China, en cuarentena: las consecuencias geopolíticas del coronavirus

El PCC y China van a lidiar con el virus a su manera. El Gobierno no ha dejado entrar en Hubei ni a los expertos estadounidenses ni a los de la OMS que así lo han pedido

Foto: Una mujer con una mascarilla en una estación de metro en Shanghái, China. (Reuters)
Una mujer con una mascarilla en una estación de metro en Shanghái, China. (Reuters)
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“Por favor, cuídate ahí en Europa, intenta evitar lugares públicos, el coronavirus es muy serio”. Esto es lo que me escribía el miércoles un contacto chino en Shanghái. Supongo que este jueves, 13 de febrero, el hombre estará todavía más preocupado, ya que las autoridades chinas han cambiado el método de diagnóstico y el número de casos ha aumentado en 15.000, lo que lleva la cifra de afectados a más de 60.000 (de ellos más de 8.000 graves) y la de muertes a 1.368. El sentir de mi interlocutor es reflejo de lo que está viviendo la población china. El miedo es patente, y comprensible.

China, en cuarentena: las consecuencias geopolíticas del coronavirus

Es sabido que China tiene a 60 millones de personas en Wuhan y la provincia de Hubei en cuarentena, pero realmente son 1.400 millones de chinos (cerca del 20% de la humanidad) los que al escribir estas líneas están o bien en cuarentena dura, como en Hubei y otras provincias limítrofes, o blanda, en el resto del país. En Pekín y Shanghái (macrometrópolis de más de 20 millones de habitantes) se estima que la actividad se limita a un 20% y todos mis conocidos que viven allí están encerrados en casa, lo que, por otra parte, hace crecer todavía más la angustia. Algunos piensan que la población china ha entrado en modo paranoia y está exagerando la gravedad de la situación, pero estas medidas drásticas tienen cierta justificación.

Por ahora se sabe muy poco del coronavirus (COVID-19), y eso impone. Esto es en parte por la opacidad del Gobierno chino, pero incluso en sitios más transparentes como Japón (248 casos) y Hong Kong (51 casos) no hay un consenso claro de cómo se transmite el virus y su virulencia. En principio, la Organización Mundial de la Salud (OMS) cree que se trasmite como una gripe y en su página de información sobre el COVID-19 recomienda mantener un metro de distancia, pero hay estudios del MIT y otras instituciones de prestigio que indican que las bacterias de un estornudo fuerte pueden viajar por el aire hasta 70 metros y durante 45 minutos. Y ese “hasta” da mucho miedo. En Hong Kong incluso se piensa, igual que ya pasó con el SARS, que hay varios casos de COVID-19 provocados por una fuga en el desagüe de un edificio.

Todo indica que las autoridades locales chinas tardaron demasiado en tomar medidas, pero el Gobierno central ha hecho bien en aplicar la cuarentena dura a toda la provincia para evitar la transmisión del virus. Por suerte lo hizo, además, justo antes de que millones de personas saliesen de vacaciones (por China y todo el mundo) durante la semana del Año Nuevo chino. Esta medida ha recibido los aplausos de la OMS. La situación en Hubei, sin embargo, sigue siendo incierta y confusa, con muy pocos periodistas extranjeros allí. Se teme que el número de casos sea más alto de las cifras oficiales porque el virus es asintomático por un período que antes se estimaba en 14 días, y ahora incluso se ha aumentado a 24, y por falta de recursos sanitarios, a pesar de la construcción de dos hospitales en pocos días.

Además, parece que el COVID-19 es tan fuerte que puede matar a gente joven, y aparentemente sana, y no se sabe qué efectos tiene para los que tienen suerte y lo superan. El caso del oftalmólogo de 34 años, Li Wenliang, que fue uno de los primeros en avisar del virus, fue silenciado, después dio varias veces negativo, y de repente, cuando se le detectó el virus, murió repentinamente, es paradigmático, y ha levantado una ola de conmoción, frustración y rabia que ha cogido al Partido Comunista Chino (PCC) por sorpresa.

¿Estamos ante el Chernóbil chino? El cese esta semana de los responsables de sanidad de Wuhan y Hubei, primero, y la sustitución de los secretarios generales del PCC, tanto de la ciudad, como de la provincia, por nuevos mandos próximos al presidente Xi Jinping, después, se parece bastante a lo visto en la serie 'Chernobyl' de HBO. Que el presidente Xi haya convocado el Comité Permanente del Politburó tres veces en otras tantas semanas (algo extraordinario), y que en la última haya nombrado a Ying Yong, el hasta ahora alcalde de Shanghái y hombre de plena confianza, como nuevo secretario general de la provincia y máximo responsable de la gestión de la crisis, es claramente un mensaje a la ciudadanía de que Pekín está poniendo a los mejores para atajar el problema, pero también puede incidir en la sensación de que la situación en Hubei es crítica, y quizás incluso está fuera de control.

