Así es como se desintegra Europa

En este momento, es esencial que los líderes europeos se pregunten a sí mismos si lo que han logrado es más importante que lo que han dejado sin abordar

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El Consejo Europeo decidió, durante un encuentro organizado para hacer frente a la crisis del covid-19 el 23 de abril, confirmar un programa de la Comisión Europea para apoyar a los sistemas de seguros nacionales. También aprobaron un programa del Banco Europeo de Inversiones para apoyar los préstamos a las pequeñas y medianas empresas, y otro del Mecanismo Europeo de Estabilidad para poner préstamos a disposición de los gobiernos nacionales para pagar por los gastos sanitarios relacionados con la pandemia. Finalmente, el Consejo pidió a la Comisión que organizara una hoja de ruta para la creación de un “fondo de recuperación, que es necesario y urgente”. Aquellos a favor de la decisión la celebraron como un paso sin precedentes en la Europa de la solidaridad, los críticos lo condenaron como vago e insignificante. Ambos están en lo correcto y se equivocan al mismo tiempo.

El error es creer que la integración europea, o cualquier tipo de integración en este caso, es sí o no, hacia adelante o hacia atrás, progreso o regresión. La integración y la desintegración tienen lugar ambas al mismo tiempo. Esto explica cómo puedes se puede atar la economía británica aún más a las cadenas de suministro europeas, o las universidades británicas aún más cerca de las más amplias redes de investigación europeas, y aun así dejar a muchos ciudadanos británicos atrás.

No niega los méritos del proyecto europeo al admitirlo, como tampoco niega las virtudes del libre comercio el reconocer que la liberalización del comercio impone costes y beneficios. Al contrario; es peligroso insistir en que la integración y la desintegración son mutuamente excluyentes y, por lo tanto, dicotómicas. Centrar demasiado la atención en el éxito de la integración sin considerar qué más puede estar sucediendo al mismo tiempo solo conduce a sorpresas desagradables.

Así que, cuando consideramos las decisiones tomadas en el Consejo Europeo del 23 de abril, la cuestión no es si el vaso está medio lleno o medio vacío. La pregunta importante es qué acecha en la mitad vacía. Ahí es donde es más probable que residan las fuerzas de desintegración. Y no hace falta mucho esfuerzo para ver que son significativas.

Cuidado con la divergencia económica

Empecemos con el indicador más obvio, que es el costo de los préstamos. En este momento, los bonos del gobierno italiano a diez años rinden aproximadamente 250 puntos de base (o 2,5 puntos porcentuales) más que los bonos alemanes a diez años. Los bonos italianos también tienen una calificación crediticia de Standard & Poor's (BBB) más baja que sus contrapartes alemanas (AAA). Lo que esto implica es que los bancos y las empresas italianas enfrentan mayores costes de endeudamiento que los bancos y las empresas alemanas. Además, la brecha entre los dos países se está ampliando gradualmente, a pesar de los dramáticos esfuerzos del Banco Central Europeo para volver a unir sus respectivos costes de endeudamiento.

Un programa de estabilización basado en préstamos como el proporcionado por la Comisión Europea para respaldar los sistemas nacionales de desempleo o el proporcionado por el Banco Europeo de Inversiones para apoyar a las pequeñas y medianas empresas puede aliviar algo de la presión relativa en el muy corto plazo, pero no puede remodelar el contexto financiero. Tampoco puede hacerlo un préstamo de emergencia a los gobiernos nacionales en apoyo a la financiación de la atención sanitaria del Mecanismo Europeo de Estabilidad.

Instrumentos como esos liberan algo de la presión que podría empeorar las cosas. Pero el hecho es que será más difícil para las empresas italianas sobrevivir al cierre que para sus contrapartes alemanas, así como será más costoso para las empresas italianas financiar su eventual recuperación. Las condiciones económicas en los dos países serán divergentes, y las dos economías trabajarán menos unidas como consecuencia de estas diferencias financieras.

Mientras tanto, cualquier esfuerzo del estado italiano para reequilibrar su posición fiscal para hacer que las finanzas del gobierno italiano se parezcan más a las de Alemania solo exacerbará la divergencia. Puede haber fuertes argumentos sobre por qué este tipo de medidas son necesarias y que expliquen cómo los italianos deberían levantarse por sí mismos, pero esos argumentos no cambian el hecho de que así es como se ve la desintegración, particularmente cuando se hace desde Italia.

Divergencias en las percepciones

Otro indicador más sutil es el tiempo. Lo convencional es separar la última crisis en dos eventos separados, una crisis financiera entre 2007 y 2009 y una crisis de deuda soberana entre 2010 y 2015. La crisis financiera golpeó fuertemente a los países del norte de Europa, mientras que los países del sur de Europa escaparon en gran medida de un daño significativo. La crisis de la deuda soberana fue en cambio predominantemente meridional y no septentrional.

