Ese chantaje llamado lista de bodas

Dos se conocen. Dos traban amistad, mitad y mitad, y se miran a los ojos demasiado, quieren estar solos, quieren que el mundo sea para ellos,

Dos se conocen. Dos traban amistad, mitad y mitad, y se miran a los ojos demasiado, quieren estar solos, quieren que el mundo sea para ellos, quieren ser espectadores del mundo y de sí mismos, dos se aman, dos se dicen te quiero. Lo repetirán hasta que suene a hueco, hasta que sea un eco, lo dirán primero como prueba y luego como constatación, acabarán diciéndolo como quien ficha pero aún no. Aún es pronto. Son las siete de la tarde y dos comparten la copa de vino, la copa de vino cae y dos se ríen, él la coge de la mano y ella le hace un gesto. Dos van a casa. Dos copulan coitos, promueven reuniones con otros dúos, visitan amigos solitarios y les cuentan un viaje, dos cumplen años, turnándose con diplomacia, y se hacen regalos.

Dos se ponen apodos. Se llaman cari, se llaman amor haciendo metonimia, se llaman por teléfono y se llaman a comer y se ponen un whatsapp con muchos corazones. El tiempo avanza y dos conocen a los padres del otro, se meten mano a escondidas por debajo de la mesa ante la mirada miope de la abuela, vuelven al piso que alquilaron y ya es que todo esto les parece pequeño. Entonces, esto es más antiguo que internet, dos toman una decisión, pues ya ha pasado mucho tiempo. Dos se quieren casar.

 - Y entonces...

¡Aún no! Dos se van a casar. Primero es un secreto. Le dan mucha importancia al momento de comunicarlo, dosifican la información como una empresa en suspensión de pagos. Quieren tener cerca a todos sus amigos, planean hacer una gran fiesta, esperan que el cielo se alumbre con fuegos de artificio y compran la ropa más cara y más hortera de la historia de la humanidad, ropa que sólo tiene un uso, como la mortaja, ropa que más que vestir a las personas sirve para engalanar un día. Ella se disfrazará de tarta y él de pardillo retro. Y entonces, sí, dos me invitan a la boda.

Cómo ha podido popularizarse, generalizarse, contagiarse, casi diría que naturalizarse una cosa tan fea, tan contraria a la generosidad y a la amistad, como la lista de bodas

- Mari y Paco tienen el honor de invitarle a su enlace... 

Me echo las manos a la cabeza. El mal gusto de la humanidad avanza al mismo ritmo que la telefonía móvil y la desfachatez de los políticos. Pienso que las bodas son el termómetro perfecto para medir el estado caldeado del gusto estético. La tarjeta, generalmente, tira para atrás. Tipografía gótica, purpurina, dibujos espantosos, papel perfecto para separar rayas de cocaína si no fuera por los bordes irregulares y los lazos, y en el sobre, en otro papel, el tema que nos ocupa:

- La lista de bodas.

Sí... La lista de bodas. Soy generoso. Me encanta hacer regalos, me encanta investigar la personalidad de mis amigos y buscar en una tienda un objeto fabuloso, algo que sea como una imagen tangible de sus gustos. Cuando dispongo de dinero, que es la menor parte de las veces, me siento como Dios si, después de una comida de amigos, tengo los reflejos para sacar la tarjeta, dar un puñetazo en la mesa y proclamar como si fuera el César: 

- Hoy invito yo. (Aplausos)

Pero dicho esto, empieza mi protesta. Casi prefiero al tacaño que al que exige compensación por su casamiento. Detesto las bodas. Se pasan de listos con la lista de bodas. Obligan a los sufridos amigos a comprar ropa, a dar discursos, a castigarse el hígado. 

Quiero que ustedes se sumen a esta protesta o se pongan en mi contra, radicalmente, que se líen a tiros conmigo, puesto que vivimos en tiempos conflictivos y hay que tomar partido. Qué demonios es esto de las listas de boda. Cómo ha podido popularizarse, generalizarse, contagiarse, casi diría que naturalizarse una cosa tan fea, tan contraria a la generosidad y a la amistad, como la lista de bodas. 

La lista de bodas es como el impuesto revolucionario de ETA. Te dice: 

- Usted es mi amigo y tengo el honor de chantajearlo. Asistirá a un convite que queremos hacer nosotros pero del que usted pagará buena parte. Puesto que nuestros cerebros están en modo boda, todavía nos quedará locura para pedirle que nos compre una batidora. Si no aporta o no aporta suficiente, los demás invitados tendrán el placer de cotillear sobre su tacañería o su lamentable pobreza. Venga usted a nuestro enlace, disfrute de la misa y el convite, y pague. Pague por nuestra virtud como quien paga por sus pecados. 

Volvamos atrás. Es perfecto que dos se casen y es maravilloso que, con esa excusa, monten una bacanal. Que nos den la oportunidad de llevar corbata, primero en el cuello y después en la cabeza. Se pasa muy bien en las bodas. A veces, hasta se liga en las bodas. Las bodas se recuerdan por todo lo que no es la boda

La lista de bodas es una obligación, una pistola adornada con un lacito rosa apuntando al invitado a la cabeza. Protestemos enérgicamente contra ese papel caprichoso y chantajista como una niña mimada

- ¿En qué boda metí la cabeza en el culo de un caballonbsp;

- En la de Pedro y Sonia. 

 -No, no, ahí no había caballos. 

Por haber estado en una boda, casi se disculpa llegar al trabajo con una resaca del quince. Cuando dos deciden dar ese paso a uno le apetece sinceramente echarles una mano, comprarles algo, tener un detalle. Pero la lista de bodas no es eso. La lista de bodas es una obligación, una pistola adornada con un lacito rosa apuntando al invitado a la cabeza. Protestemos enérgicamente contra las listas de bodas, ese papel caprichoso y chantajista como una niña mimada. 

- Pero los tiempos avanzan. 

Me dicen algunos amigos con más vida social que yo que las listas se han extendido ya a comuniones y bautizos, lo que tiene cierta lógica dado el curso general de los acontecimientos. A este paso, para ir a un funeral, habrá que poner dinero para la caja ostentosa donde va el muerto.

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