¿Y si nos hemos cansado ya de la política teatral?

Llevamos cinco años debatiendo sobre el populismo, el auge de una élite alternativa a la tradicional y la sustitución de los debates políticos a los que estábamos habituados

Foto: Donald Trump (i) y Joe Biden, durante su primer debate de campaña. (Reuters)
Donald Trump (i) y Joe Biden, durante su primer debate de campaña. (Reuters)

Llevamos cinco años debatiendo sobre el populismo, el auge de una élite alternativa a la tradicional y la sustitución de los debates políticos a los que estábamos habituados —la eficacia, la redistribución, la integridad— por los meramente culturales e identitarios. Déjenme trazar una hipótesis: ¿y si esos tiempos están empezando a declinar y estamos regresando lentamente, en mitad de una espantosa epidemia, a la política tal como la entendíamos, o algo parecido?

Es solo una hipótesis. De hecho, la polarización actual en muchos países occidentales —empezando por España— es tal que probablemente las políticas identitarias seguirán en el centro de nuestro debate público y harán que los gobiernos sigan siendo en gran medida máquinas de emitir propaganda desinteresadas por la gestión. Pero hay algunas insinuaciones de hartazgo.

Tomemos el caso de Joe Biden, el candidato demócrata a las elecciones estadounidenses. La realidad del país lo empuja una y otra vez a colocar en el centro de su discurso los problemas raciales, identitarios y religiosos: la muerte reciente de varias personas de raza negra a manos de la policía, el respaldo tácito de Donald Trump a grupúsculos extremistas, la nominación de una juez conservadora y antiabortista al Tribunal Supremo. Él, sin embargo, está intentando basar su campaña en algo tan viejo como la clase: el estancamiento de los salarios, la probidad con los impuestos (empezando por los de su rival), el declive de las comunidades abandonadas por la industria; de la nominación de la juez Amy Coney Barrett, ha insinuado, lo que le preocupa más no son sus principios religiosos, sino que bloquee la sanidad pública.

La magnitud del drama sanitario de Reino Unido, acompañado por la mayor caída del PIB de Europa, han llevado a Boris Johnson a abandonar las tácticas divisivas con las que ha cimentado su poder —aunque los instintos fuertemente populistas de su entorno, que fue el que lideró la campaña del Brexit, con frecuencia vuelvan a arrastrarlo a ese terreno—. Después de afirmar que a los británicos no se les podía obligar a cumplir confinamientos tan estrictos como a los franceses o los alemanes, porque son gente que ama más su libertad, este miércoles reconoció que es inevitable la introducción de nuevas medidas que limiten los movimientos para contener un nuevo aumento de contagios. Es como si Johnson, que adora el espectáculo, el nacionalismo inglés y transferir las responsabilidades de gobierno a otros, se hubiera resignado a la idea de que tiene que gobernar un país, no solo entretenerle y adularle para que le vote.

¿Y si nos hemos cansado ya de la política teatral?

Otro ejemplo: el acelerado declive de Alternativa para Alemania. Este partido, situado muy a la derecha de la tradicional democracia cristiana, experimentó un sostenido auge a partir de la crisis del euro en 2015 y en las últimas elecciones federales se convirtió en la tercera fuerza parlamentaria del país y en la líder de la oposición. Además, goza de una amplia presencia en los parlamentos regionales. Pero en las últimas semanas ha entrado en un proceso de disolución cuyos precedentes estaban claros en su breve historia, pero que se ha acelerado inesperadamente: desde peleas físicas entre dos contendientes por liderar el partido en Brandenburgo —uno de ellos acabó en el hospital con una hemorragia interna—, a enfrentamientos en unas redes sociales que antes utilizaron con enorme eficacia —“¡Eres un cáncer para el partido!”, le dijo un cargo a otro en público— pasando por la reciente expulsión de su portavoz por haber sido grabado proponiendo matar a los inmigrantes a tiros o gaseándoles. Las encuestas parecen indicar que ahora su apoyo está sustancialmente por debajo del 10%, lejos de las cotas a las que llegó hace apenas un año, y por debajo ya de los verdes, además de los socialdemócratas y los democristianos.

¿Y España? Diría que España, aunque lleva mucho tiempo sumida en la polarización, apenas acaba de entrar en una fase en la que esta está auspiciada firmemente por el Gobierno, que ve en ella su principal estrategia. Pero, viendo cómo actúa Pedro Sánchez y la ductilidad de sus tácticas, esto podría durar solamente hasta la aprobación de los presupuestos, cuando se haya asegurado prácticamente dos años más de presidencia. En todo caso, dentro de esta política de trincheras es posible ver cómo Ciudadanos está intentando cautelosamente —y muy imperfectamente— salirse de la lógica confrontacional y encontrar una utilidad práctica dentro de la política española. En el lugar más inesperado, como es la muy voluble y poco merecedora de confianza ERC, surgen también impulsos constructivos que permitan un regreso a la política rutinaria: hace unos meses, el nuevo presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, reconocía que la independencia de Cataluña, para ser viable, requería el apoyo de un 70 u 80% de los catalanes; mientras eso llega, lo cual no parece que sea posible ni en una generación, Aragonès parece partidario de hacer política, negociar, transar.

Pere Aragonès, en el Parlament. (EFE)
Pere Aragonès, en el Parlament. (EFE)

Todo esto son muestras reales de lo que quizá, solo quizá, sea una hipótesis cierta: la de que incluso en estos tiempos los políticos se dan cuenta de que los votantes, o al menos una parte de ellos, también se cansan de sus tácticas polarizadoras y deben recomponer su gesto severo para volver a merecer credibilidad.

Ahora bien, en caso de estar en lo cierto, diría que a la vía confrontacional que con tanto ahínco han buscado la mayoría de partidos probablemente no la sustituirá aún la política tradicional. Si pasamos a otro escenario, este será igualmente preocupante, aunque menos tenso socialmente: un escenario propio de la vieja Italia, en el que los políticos hacen sus guerras y los ciudadanos las suyas, ambas partes procuran mezclarse lo menos posible y la segunda intenta esquivar el daño potencial que pueda infligirle la primera. Con razón o sin ella y para mal de todos.

Tribuna Internacional
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
4 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios