¿Decepcionado con tu partido por su estrategia post-electoral? Bienvenido

Hijos y nietos de la divergencia, si fuéramos perros y la ideología una raza, habríamos salido como esos chuchos mestizos, callejeros y despiertos

Foto: Tablón con carteles electorales en una foto de diciembre. (EFE)
Tablón con carteles electorales en una foto de diciembre. (EFE)

Parto de la base de que a ti te pasa lo mismo que a mí, Sancho o Sánchez, o como quiera que te llames: que depositaste el voto y te sentaste a esperar el recuento temiendo lo peor, y que lo que salió de las urnas, finalmente, no te pareció bueno pero tampoco tan malo como podría haber sido. Si votaste a UPyD o Izquierda Unida creerás que te he dejado fuera del club, pero no, puedes pasar, también eres bienvenido.

Por una vez, encontré sentimientos parecidos en mis amigos de todas las cuerdas políticas. A los que votaron al PP, el resultado les supo a poco pero quedó lejos de sus peores pesadillas; los que votaron a Ciudadanos sintieron una ligera decepción por culpa de las encuestas pero al mismo tiempo la satisfacción de que su partido lograra un papel co-protagonista; suspiraron con alivio mis amigos sociatas porque, pese a Pedro Sánchez, el PSOE no sufría el sorpasso de Podemos; y por último, mis compadres podemitas celebraron el ascenso morado pero luego se dieron cuenta de que aquello quedaba lejos de la remontada de España contra Chipre.

Esta descripción de ánimos tras el 20-D demuestra que mis amigos no son forofos ni intolerantes hacia los que no piensan como ellos, y que comparten conmigo la creencia de que España ha de mantenerse unida por encima de las divergencias ideológicas, como una de esas familias donde un abuelo pasó el Franquismo con el retrato de Manuel Azaña escondido tras el cajón de la mesilla, y el otro abuelo guarda ahora, en el mismo sitio, el de José Antonio. 

Gracias a esta mezcla de opiniones en la que nos hemos criado, muchos vimos la nueva composición parlamentaria como una fotografía de España

Hijos y nietos de la divergencia, si fuéramos perros y la ideología una raza, habríamos salido como esos chuchos mestizos, callejeros y despiertos, tal como se describía a sí mismo Fernando Savater en su autobiografía. Por este motivo, gracias a esta mezcla de opiniones en la que nos hemos criado, muchos vimos la nueva composición parlamentaria como una fotografía de España y no como el escenario de la batalla campal que estaba a punto de producirse.

Hemos dado trabajo a unos políticos cuya primera línea roja tendrían que habérsela pintado a sí mismos, porque la única necesidad urgente era pactar. Pero estos políticos, nuevos y viejos, llevan un mes pintarrajeando rayas coloradas en las paredes del Parlamento como críos mimados sin la supervisión de sus mamás. Lo peor de todo es que, con tanta acusación cruzada -que si Podemos es un peligro para la democracia, que si el peligro para la democracia es el PP- proliferan en las faldas del Congreso forofos que quieren convencernos de lo bien que estaba España cuando había mayorías absolutas. Algo parecido a esto, lo lamentó Ortega cuando examinó el casticismo con sus ojos destemplados.

Yo, como votante, hubiera deseado que el PP quedase diezmado: primero, por la corrupción; segundo, por su pertinaz insensibilidad hacia los efectos secundarios que provocó en las clases bajas su plan de recuperación; tercero, por su inmovilismo en las relaciones con Cataluña, que ha sido pura gasolina para los motores de los independentistas. Sin embargo, el PP fue el partido más votado. El respeto que no tengo al PP sí se lo tengo a sus votantes, aunque a veces, lo reconozco, me cueste ver así las cosas.

Por un momento vi una presidencia del PP con algunos ministros de otro partido y bajo la supervisión constante de la oposición fuerte

Por otro lado, sentí cierto alivio cuando Podemos quedó lejos de convertirse en un partido con plena capacidad ejecutiva: primero, porque no me parece sano que mi país quede en manos de políticos con una idea de España tan delimitada por la de sus adversarios políticos; segundo, porque no trago con la historia de que la Transición fue una estafa; tercero, porque su negativa a asociarse con Izquierda Unida me dejó una desagradable sensación de chauvinismo de siglas.

Me gustó que PSOE y Ciudadanos, partidos de sangre templada, quedasen como piezas claves de cualquier clase de gobierno. Por un momento vi una presidencia del PP con algunos ministros de otro partido y bajo la supervisión constante de la oposición, pero no de una oposición en minoría absoluta, sino otra fuerte y con capacidad para tumbar y proponer leyes.

El sueño duró poco. Va quedando claro que nuestros políticos, viejos y nuevos, anteponen el deseo del poder al deseo de justicia, y el arribismo sucio al temperamento democrático. El espectáculo de acusaciones injustas que se lanzan unos a otros en cuanto se acerca el momento de pactar es tan ridículo, tan hastiante, que al final vamos a terminar mirando a Bélgica, un país que nos demuestra, tras un año largo sin gobierno, que los políticos están muy sobrevalorados.

España is not Spain
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