Esta división en dos periodos distintos es útil en la medida en que refleja diferentes teorías sobre la responsabilidad. La crisis financiera vino de Estados Unidos a Europa, la crisis de la deuda soberana fue claramente europea. Pero la periodización es inútil en la medida en que tales teorías distraen la atención de las preguntas fundamentales sobre los momentos en los que cada una de ellas se produjeron.

Es posible fortalecer las instituciones europeas y perder la coherencia del mercado interior y el apoyo de las poblaciones nacionales de Europa al mismo tiempo.

Si tratamos el período de 2007 a 2015 como un evento único, el punto a tener en cuenta es que los países del norte de Europa han tenido más tiempo para reconstruirse desde la última crisis que sus contrapartes del sur. En esta ocasión, los países del sur de Europa están a la vanguardia. La onda de choque inicial del coronavirus es tan confusa y desconocida como lo fue al comienzo de la última crisis. Del mismo modo, la necesidad de elaborar algún tipo de respuesta efectiva es tan urgente como cuando los grandes bancos colapsaron en el norte de Europa.

La diferencia es que ese “sentido de urgencia” en la necesidad de respuesta no se está compartiendo entre los estados miembros de la misma forma en la que cuando se derrumbó Lehman Brothers. Los países menos afectados por esta crisis que viene se sienten mejor preparados y, por lo tanto, más cautelosos en cuanto a una respuesta rápida. Cuanto más se prolonga el proceso de elaboración de una respuesta, más aquellos países que emergieron tarde de la última crisis y han caído antes en la actual, expresan una sensación de desesperación. No es de extrañar, por lo tanto, que el primer ministro italiano Giuseppe Conte insistiera en insertar la frase "necesario y urgente" en las conclusiones de la presidencia del Consejo Europeo.

Italia y España apenas pueden esperar hasta principios de junio para recibir la ayuda inicial o hasta 2021 para comenzar a financiar su recuperación económica. No tienen esas reservas y tampoco las tienen esas pequeñas empresas que proporcionan la mayor parte del empleo en ambos países. Por supuesto, hay buenas razones para dedicar tiempo a elaborar respuestas bien institucionalizadas. La integración es un proceso deliberado. Pero el tiempo no se percibe de la misma manera en todos los países. Para aquellos con amortiguadores más pequeños en los que apoyarse, esa deliberación se parece más a un reticente arrastre de pies. Nuevamente, desde el punto de vista italiano, la situación actual se parece más a la desintegración que a la integración.

La solidaridad es una actitud, no un regalo

Quizás los indicadores más sutiles radiquen en la paciencia y la comprensión. Estos indicadores son difíciles de medir, aunque hay un excelente trabajo realizado tanto por los académicos de las encuestas de opinión pública (como Sara Hobolt y Catherine De Vries) como por aquellos que se centran más en el encuadre narrativo en el discurso público y los medios de comunicación generalistas (como Matthias Matthijs y Kathleen McNamara).

Quizás la mejor manera de abordar esta área más sutil es preguntar si alguno de los líderes de Europa, o cualquier población europea, está tan satisfecho con lo que otros líderes han aportado al último acuerdo como con su propia contribución. Si no lo están, vale la pena preguntarles cuánto consideran su propia contribución como una concesión al grupo más que como una solución al problema. Lo más importante es que deberían preguntarse cuántos creen que "el" problema es realmente "su" problema. La verdadera solidaridad, a diferencia de las declaraciones de solidaridad, radica en la diferencia que marca esta percepción de del problema como propio.

Los jefes de Estado y de Gobierno de Europa acordaron una serie de medidas a corto plazo y acordaron estudiar más a fondo cómo financiar su recuperación de la crisis actual. Estos son logros importantes. Logros que incluso pueden impulsar la integración europea como proyecto. Pero los líderes de Europa no deben tener la ilusión de que han abordado esas diferencias internas que ampliarán las divisiones entre los estados miembros, igual que tampoco deberían creer que están avanzando a un ritmo que coincide con las necesidades de cada estado miembro.

En este momento, es esencial que los líderes europeos se pregunten a sí mismos si lo que han logrado es más importante que lo que han dejado sin abordar. La integración por sí sola no es suficiente. Es posible fortalecer las instituciones europeas y perder la coherencia del mercado interior y el apoyo de las poblaciones nacionales de Europa al mismo tiempo. La desintegración no siempre es fácil de ver en las declaraciones conjuntas de las cumbres, o las conclusiones de la presidencia, pero que parezca fuera de la vista no hace que sea menos digna de atención.

*Esta columna se publicó originalmente en el IISS, bajo el título en inglés de "This is what European disintegration looks like"

Tribuna Internacional
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