Estamos, pues, ante la mayor prueba para el PCC desde hace décadas. Por primera vez, no solo escucho a interlocutores chinos tradicionalmente críticos con el Gobierno, sino incluso gente del partido (o próximos al mismo) airear su malestar. El contrato social entre la población china y el partido es paternalista. La ciudadanía está dispuesta a ver sus libertades restringidas siempre y cuando el PCC vele por su prosperidad, y, sobre todo, su seguridad. Sin embargo, si el partido no cumple con su responsabilidad, la confianza se rompe.

Justamente esa es la razón por la que el PCC ha redoblado sus esfuerzos en usar las nuevas tecnologías para mitigar los efectos del virus. En una sociedad autoritaria donde los individuos no se fían unos de otros, el estado usa la tecnología para ofrecer un sello de garantía. Esto pasa con el sistema de crédito social (que es más bien un sistema de credibilidad), pero ahora también con la nueva aplicación que acaba de sacar el Consejo de Estado y que ayuda a los ciudadanos a saber si han estado en proximidad de algún afectado. La última innovación del tecno-comunismo, que puede calmar la paranoia, o acentuarla porque la gente entra en pánico si ve que hay alguien en su calle contagiado. En Corea del Sur y Australia las autoridades también han usado los móviles para seguir el rastro de personas contagiadas, pero esa información no es de acceso público.

Esto demuestra que, al final, el PCC y China van a lidiar con el virus a su manera. El Gobierno no ha dejado entrar en Hubei ni a los expertos estadounidenses ni a los de la OMS que así lo han pedido. Posiblemente porque está ocultando algo, o quizás por orgullo, porque no quiere que su población vea que depende de expertos extranjeros para resolver el problema (aunque eso también huele a Chernóbil). En cualquier caso, esto también enseña que la estrategia de desacoplamiento de Trump tiene sus grietas. Si China se encierra por su propia voluntad, tenemos un problema, y si abre las puertas sin control, también. Por ahora, es difícil saber si esto será para el PCC, lo que Chernóbil fue para el Partido Comunista de la Unión Soviética (las comparaciones son odiosas), pero su credibilidad, o por lo menos, la de Xi está en juego.

Para China esta epidemia viene en mal momento, en plena guerra comercial y geopolítica con EEUU, con una desaceleración de la economía y con una opinión pública occidental cada vez más crítica con Pekín. Pero también deja patente la importancia de la estabilidad de China para el mundo. Cuando se produjo la epidemia del SARS en 2003, la economía china solo era el 4% de la economía mundial y ahora es el 18%. No solo eso. Entre 2013 y 2018, la economía china contribuyó de media un 28% al crecimiento mundial, por lo que, si crece este año cerca del 5%, o incluso menos, las repercusiones se harán notar en todo el mundo. La importancia de China en todos los sectores industriales y las cadenas de valor es inmensa. Hasta el punto de que la dependencia de EEUU de productos intermedios farmacológicos y sanitarios chinos es tan grande que si el COVID-19 se extendiese ahora mismo por EEUU habría falta de suministros.

La importancia sistémica de China es tal que puede crear una recesión global y para paliarla se necesitaría de cooperación internacional en el G20

En definitiva, las consecuencias geopolíticas del coronavirus pueden ser importantes. Si no se llega a controlar en los próximos meses, al igual que pasó con la crisis financiera global de 2008 que se inició en EEUU, la importancia sistémica de China es tal que puede crear una recesión global y para paliarla se necesitaría de cooperación internacional en el G20. Está por verse, sin embargo, si en ese hipotético caso dominarían las visiones internacionalistas o nacionalistas. Por ahora, mis contactos chinos, muchos cercanos al Gobierno, destacan que de países como Japón y los Países Bajos vienen palabras de apoyo y de solidaridad, y de EEUU más bien críticas y mensajes condescendientes sobre la ineficiencia del sistema comunista.

Esto es peligroso porque puede acelerar la espiral de desconfianza entre los dos gigantes geopolíticos. EEUU puede insistir más en ser menos dependiente de los productos chinos y cerrar todavía más sus fronteras a los ciudadanos chinos (la cancelación de vuelos hasta finales de abril va en esa dirección) y el PCC puede usar eso como arma de propaganda para azuzar el sentimiento nacionalista y desviar la atención de su deficiente gestión de la crisis. Por lo tanto, si al final el COVID-19 va a más (que ojalá no sea así) y se necesitase una respuesta internacional, la UE tendrá que hacer lo posible para que la Casa Blanca vuelva a creer en el multilateralismo y que China acepte la entrada de inspectores internacionales. Algo nada fácil.

*Miguel Otero Iglesias es investigador principal en el Real Instituto Elcano y profesor en el Instituto de Empresa.

Tribuna Internacional
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