Un pequeño paso para Rato, un gran salto para la impunidad

La vida no es justa. Mientras el culpable chapotea, los preferentistas salen a la puerta de casa con la silla plegable para tomar el fresco

Foto: Rodrigo Rato de vacaciones en Mallorca
Rodrigo Rato de vacaciones en Mallorca

Rodrigo Rato duerme a pierna suelta bajo las estrellas de Mallorca. Antes se echaba la siesta encima de la banca y ahora ronca sobre bancos de peces que juegan en el mar. Disfruta, se revuelca en impunidad mientras los preferentistas se ahogan en el tedio. Lo hemos visto bostezar ante los paparazzi. Parecía un león; y yo les juro que vi un poco de jubilado enganchado entre sus dientes.

La semana pasada había ido a declarar a los juzgados. Como es un trámite cansino, salió disparado camino del mar. Llevaba un sombrero blanco para que el sol no le abrasara la calva; no me extrañó, porque Rato ha dejado claro que sabe protegerse. Por ejemplo, esta vez no lo acocotaron por la puerta del coche, sino que consiguió viajar con chófer. Rato sólo comete dos veces el mismo error a la hora de cuadrar un balance.

Cada foto de sus vacaciones lleva en la desvergüenza la marca de unos ahorros robados

El día que empezaron sus vacaciones, unos cuantos preferentistas se habían reunido ante las puertas de la ley, como en ese relato de Kafka donde un pobre necesita ver a la justicia pero queda entrampado con el conserje. Ahí se quedaron los viejos, en la puerta, con sus pancartas entre los dientes, porque no les queda dinero para perseguir a Rato hasta Mallorca ni fuerzas para nadar tras el yate y abordarlo. Para eso están los paparazzi.

Ellos lo persiguieron y nos enseñaron la vidorra que se pega ese mangante más allá de las costas del pudor. Cada foto de sus vacaciones lleva en la desvergüenza la marca de unos ahorros robados. Lo hemos visto tomar el sol con bañador amarillo, pasear con un sombrero blanco, bostezar; pero mi foto favorita es esa en que se arroja del yate a las aguas del Mediterráneo. Me recordó a Armstrong deslizándose por la escalerilla del Apolo 11 hasta tocar la superficie lunar.

–Un pequeño paso para Rato, un gran salto para la impunidad.

La vida no es justa. Mientras el culpable chapotea, los preferentistas salen a la puerta de casa con la silla plegable para tomar el fresco. Ver pasar al fresco se ha convertido en su rutina porque no les dejan darle con la pancarta en el sombrero, pero ¿sabe usted que han empezado a morirse? En mi último viaje a Madrid hablé con ellos y me lo contaron.

Es muy fácil encontrarlos, siempre protestan en los mismos sitios, todas las semanas. Les caen encima las hojas otoñales lo mismo que la furia veraniega del sol. Como la sociedad se ha apartado de su lucha, se han quedado un poco solos. Se reúnen para cagarse en la madre de Rato como antes se juntaban a mirar obras. Me dijo uno de ellos, pancarta en mano:

–Pues ayer se murió Pedro, se murió en su casa, le debían 14.000 de las preferentes, y yo tengo 83 años y me deben 32.000.

¿Cuántos jubilados consume el yate cuando Rato enciende el motor?

Luego me dijo un amigo que ya le podía dar a Rato una buena insolación, pero yo creo que donde mejor estaría es precisamente al otro lado: a la sombra.

Hagamos una apuesta: ¿cuánto se gastará en su retiro mallorquín? ¿Cuánto habrá costado el alquiler del yate, si es alquilado? ¿Cuánto costó la compra? La apuesta me mata de rabia, quisiera tasar hasta el último diente que se ve cuando Rato bosteza, y quisiera tasar todo lo demás también: el libro de su chica, a la propia chica, los bañadores a juego, la mariscada, el bostezo, el sombrero blanco. ¿Cuántos jubilados consume el yate cuando Rato enciende el motor?

Y, como siempre, preguntas intrincadas me llevan a otras peores: ¿cómo explicaremos todo esto en el futuro, si es que alguien nos pregunta? Hagamos un ensayo, pongan ustedes buena cara y digan: unos banqueros relacionados con la política crearon un producto, una bomba de relojería fiscal, y para que no les estallase dentro de la caja se la endosaron a sus clientes. Los directores de sucursal se aplastaban el pelo con gomina cada mañana antes de trabajar; las abuelas, en general, tenían la mejor impresión de ellos. Cómo no fiarse del esbirro, pensaban, y estos les pusieron los bolígrafos en las manos arrugadas, animaron a los viejos a firmar una estafa, les hicieron carantoñas y les dijeron que la letra pequeña era un lío que no merecía la pena desentrañar.

Al día siguiente, los viejos habían perdido sus ahorros, los esbirros silbaban por la calle y un sultán llamado Rato saltó de un yate y se zambulló el agua. Sospechamos que volvió a emerger por la parte de atrás.

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