La censura existe en España y estos son algunos de los ejemplos

Por supuesto que existe en España la censura gubernamental: el poderoso se vale de la mordaza para proteger sus privilegios. Pero también existe otra, la de la masa ofendida

Foto: La censura existe en España y estos son algunos de los ejemplos

La censura es censura siempre

He hecho flashback como los del pueblo de Amanece que no es poco para recoger episodios de censura sucedidos en España en los últimos años. Mi afán, lo confieso, era demostrar que el PP abusa de su poder para silenciar, y he constatado que esto es cierto. Pero esta no será la conclusión de mi artículo. Una inmersión de hemeroteca en el universo de la censura española demuestra que el afán por hacer que alguien se calle es mucho más popular de lo que pueda decirnos una pancarta.

Por supuesto que existe en España la censura gubernamental. Nuestra percepción no es errónea: el poderoso se vale de la mordaza para proteger sus privilegios y para castigar a quienes intentamos ridiculizarlos o denunciar y obstaculizar sus malas prácticas. Y lo hacen unos poderosos más que otros. Cuestión de piel, que diría Floriano.

Estamos acostumbrados, aunque sea triste, a que un Gobierno entrante decapite a quienes han llevado las riendas de la televisión y la radio públicas con el partido contrario: nada más ocupar sus escaños, el PP desocupó de sus plazas de opinión a Toni Garrido y Ana Pastor, sólo dos ejemplos de las cabezas cortadas en el ente que termina, por el momento, en el caso de Yolanda Álvarez, despedida por su manera de afrontar la guerra entre Israel y Palestina.

Nada más instalarse, los nuevos mandamases de RTVE llevaron a cabo otra clase de censura: la que han manifestado en distintas ocasiones grupos políticos como Podemos, Ciudadanos o UPyD, acusando a los informativos públicos de silenciarlos por completo. La misma a la que están acostumbrados los madrileños con Telemadrid o los andaluces con Canal Sur. La que, ajena a las polémicas que acarrean otras censuras políticas, sufrió el columnista Xabel Vegas, despedido de Público por hacer críticas a los dirigentes de Podemos, que parecen haber asumido el control ideológico de ese medio.

Pero hay mucho más, claro. Los casos de Pedro J. Ramírez en El Mundo y Jesús Cintora en Las Mañanas de Cuatro son más complejos: damos por sentado que hubo llamadas ministeriales para que empresas privadas los echasen por el sumidero, y lo hacemos sin otra prueba que sus testimonios y nuestra desconfianza crónica. Estos casos recuerdan al de Javier Gallego y su programa Carne cruda, antiguamente en la SER y hoy en un podcast, o al de los dibujantes de El Jueves que abandonaron a toda prisa la revista cuando RBA les dijo que no podían sacar al rey en la portada.

Estamos acostumbrados a que un gobierno entrante decapite a quienes han llevado las riendas de la televisión y la radio públicas con el partido contrario

Sin embargo, esta clase de censura se ha demostrado como la más estúpida, contraproducente y anacrónica de cuantas hay disponibles. Ya escribí sobre este asunto y no quiero extenderme: con las redes sociales, un caso de censura oficial se convierte automáticamente en una bomba de popularidad.

Se vio con el libro de Gregorio Morán que Planeta no quiso publicar y se convirtió en un éxito con poco precedente en los ensayos culturales. Se vio con el documental Edificio España que el Banco Santander intentó prohibir. Se vio con Un paso al frente, el libro del militar Luis Gonzalo Segura, que se ha convertido en el más vendido de su editorial. Se vio con Ciutat Morta, película minoritaria sobre los abusos policiales en Barcelona, que acabó viendo todo Cristo gracias a la polémica derivada de que TV3 le cercenase unos cuantos minutos al metraje.

Si miramos estos episodios, podríamos pensar que la censura es una quimera en Occidente gracias a internet, pero estaríamos olvidando otra clase de censura. Una de cariz democrático, ajena a las sombras de los ministerios. Diría que una censura festiva si no fuera porque es la más temible: la de la masa ofendida, cuyo poder se multiplica con internet.

Empiezo por el final y pongo una censura ante su espejo: durante los días posteriores a la decapitación de Cintora, hemos visto en Twitter varios trending topics de boicot al programa de Cuatro. A los internautas que comparten estos hashtags les importa poco que Las Mañanas sigan siendo un espacio muy crítico con el PP. El asco no se dirige contra el nuevo presentador, Javier Ruiz, sino contra Mediaset, por tomar una decisión que parece inducida por el Gobierno.

Gregorio Morán habla de la censura de Planeta

 

Lo que nos exigen estos internautas, justamente cabreados con Mediaset, es paradójico. En aras de la libertad de información, nos piden que no veamos un programa informativo. Algo parecido a lo que ocurre con el boicot de los usuarios del agregador de noticias Menéame hacia los medios de AEDE: aunque tienen motivos para estar cabreados con AEDE, en muchos casos la protesta acaba convertida en una forma de censura. Hay informaciones importantes que solamente aparecen en medios AEDE y que tienen vetado su paso por Menéame.

Quiero que se entienda el matiz. Uno puede simpatizar con la causa pero abominar del boicot. Por ejemplo, el de los estudiantes que boicotean las charlas de los políticos o intelectuales que se salen de su cuerda ideológica, manifestación de la que no han faltado ejemplos en las universidades españolas durante unos años.

El mecanismo de la censura popular se activa a menudo con extrema diligencia. Hace poco, un grupo de personas, dolidas por un artículo espantoso donde Salvador Sostres llamaba puta a una bibliotecaria, hizo una petición en Change.org para que El Mundo cerrase su blog y despidiera al columnista. Recogieron 5.000 firmas en pocas horas. Independientemente de que tuvieran motivos para el cabreo, estaban abogando por la censura.

