La desglobalización no significa que los antiglobalizadores tuvieran razón

Los antiglobalizadores se equivocaban al pensar que sería un proceso inútil para el bienestar de los países en desarrollo o que acabaría por completo con su soberanía

Foto: Imagen de Pete Linforth en Pixabay.
Imagen de Pete Linforth en Pixabay.

Ahora que hablamos de una reversión del proceso de globalización, vale la pena echar la mirada atrás brevemente.

En 1996, el periodista estadounidense Thomas Friedman estableció, con cierta ironía, la llamada 'teoría de los arcos dorados'. De acuerdo con esta, la paz capitalista se basaba en el hecho de que nunca se había producido una guerra entre dos países donde hubiera al menos un McDonald’s. Más tarde, en un libro titulado de manera significativa 'El mundo es plano', por la supuesta ausencia de barreras en el comercio global, refinó un poco más esa idea y le dio un nuevo nombre: la 'teoría Dell de prevención de conflictos'. Según esta, dos países que formaran parte de la cadena logística de una gran empresa global, como la del fabricante de ordenadores Dell, nunca se habían enfrentado en una guerra mientras pertenecían a esa cadena.

La globalización, venía a decir Friedman, no solo hacía que los países en desarrollo fueran lo bastante prósperos como para tener restaurantes de comida rápida y fábricas de chips, sino que esa prosperidad los convertía en pacíficos y, con suerte, en democráticos.

Este era el relato optimista de la globalización que, naturalmente, tuvo una inmensa oposición, en buena medida la de una izquierda que buscaba un relato nuevo tras la caída del mundo soviético y el descrédito del comunismo. Uno de sus principales generadores de ideas fue la revista francesa 'Le Monde Diplomatique'. En uno de sus números más emblemáticos, titulado “Otro mundo es posible”, que se convirtió en uno de los lemas del movimiento antiglobalización, su director, Ignacio Ramonet, afirmaba que “el dramático avance de la globalización y el neoliberalismo se ha visto acompañado por un explosivo crecimiento de la desigualdad y un retorno de la pobreza y el desempleo masivo”. La globalización no era, pues, un sueño de paz y prosperidad, sino un proyecto imperialista liderado por Estados Unidos que estaba empobreciendo el mundo. El artículo de Ramonet se titulaba “Necesidad de utopía”.

Sea como fuere, la globalización estuvo, durante unos 30 años, en el centro de la economía y la política globales. China se convirtió, según la frase hecha, en la 'fábrica del mundo'; India liberalizó su economía y se dedicó a exportar servicios informáticos; en México se hizo más cierto que nunca el dicho atribuido a Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”; la Europa occidental se fue vaciando de viejas fábricas y llenándose de ropa asombrosamente barata fabricada en el sudeste asiático. En el dorso de nuestros iPhones parecía resumirse el espíritu de nuestro tiempo: “Diseñado por Apple en California. Fabricado en China”.

Pero todo parece haber cambiado. Esta semana, la portada de 'The Economist' dice “Adiós, globalización” y en el interior asegura que el covid-19 agudizará la tendencia a reducir los flujos de personas, de comercio y de capitales en todo el mundo. Hace solo unas semanas, Henry Paulson, antiguo secretario del Tesoro en el Gobierno de George W. Bush, pedía en el 'Financial Times' que “salvemos la globalización para salvar el mundo”. Para Bloomberg, el medio financiero por antonomasia, “el coronavirus podría matar la globalización”. El periódico más vendido de Alemania, el 'Bild', exigió al Gobierno de Angela Merkel que comenzara un “desacople” respecto a la economía china.

¿Significa esto que los antiglobalizadores estaban en lo cierto? Significa, por lo menos, que los globalizadores se equivocaban en una cosa. La globalización ha servido para aumentar de una manera extraordinaria el nivel de vida de cientos de millones de personas. Buena parte de Asia ha salido de la pobreza y, gracias a ello, se ha reducido enormemente la desigualdad global. Pero ha supuesto innumerables problemas: desde el rápido deterioro medioambiental en lugares con un crecimiento descontrolado hasta el hecho evidente de que la idea de que la prosperidad conduce a medio plazo a la democratización era un pensamiento ilusorio del liberalismo. Pero los antiglobalizadores se equivocaban al pensar que sería un proceso inútil para el bienestar de los países en desarrollo o que acabaría por completo con su soberanía. Si acaso, ha sucedido lo contrario: hacía siglos que Occidente tenía tan poco poder en el mundo.

Pero nadie pareció prever el efecto devastador que la globalización tendría entre los trabajadores fabriles occidentales, que desde los años sesenta habían conseguido auparse a la clase media y, en muchos casos, se cayeron de ella a partir de la década de dos mil y, de manera más acusada, tras la crisis financiera de 2008. Mejor dicho, se pensó que ese problema podía solventarse con otra idea de pensamiento ilusorio: se reasignaría la mano de obra que hubiera perdido su trabajo hacia sectores con un valor añadido cada vez mayor, como si los mercados laborales fueran infinitamente flexibles. Hoy, las consecuencias de ese fracaso son, en cierto sentido, el centro de la política en los países ricos: ¿qué hacemos para restaurar la dignidad y la prosperidad heridas de millones de trabajadores a los que el mercado parece decirles que son superfluos? Una parte del electorado ha decidido que el nacionalismo y el mercantilismo pueden ser la solución. Seguramente solo conducirían a un desastre mayor.

Es posible que dentro de unos años nos demos cuenta de que las predicciones sobre la desglobalización que hacemos ahora eran un poco exageradas. Pero es innegable que la pandemia ha agravado lo que ya es una tendencia, al menos desde 2016, cuando Donald Trump decidió, en parte con buenos motivos pero de manera equivocada, frenar las ambiciones geopolíticas de China golpeándola en la economía. Hoy no dejamos de oír que lo que necesitamos son “cadenas logísticas” más cortas: que el lugar donde se diseña un teléfono, sus materias primas y su proceso de ensamblaje deberían estar mucho más cerca de lo que lo están en la actualidad. Eso no supondrá que necesariamente haya más guerras, como implicaba la teoría de Friedman. Pero también demuestra que, si 'otro mundo es posible', no es tan diferente de este.

Tribuna Internacional
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