De principios y de valores

El tiempo del silencio se ha acabado. Europa tiene que volver a hacer política, a defender sus valores, a promover sus principios

Foto: Foto: Reuters.
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Desde el comienzo de la Gran Recesión allá por el 2007, los gobiernos europeos de uno y otro lado del espectro político centraron sus esfuerzos más en hallar una salida aceptable para la crisis que en tratar de entender cómo habíamos llegado hasta ella. La urgencia de ver cada mañana las cifras del paro escalar en las portadas de los periódicos, o las bolsas desplomarse en caída libre o la prima de riesgo subirse a lomos de dos dígitos hizo que muchos de los que tenían responsabilidades políticas, tanto en gobierno como en oposición, se olvidasen de algo fundamental en tiempos de incertidumbre; hacer pedagogía política y explicar a la gente lo que estaba pasando.

Es cierto que se tomaron medidas drásticas y en muchos casos dolorosas, que afectaron a la moral colectiva. Pero no es menos cierto que gracias a esas medidas se pudo evitar que la crisis fuera a más. Nadie habla hoy de lo que hubiera ocurrido si los gobiernos de Samaras en Grecia, de Passos Coelho en Portugal, de Kenny en Irlanda o de Rajoy en España no hubieran cogido el toro de la crisis por los cuernos. Hoy los cuatro están fuera del gobierno, tres de ellos incluso habiendo ganado las elecciones. Pero estoy seguro de que antes o después la historia les hará justicia reconociéndoles su contribución a la recuperación económica de Europa.

Dicho esto, lo cierto es que la gestión ocupó tanto espacio que no dejó hueco para la política. Nuestra ausencia en el debate público provocó un inmenso vacío que fue llenado por quienes vieron en la crisis una oportunidad para desarrollar sus propias agendas políticas más radicales. Agendas basadas en destruir todo lo construido y devolver a Europa a los siglos de las fronteras de alambre y espino.

Es cierto que se tomaron medidas drásticas y en muchos casos dolorosas, que afectaron a la moral colectiva

Una de las peores consecuencias de la crisis ha sido la ruptura de la confianza entre gobernantes y gobernados. Hoy los ciudadanos ya no votan a los políticos por sus programas. Ni siquiera los leen porque no se los creen. Ya no se vota por lo que se promete que se va a hacer, sino por lo que uno representa. En la medida en que los ciudadanos ya no creen que el político vaya a cumplir con su palabra, al menos quieren verse y sentirse identificados por él. Los partidos, hoy más que nunca, valen lo que vale su representación de unos valores decentes.

El silencio de los europeístas ha servido de alimento a los discursos de odio y resentimiento. Esta semana que precisamente recordamos la tragedia del Holocausto, no deberían pasarnos inadvertidos aquellos que hacen política buscando y señalando enemigos, en función de su afiliación ideológica, su origen o su color de piel o su religión.

Disfrutamos de una Unión imperfecta, que lleva más de sesenta años cumpliendo a la perfección. El mercado único jamás fue un fin en sí mismo, sino la excusa para no volver a enfrentarnos los unos con los otros. Ese es el gran reto de las próximas elecciones europeas: frenar a los que quieren devolver a Europa a los años más oscuros de su historia. Los años del nacionalismo y el populismo.

Hoy más que nunca debemos recordar qué es y qué representa el proyecto comunitario. Europa es respeto a la dignidad humana y los derechos humanos, es libertad, democracia, igualdad y Estado de Derecho. Europa es diversidad, pluralismo, no discriminación. Europa es tolerancia, justicia y solidaridad. Europa es la Roma y la Grecia clásicas, es la convivencia de religiones. Es la ilustración y el renacimiento, el pensamiento científico y la revolución francesa. Europa es parlamentarismo, la democracia liberal, la división de poderes y el sufragio universal. Europa es el multilateralismo, el diálogo y la búsqueda constante de la Paz. Europa es el Estado social y del bienestar, por y para las personas. Europa es justamente todo aquello que ni son ni pueden llegar a ser jamás los nacional-populistas.

Ahora que nos movemos hacia un escenario internacional cada vez más inhóspito y beligerante, la Unión Europea debe encontrar el arrojo y la determinación que le falta y decidir de una vez por todas qué lugar quiere ocupar en el mundo, su el de espectador o el de protagonista. Nuestra primera prueba de fuego la tendremos esta misma semana, tomando posición sobre Venezuela.

Los que están hoy en las calles de Caracas y de todo el país manifestándose en contra del régimen chavista no son europeos, pero luchan por los mismos valores que los nuestros. Porque si algo ha dado Europa al mundo ha sido la universalidad de sus principios políticos. Por eso no podemos dejarles solos en su causa, que es la causa de la libertad y la democracia. Nuestra causa.

Europa es diversidad, pluralismo, no discriminación. Europa es tolerancia, justicia y solidaridad. Es la Roma y Grecia clásicas, la convivencia de religiones

Afortunadamente, la tibieza y los titubeos de los primeros días van dejando paso al convencimiento de que el tiempo de Maduro se ha acabado y Juan Guaidó debe ser reconocido como presidente. Pero es un convencimiento al que, por desgracia, el gobierno español ha llegado solo tras haber sido forzado por sus socios europeos. La actitud de Pedro Sánchez y su ministro de exteriores, contrasta con la de los gobiernos de Francia, Reino Unido o Alemania que apostaron pronto por el reconocimiento. Cuando se trata de defender la libertad y la democracia, Europa no puede ser neutral ni equidistante.

Tuve el privilegio de estar en Venezuela la noche en que se eligió a Juan Guaidó como diputado y al resto de la Asamblea Nacional. La semana anterior, acompañando a la Oposición Democrática en su campaña electoral, viví algunas de las horas más dignas de mi carrera política. En aquellos días de lucha democrática de un pueblo hermano, cuánto más venezolano me sentí más europeo fui.

El tiempo del silencio se ha acabado. Europa tiene que volver a hacer política, a defender sus valores, a promover sus principios. Y en primera fila tenemos que estar los europeístas, para impedir que vuelvan el nacional-populismo, los líderes mesiánicos, las fronteras que separan familias, las razas superiores, las minorías marcadas, las lenguas discriminadas o la libertad perseguida. Esta es la hora de ser los primeros entre los demócratas, los primeros frente a los populistas, los primeros junto a los perseguidos.

Europa es los valores que representa. El resto (el mercado único, los tratados de libre comercio, las directivas, los funcionarios) es solo la coyuntura. Sin burocracia habría igualmente Unión Europea. Sin paz, no.

Wiertz, 60
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