historia a la intervención de este organismo en la política nacional (recordemos que el gobierno de Correa vivió un largo proceso de negociación con el FMI) utilizan el término "paquetazo" para referirse a las medidas de "ajuste económico" que el organismo está "aconsejando" realizar con el objetivo de que el estado ecuatoriano recorte el tamaño de su administración y a la vez se abra a las inversiones privadas que puedan venir del extranjero. ¿Dispone Lenin del suficiente capital político como para convencer a los ecuatorianos de la necesidad de "apretarse el cinturón"?

Un país paralizado

La huelga efectuada este 3 octubre por el sector de los transportistas y que dejó paralizado al país durante 24 horas (recordemos que Ecuador a penas dispone de vías de ferrocarril), ha tenido un saldo de cientos de detenidos, decenas de heridos, y la declaración del estado de excepción por parte del gobierno de Moreno. En las redes sociales, la brecha ideológica entre los ecuatorianos se hace palpable. Los grandes canales de televisión (las privadas Teleamazonas y Ecuavisa) no dudan en calificar las protestas como la consecuencia de las "prácticas mafiosas" de los transportistas. El país parece dividirse entre los que piden orden y vuelta al trabajo (trabajadores de cuello blanco y patronal), y unas clases trabajadoras que sienten incertidumbre ante la posibilidad de que las políticas de ajuste les pongan aún mas difícil poder llegar a final de mes.

El país se divide entre los que piden orden (trabajadores de cuello blanco y patronal) y las clases trabajadoras, que sienten incertidumbre

Después de diez años de paz social que trajo el correísmo, ¿vuelve la lucha de clases a Ecuador? Hay algo que parece claro. En los dos años transcurridos desde el triunfo de Lenin Moreno hasta el día de hoy, parecía que el correísmo (que a día de hoy continúa siendo la mayor fuerza política en el campo progresista ecuatoriano) estaba poco menos que enterrado.

El gobierno de Moreno, aprovechando la "tendencia populista de derechas" que vive actualmente tanto América Latina como Europa, tomó recientemente una medida sin precedentes en materia de inmigración. Aprovechando cierta percepción entre la población en cuanto a la subida de los niveles de delincuencia en el país, Moreno decidió exigir a los inmigrantes venezolanos lo que llamó como "visa humanitaria", una medida que choca directamente con los acuerdos alcanzados entre los países de la UNASUR, que aseguran la libre circulación de personas y del que Ecuador forma parte.

Estas políticas se circunscriben en un contexto internacional de "vuelta a la nación", que el presidente de Estados Unidos Donald Trump pudo representar de forma muy gráfica en la última asamblea general de la ONU con las siguientes palabras: "El futuro no pertenece a los globalistas, pertenece a los patriotas".

Sin embargo, el ciclo de huelgas que abrieron los transportistas el 3 de octubre en Ecuador y que parece que van a continuar los movimientos indígenas representados por la CONAIE, abre un nuevo dilema en el país. Durante los dos años que lleva Lenin Moreno en el poder, he podido constatar que la política ecuatoriana y las conversaciones que ha generado entre sus ciudadanos, han versado sobre dos puntos principales. El primero, la insistencia del gobierno de Moreno en señalar la corrupción del gobierno anterior en un intento de distanciarse ideológicamente de su predecesor. Por otro lado, una permanente sensación de angustia entre muchos ecuatorianos ante la subida de los niveles de delincuencia, y como el gobierno de Moreno ha intentado capitalizar este descontento restringiendo la libre entrada en el país de ciudadanos venezolanos.

En este contexto regional latino-americano donde las políticas conservadoras se hacen hegemónicas, ¿cabe esperar que las movilizaciones contra las políticas de ajuste económico emprendidas por el gobierno de Moreno provoquen la irrupción de un nuevo actor político en Ecuador? Desde luego, hay algo que está quedando bastante claro. Ecuador, para bien o para mal, está dejando de ser un país tranquilo.

*Nicolás Buckley es doctor en Filosofía de la Historia por Royal Holloway University of London. Actualmente es profesor de la Universidad Metropolitana de Ecuador y está trabajando en un nuevo libro sobre las historias de vida de los militantes de la guerrilla ecuatoriana 'Alfaro Vive Carajo'.

Tribuna Internacional
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