Tras cinco años de la crisis de los refugiados, los problemas de la UE siguen en el este

La política actual es más hija de la crisis de los refugiados que de la crisis financiera anterior. En el caso europeo, sigue dominada por lo que sucede en ese espacio del Mediterráneo oriental

Foto: Un grupo de niños con mensajes en sus espaldas participa en una protesta en el campamento de refugiados de Idomeni (Grecia). (EFE)
Un grupo de niños con mensajes en sus espaldas participa en una protesta en el campamento de refugiados de Idomeni (Grecia). (EFE)

Hace justo cinco años, en un arco geográfico que abarca de manera aproximada el sur de Italia, los Balcanes, Hungría, Grecia y el extremo occidental de Turquía, nació, sin que nos diéramos cuenta, la política contemporánea.

Desde la primavera anterior, habían estado llegando a Europa refugiados que huían, sobre todo, de la inestabilidad y la guerra en Siria, Afganistán, Irak y Libia. En abril, 600 personas que trataban de llegar a la isla italiana de Lampedusa se ahogaron al volcar su barca. En agosto, la policía austriaca descubrió los cadáveres de 71 refugiados en un camión congelador abandonado en la frontera con Hungría. Ese año, murieron casi 4.000 personas que buscaban refugio en Europa. En total, llegaron más de un millón. Y hace cinco años, la canciller alemana, Angela Merkel, pronunció las palabras que lo cambiarían todo: “Wir schaffen das” ("Podemos manejarlo"). Días después, dio la orden de abrir las fronteras alemanas para que entraran los refugiados atrapados en Hungría. El flujo de migrantes siguió creciendo hasta que se cerraron los pasos por los Balcanes y se llegó a un acuerdo ominoso, pero efectivo, con Turquía: simplemente, esta retendría a los inmigrantes, impidiéndoles el paso a Europa, a cambio de dinero.

La política actual está plenamente definida por esa entrada masiva de refugiados. Sin esta, la obsesión por mantener cierta noción peculiar de la cultura cristiana que hoy rige la política en Polonia y Hungría no sería igual (casi ningún refugiado, por cierto, acabó en Polonia o Hungría). El rechazo a la inmigración que en parte motivó el triunfo del Brexit en 2016 no habría sido el mismo si esta no hubiera crecido tanto el año anterior (uno de los bulos que utilizaron los 'brexiters' es que la Unión Europea planeaba hacer a Turquía Estado miembro y dar libertad de movimiento a los migrantes que se encontraban allí). Salvini construyó su posición en Italia a partir de fotografías de barcas repletas de gente desesperada que llegaba a las costas del sur. Alternativa por Alemania seguiría siendo un partido marginal de no haber sido por el millón de personas acogidas en el país.

La idea de que George Soros está tratando de islamizar el continente financiando la llegada de musulmanes sería, si cabe, más inverosímil. No habría 170 diputados de derecha autoritaria en el Europarlamento. Puede que Trump hubiera ganado igualmente las elecciones estadounidenses de 2016, pero sin duda no habría podido utilizar la política migratoria aperturista de Alemania como modelo de lo que no debía hacer Estados Unidos. Hoy en día, una mayoría de alemanes dice que no quiere acoger a más inmigrantes. Merkel repite que en 2015 se hizo lo correcto, pero que no volverá a suceder.

La política actual, pues, es más hija de la crisis de los refugiados que de la crisis financiera anterior (ya veremos cómo le afecta el covid-19). Pero, por encima de todo, en el caso europeo sigue estando dominada por lo que sucede en ese espacio del Mediterráneo oriental y la frontera este de la UE.

Puede que este agosto los periódicos no hayan prestado tanta atención a esta zona por razones evidentes, pero ahí se sigue dirimiendo el futuro del continente. El presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, no solo manipuló las elecciones presidenciales de su país, como ha hecho habitualmente durante sus 26 años de mandato ininterrumpido, sino que en esta ocasión se inventó completamente el resultado. Eso ha iniciado una oleada de protestas que podría culminar con un intento de Rusia de mantenerle en el poder o bien de hacer una transición ordenada. Esta permitiría que Putin siguiera controlando este Estado cliente situado en la frontera con Polonia, y lugar, pues, donde acaba la zona de influencia de Rusia y empieza la UE (aunque es probable que se produzca una oleada de refugiados que huyan del país, sin duda, su número no será comparable al de 2015).

Estonia, Letonia y Lituania están cambiando la frecuencia de sus redes eléctricas, un cambio aparentemente poco relevante, pero que pone de manifiesto la rivalidad constante entre Europa y Rusia. En la actualidad, y desde tiempos soviéticos, la red eléctrica de los países bálticos depende de Moscú, y sus gobiernos temen que, en un acto más de “coerción estratégica”, Rusia los desenchufe provocando un inmenso apagón; ya en el pasado, privó a estos países de hidrocarburos para recordarles quién mandaba.

Turquía ha reactivado su conflicto centenario con Grecia por la gestión de las aguas cercanas a Chipre, donde hay grandes reservas de gas, y este agosto se ha producido un choque entre fragatas griegas y turcas que ha supuesto el peor conflicto entre dos países pertenecientes a la OTAN que se recuerda. Para aumentar la tensión, Francia mandó a la región aviones militares y barcos de combate para hacer maniobras con la marina griega. Como dijo el presidente francés, no solo se pretendía defender los derechos de un país de la UE, sino contener las ambiciones expansivas de Turquía y castigarla por su participación en las guerras de Siria y Libia, donde es aliada de los bandos contrarios a los aliados franceses allí (sí, cinco años después, continúan ambas guerras, aunque en Libia se haya producido una tregua).

Tras la explosión en Beirut de 2.750 toneladas de nitrato de amonio almacenadas en el puerto de manera negligente, que mató a 200 personas y dejó sin casa a 300.000, Líbano se enfrenta a una reconstrucción para la que, simplemente, no tiene dinero (se calcula que costaría 15.000 millones de dólares, una cuarta parte de su PIB). Mientras, su clase política intenta eludir la responsabilidad y perpetuarse en el poder, e Hizbulá calcula la manera de aprovechar el caos.

Es probable que nada de esto sea tan evidente, ni provoque tantos miedos legítimos y teorías conspirativas absurdas, como la oleada de refugiados de hace cinco años. Entonces, se formó un nuevo clima político que ha impregnado las ideas, los parlamentos y los gobiernos de buena parte de Occidente. Sin embargo, es un recordatorio de que la Unión Europea tiene mucho trabajo por hacer en sus fronteras orientales: por ahí suelen venir gran parte de sus problemas.

Tribuna Internacional
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