Así están cambiando las nuevas ideologías de izquierda y derecha

En su versión más nociva, las ideologías responden a estas dos preguntas: ¿qué y quién hace que yo esté mal, y qué y quién me ofrece un futuro más atractivo?

Foto: Imagen de John Hain en Pixabay.
Imagen de John Hain en Pixabay.

La crisis del covid-19 nos ha recordado que dos de las cosas que buscamos sistemáticamente en nuestra vida, y por lo tanto también en la política, son la certidumbre y los culpables. No solo queremos tener la sensación de que todo irá bien y de que hay alguien al mando que sabe cómo protegernos, sino también saber quién es el causante de nuestros problemas para poder descargar en él la responsabilidad y, dependiendo de nuestro temperamento, la ira.

En su versión más nociva, las ideologías responden a estas dos preguntas: ¿qué y quién hace que yo esté mal, y qué y quién me ofrece un futuro más atractivo? Pero las ideologías son asuntos complejos. Porque, en general, agregan ideas dispares e incluso contradictorias, que solo cuando se unen bajo las siglas de un partido, el rostro de un líder, la portada de un libro o la cabecera de un periódico parecen tener una coherencia interna.

El relato conservador europeo de los últimos 70 años decía más o menos así: los problemas de la sociedad derivan de unos jóvenes que no reconocen los muchos logros alcanzados por la civilización occidental en materia de tolerancia y progreso y de una clase trabajadora que, aunque sin duda merece el mayor de los bienestares, con su prisa y radicalismo ocasional pone en peligro ese progreso. La religión no es tanto una cuestión de dogmas como de armonía: se puede dudar de la fe, pero nada como esta nos asegura una sociedad unida y defensora de sus tradiciones. En ese sentido, la inmigración, aunque sea beneficiosa en términos económicos, es un peligro potencial; no por los inmigrantes como individuos, sino porque, en agregado, puede deshacer nuestra comunidad. El cambio es inevitable, pero el empeño de la izquierda en acelerarlo y planificarlo es potencialmente catastrófico. No hay libertad sin meritocracia. El sector público es inevitable, pero hay que hacer dos cosas con respecto a este: ocuparlo por completo y luego recelar de él.

El relato progresista, en cambio, decía más o menos así: todos los cambios en materia de igualdad y liberalización de las costumbres se han producido cuando pequeñas partes de la sociedad han empujado en esa dirección, sin timidez y sin temer las consecuencias, y cuando los gobiernos han hecho suyas esas causas y las han impulsado. No hay nada que temer en el hecho de que las sociedades sean cada vez más plurales. En realidad, los intentos de mantener una cultura y unas creencias homogéneas no son más que el intento de una vieja élite de mantenerse al mando. Pero la izquierda no debe temer convertirse en una nueva élite; solo así podrá defender al pueblo. La religión es opio, aunque algunos izquierdistas sean religiosos, y la única creencia liberadora es la creencia en el progreso. No hay libertad sin redistribución de la riqueza. El sector público es benéfico, y con respecto a este hay que hacer dos cosas: ocuparlo por completo y luego confiar en él.

Más allá de la caricatura, eran dos relatos razonablemente eficientes. Sobre ellos, se construyó la sociedad más próspera y libre de la historia y se afianzó el pluralismo en tiempos de la Guerra Fría y, más tarde, de la globalización. Pero todo termina, incluso las cosas buenas, y hoy en día esos dos relatos se están descomponiendo y reconfigurando: es probable que en los próximos años las ideas que asociamos al conservadurismo y el progresismo adopten rasgos completamente distintos.

Venimos observándolo desde hace un tiempo. Para la derecha, como encarna inmejorablemente el fervor de los evangélicos estadounidenses por el adúltero Donald Trump, o el hecho de que el liderazgo del tan cristiano Vox esté en manos de un hombre divorciado, la religión no es tanto una cuestión de fe, ni siquiera de moral social, como de identidad. Para la izquierda, el libertarismo moral empieza a ser un problema. Hoy quizá no sea necesariamente puritana, pero sin duda la izquierda quiere escoger los jueces que valoren la bondad de las elecciones morales de sus seguidores y unos líderes que las guíen.

Los conservadores dan casi por perdida la batalla cultural en materia sexual y se centran en su asunto irresoluble, el aborto; irresoluble porque es el único que no tiene que ver con la libertad de los individuos adultos. Los progresistas recelan ahora del pueblo a pesar de hablar en su nombre y se sienten mucho más cómodos entre universitarios de clase media y sus Excel sobre la pobreza que entre obreros industriales que, en algunos sentidos, se han convertido en unos privilegiados. Los conservadores cortejaban a los mayores porque veían en ellos un repositorio de memoria y tradición. Los progresistas lo hacían porque los consideraban portadores de una memoria que podía prevenir nuevas injusticias. Hoy, simplemente, los consideran un electorado particularmente movilizado por la capacidad adquisitiva de las pensiones.

Líderes como Pedro Sánchez, Emmanuel Macron, Boris Johnson o quien quiera que sea el sucesor de Angela Merkel —esta representa aún el viejo mundo de certidumbres ideológicas y culpas repartidas y negociadas— están dirigiendo hoy este cambio. Quizá no por elección, sino porque los tiempos parecen requerirlo. Un problema, como estamos viendo ahora mismo también en España, es que la evolución hacia nuevas configuraciones ideológicas, que siempre conlleva enormes costes de transición, intente blindarse por medio de gestos autoritarios: el culpable de que usted esté descontento son los 'remainers', los jueces o cualquier minoría que quede a mano, les dirán.

Pero el segundo es que ninguna de estas reconfiguraciones parece capaz de hacer lo que parece más urgente hacer: asumir que los discursos económicos ortodoxos, sean democristianos o socialdemócratas, también se han quedado viejos y hay que renovarlos. Parecería que las nuevas ideologías en formación se atreven con todo, menos con la economía. Y no es por falta de ideas: estas existen y circulan en abundancia, sea desde la izquierda o desde la derecha, aunque en el plano intelectual la primera parece mostrar ahora más vigor. Pero parece que nadie dispone del capital político para ponerlas en práctica. Johnson prometió ayuda a los obreros del norte de Inglaterra: ahora no sabe cómo hacerlo y los diputados de la región ya le acusan de traición. Macron anunció grandes reformas económicas en Francia y ha vuelto a refugiarse (con razón) en el debate sobre el viejo republicanismo laico del país. Pablo Iglesias anunció esta semana que los nuevos Presupuestos del Gobierno español ponían fin a la “etapa neoliberal” y aún resuena alguna carcajada.

Tribuna Internacional
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