El síndrome del ofendido

Coetzee, en su libro dedicado al silencio en tiempos del Apartheid, nos dice que la ofensa está en el origen de todas las censuras, y no es difícil constatarlo a la luz de numerosas persecuciones contemporáneas, como la prohibición de conciertos de Soziedad Alkohólika, Def Con Dos y Los Chikos del Maíz en distintas ciudades gobernadas por el PP, la denuncia a Facu Díaz por un sketch donde relacionaba al PP con la indumentaria de ETA, o la condena por enaltecimiento del terrorismo al cantante Pablo Hásel motivada por la AVT.

Me preocupa otro enaltecimiento, el de la ofensa. El “estar ofendido y pedir la cabeza del responsable” se ha popularizado como herramienta de castigo ciudadano en nuestro mundo hipercomunicado. A diario aparecen hordas de tiparracos y tiparracas ofendidos con periodistas, escritores, artistas o simples tuiteros. El caso de los chavales escarmentados por celebrar la muerte de Isabel Carrasco o la catástrofe de Germanwings en Twitter es llamativo y quizás justo, pero hay más.

Hay otra clase de censura temible: la de la masa ofendida, cuyo poder se multiplica con internet

Hay internautas que fueron anónimos hasta escribir una broma de mal gusto. La broma creció convertida en bola de mierda hasta acabar con sus vidas profesionales. Dos ejemplos: Alicia Ann Lynch, de 22 años, perdió su trabajo por hacerse una foto disfrazada de víctima del atentado de Boston. El mismo destino de Justine Sacco, que hizo para sus 200 contactos de Twitter una broma sobre negros y sida mientras viajaba a África y se vio convertida en Enemigo del Pueblo al bajar del avión. Dos vidas truncadas por una simple broma.

No se engañen: me ofende la insensibilidad de algunos oportunistas que se lanzan a teclear barbaridades sin rastro de empatía por la desgracia ajena, aunque yo también haya contado chistes de Irene Villa en la intimidad. Pero cuando me ofende algo que leo, me hago estas preguntas: ¿qué daño real hace esa opinión? ¿Merecen los culpables que una horda de justicieros les destruya la vida? ¿Quién me asegura que las personas que exigen la cabeza del blasfemo se merecen la toga, la peluca y el mazo?

Quizás una broma de mal gusto sea un desliz en una vida recta y virtuosa, ¿quién nos dice lo contrario en casos como los de Sacco y Lynch? Fíjense en Nacho Vigalondo: el que fuera despedido de El País por un tuit de coña sobre el Holocausto no tiene absolutamente nada de nazi. ¿Qué importancia tiene hacer una broma, aunque sea de mal gusto, frente a todo lo demás?

En estas situaciones, la masa justiciera y linchadora sólo tiene en cuenta ese comentario hiriente. Toman a la persona por malvada en función de una sola frase. Ciento cuarenta caracteres te convertirán en el chivo expiatorio, y no te servirá de nada haber enviado cientos de peticiones a Change.org para salvar del bocio a los náufragos del mundo. Una vida sin rastro de machismo no te salvará de ser el maltratador de turno si haces una coña misógina en Twitter y te descubre algún lobby propenso a ofenderse por esas cosas.

El “estar ofendido y pedir la cabeza del responsable” se ha popularizado como herramienta de castigo ciudadano

La matanza de Charlie Hebdo motivó debates preocupantes sobre los límites de la libertad de expresión. Las discusiones estaban inducidas por el miedo y la ofensa. Hoy sigo leyendo opiniones que cuestionan los límites de lo que se debería decir. Opiniones que incitan a que otros no puedan expresar sus opiniones.

Y me hago más preguntas: ¿no somos adultos? ¿No somos capaces de discutir, de frenar una ofensa con un argumento, de identificar a un imbécil según nuestras propias intuiciones? ¿Necesitamos que el sistema o el pueblo nos protejan de ciertas palabras, de ciertas desviaciones? ¿No nos está haciendo esta defensa más débiles, más moldeables?

En los años setenta, los Estados Unidos condenaron al cómico Lenny Bruce por las blasfemias y ordinarieces que profería en sus monólogos. Me atrevería a decir que su condena hoy parece pueril, propia de una sociedad infantil y temerosa, si no fuera por el auge de las personas ofendidas por las palabras ajenas. La irritación moralista de los ciudadanos del siglo XXI se parece a la de los años cincuenta. ¿Qué fue de aquella maravillosa despreocupación de los ochenta? ¿Dónde murió nuestro carácter desenfadado?

Mi conclusión no me lleva al olimpo de la felicidad.

Estamos sufriendo un retroceso de nuestra libertad de expresión y lo peor es que lo consideramos bueno. Internet, esta herramienta capaz de mostrar todas las opiniones, empeora las cosas al fomentar grupos de presión, pequeños lobbies dispuestos a todo. Uno tiene que tener cada vez más cuidado con las palabras que utiliza, y aun así no faltan los imbéciles que le afean a un escritor su uso del género masculino neutro porque lo consideran “machista” o le piden que no use palabras “ofensivas” como “discapacitado”. El lenguaje políticamente correcto sólo es el cimiento sobre el que se edifica esta cárcel donde cientos de beatos con mantilla quieren encerrar a nuestra mente libre y traviesa.

Si usted se ha ofendido leyendo esto, consulte a su farmacéutico. 

España is not Spain
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
14 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios