¿Qué le pasa al primer ministro de Holanda con España?

Ahora, el supervillano de la austeridad es un tipo al que pocos españoles pondrán cara, procedente de un país cuyo tamaño es aproximadamente la mitad de Andalucía y tiene el doble de habitantes

Foto: El primer ministro holandés, Mark Rutte (d), recibe este lunes en La Haya al presidente español, Pedro Sánchez. (EFE)
El primer ministro holandés, Mark Rutte (d), recibe este lunes en La Haya al presidente español, Pedro Sánchez. (EFE)

En la última década, los europeos del sur se han acostumbrado a considerar a Angela Merkel la supervillana de la austeridad. En lo peor de la crisis de Grecia, aparecieron retratos de ella que la representaban como una dirigente nazi. En España, Pablo Iglesias consideraba que “uno de los principales problemas de la democracia en Europa [es] el Gobierno alemán”. La revista británica de izquierdas 'New Statesman' colocó a Merkel en portada caracterizada como el protagonista de 'Terminator' (un ser implacable y robótico de aspecto humano) bajo el titular: “La líder más peligrosa de Europa”.

Hoy, todo eso parece haber cambiado, después de que Merkel adoptara una postura sorprendentemente expansiva a la hora de contener la crisis del covid-19. En las últimas semanas se ha erigido, junto a Emmanuel Macron, en la gran defensora de un inmenso plan de inversión europeo que debe empezar a definirse esta misma semana en las reuniones del Consejo Europeo del jueves y el viernes. Ahora, el supervillano de la austeridad es un tipo al que pocos españoles pondrán cara, procedente de un país cuyo tamaño es aproximadamente la mitad de Andalucía y tiene el doble de habitantes. Se trata de Mark Rutte, primer ministro de Países Bajos. Este lunes, fue a visitarle Pedro Sánchez, el último de una serie de líderes europeos que han acudido a implorarle que muestre una cierta flexibilidad. Pero ¿por qué Rutte ha adoptado este súbito protagonismo?

Rutte lleva 10 años en el poder y es, junto con Merkel, el líder europeo más veterano. Su partido de centro derecha, el Partido Popular por la Libertad y la Democracia, ha logrado algo que otros partidos liberal conservadores europeos admiran: ha detenido el auge del populismo de derechas al criticar las políticas de aceptación de refugiados e inmigrantes, ha logrado seguir siendo atractivo para los votantes moderados y, en materia europea, ha asumido una postura que en su país está generalizada: una defensa de la pertenencia a la UE, pero sin que ello implique una mayor profundización de la Unión, ni mucho menos una transferencia de dinero hacia el sur.

Rutte, como Merkel, es enormemente popular en su país. Pero, a diferencia de esta, quiere seguir en el cargo y se enfrenta a unas elecciones en marzo del año que viene (en parte, Merkel se ha mostrado más generosa porque no volverá a enfrentarse a las urnas). Si Rutte renunciara plenamente a la línea dura, aunque siempre abierta a matices, se arriesgaría a que los partidos a su derecha crecieran. Rutte, sin embargo, es conocido por su enorme flexibilidad y la comodidad con que se mueve por el espectro ideológico, algo que combina de manera maestra con el rigor y el respeto a las normas: a finales de mayo, por ejemplo, se supo que no había visitado a su madre moribunda para no romper las reglas de su país, que restringían las visitas a las residencias de ancianos.

Pero ¿cuál será la postura de Rutte en la próxima reunión del Consejo Europeo? Se conoce desde hace semanas: acepta la importancia de pactar un gran plan de reactivación de la economía pero, al igual que los demás líderes de los llamados 'cuatro frugales' (Austria, Suecia y Dinamarca, además de Países Bajos), quiere que sea más modesto que el diseñado por la Comisión. Esta ha propuesto endeudarse en los mercados de capitales internacionales y crear un fondo de 750.000 millones de euros a repartir entre los países, de los cuales 500.000 millones se transferirían de manera directa.

Entre los países miembros, existen numerosas disputas sobre la duración del plan, los criterios de reparto, su tamaño y la condicionalidad. Pero, en todo caso, el bloque liderado por Rutte defiende que este fondo se reparta en forma de créditos, no de transferencias, que sea más pequeño, como debe serlo también el presupuesto general de la UE que se sigue negociando estos días, y que esté sometido a una fuerte condicionalidad política que obligaría a los receptores a emprender reformas (y posiblemente recortes) de calado.

En resumen, si España va a recibir dinero de los holandeses, estos deben tener derecho a influir en la manera en que, en general, gastan los españoles. Lo expresó ilustrativamente Marcel Jensen, un economista hispano-neerlandés, en una entrevista en este periódico: “En el norte de Europa hay cosas que no se explican de España, como querer derogar una reforma laboral cuando se tiene un 14% de paro o pretender por medio de una ley que se garantice el poder adquisitivo de todas las pensiones (…) cuando tienes un déficit estructural del 1,8% del PIB en tu sistema de Seguridad Social” y los pensionistas holandeses ni siquiera tienen garantizado algo parecido.

Para Rutte, ante una crisis, la responsabilidad principal es de la nación. Si esta no ha sido capaz de ahorrar y reducir la deuda en los años buenos (y España, en los últimos años, ha crecido a un ritmo mayor que el de la mayoría de las grandes economías europeas), convertir Europa en una especie de póliza de seguro que cubra el mal comportamiento es un incentivo para que nunca se ordenen las cuentas.

Probablemente no será esta semana, pero Rutte y los demás frugales acabarán llegando con los demás países a un acuerdo sobre el fondo para sacar a Europa de la crisis inducida por el confinamiento. Es presumible que se les compense a través del presupuesto europeo, para que puedan anunciar ante sus electores nacionales que el cheque que obtendrán es mayor o que, simplemente, aportarán menos. Pero, por encima de todo, quedará patente esta particular mezcla de flexibilidad y rigidez de Rutte. Como recordaba la semana pasada el 'Economist', en una charla sobre religión que impartió recientemente, el primer ministro holandés dijo que un 51% de él creía en Dios, mientras que un 49% no lo hacía. Parece un punto de partida sólido para cualquier negociación.

Tribuna Internacional
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