El español que quiso casar a Hitler con Pilar Primo de Rivera, con permiso de Franco

Giménez Caballero tenía trato personal con el Caudillo, lo que le permitió lanzar al general la proposición de casamiento germanoespañol que, según él, solucionaría los problemas del continente

Foto: Montaje sobre fotografías de Hitler y Pilar Primo de Rivera.
Montaje sobre fotografías de Hitler y Pilar Primo de Rivera.

Mientras usted lee la fabulosa historia del hombre que intentó casar a Hitler con Pilar Primo de Rivera, el ayuntamiento de Madrid valora un informe que recoge calles franquistas. En su intento de llevar al paroxismo la Ley de la Memoria Histórica, el ayuntamiento nos propone un ejercicio de amnesia urbana que, como toda iniciativa pública, tiene sus luces y sus sombras. De cualquier forma, el concepto de franquismo que manejan los expertos consultados por Carmena no solo marca a generales golpistas, sino que incluye a heterodoxos tan variados como Dalí, Manolete o Mihura. No me extrañaría que la misma Carmena, abogada opositora al régimen, apareciera en una lista negra tan vulgar.

Pero estas ganas de borrar, según dicen, no vienen tanto de Carmena como de sus jóvenes concejales. La actitud de mis coetáneos de Ahora Madrid me molesta porque está casada con la ignorancia. Nosotros nacimos con la condena a Franco en el ADN. Salvo unos cuantos desnortados, todos nos alegramos de no haber compartido espacio y tiempo con el Caudillo. Sin embargo, nuestra alergia al franquismo no se contenta con la condena moral a un régimen antidemocrático, sino que se convierte en una celebración del desconocimiento, de manera que en el antifranquismo está lo mejor y lo peor de mi generación.

Yo he tenido una educación esmerada, con clases de Historia de España en el colegio, el instituto y la universidad, pero no fue hasta hace unos años que empecé a conocer a fondo esta época fascinante de nuestra historia, y tuve que estudiarla 'motu proprio'. Hasta entonces, los 40 años de dictadura habían permanecido en mi mente como una sombra gris y difusa, salpicada de fusilamientos, gulags, censores y garrote, que extendía su sotana desde el asesinato de la República hasta que los universitarios progres salieron a celebrar la muerte de Paquito, con una coda en forma de tricornio el 23 de febrero del 81.

Los de mi generación salimos al mundo adulto con una ignorancia generalizada sobre un periodo de nuestra historia al que apenas miramos con interés

Con la mejor intención y algunos traumas recientes, mis profesores siempre pasaron de puntillas sobre la dictadura. He hablado del tema con suficiente gente de mi generación como para estar seguro de lo que voy a decir ahora: la educación de mi quinta ha tenido, en general, la misma carencia. Salimos al mundo adulto con nociones básicas del franquismo, especialmente de sus aspectos represivos, pero con una ignorancia generalizada sobre un periodo de nuestra historia al que apenas nos dignamos mirar con interés.

La Cultura de la Transición arrasaría por completo las bibliotecas franquistas, ocuparía el lugar de los antecesores y aplicaría a la generación siguiente, la mía, una amnesia colosal. Pocos han leído a Wenceslao, a Ridruejo o a Jardiel, pero muchos estarían dispuestos a tacharlos, y si no fuera por rebeldes como Berlanga, Gila o Bardem, sabríamos todavía menos. No creo que haya un país en toda Europa donde los treintañeros sepan tan poco sobre su siglo XX, casi como si la historia hubiera hecho un paréntesis abrupto tras la Guerra Civil, pero semejante vacío tiene un reverso de fortuna: sumergirnos en libros, periódicos y biografías de la época de Franco siempre es un viaje lleno de sorpresas y, con frecuencia, una pista precisa sobre los problemas actuales de España.

Lejos de la visión acartonada, gris y abúlica que imponían mi prejuicios, descubro a personajes dignos de novela de espías y, entre ellos, a algunos locos que convivieron en los intestinos del Régimen con las cabezas draconianas del alto mando. Uno de ellos es el hombre que intentó casar a Hitler con Pilar Primo de Rivera: Ernesto Giménez Caballero. Cualquiera con más de 50 años conocerá perfectamente a este famoso caído en desgracia, pero pocos de mi edad sabrían decir quién fue.

Ernesto Giménez Caballero (con gafas), junto a Goebbels (derecha).
Ernesto Giménez Caballero (con gafas), junto a Goebbels (derecha).

Su autobiografía, absolutamente descatalogada, se llama 'Memorias de un dictador' porque el autor se las dictó a su secretaria. Allí cuenta su vida y sus andanzas, que le hicieron desfilar con los fascistas a través de los años convulsos de la República hasta bien asentado el desarrollismo de Franco. También, a viajar por media Europa para traer a España una versión totalitaria del europeísmo.

Terminada la guerra, Giménez Caballero tenía trato personal con el Caudillo, que había leído y admirado varios de sus libros en su etapa legionaria y marroquí. Esta cercanía le permitió lanzar al general la proposición de casamiento germanoespañol que, según Giménez, solucionaría los problemas del continente del mismo modo que lo hicieron las bodas de Carlos V.

Hay que decir que Giménez Caballero siempre había sido un heterodoxo. Firmó con Onésimo Redondo y los demás Padres de la Falange el manifiesto fundacional del fascismo español en la misma época en que proyectó, en su cineclub madrileño, 'El acorazado Potemkin', visto allí por primera vez en nuestro país. Sus ideas eran originales y frecuentemente insensatas, pero tenía una lengua tan refinada y una personalidad tan extravagante como para rivalizar con Dionisio Ridruejo por el mando de la propaganda en los primeros años de dictadura.

No parece razonable que una mente fría como la de Franco tomase en serio a un intelectual estrambótico de este calibre con una propuesta tan chalada, pero los primeros meses de gobierno estaban siendo muy difíciles para el dictador y la sombra de la Guerra Mundial amenazaba aquella España destruida por la contienda. Así que Franco le dijo que sí. 'Vete pa Alemania', Ernesto. Y Ernesto, que ni siquiera hablaba alemán, 'p'allá' que se fue.

Se acercó a Goebbels vestido de militar, con sus gafas cubistas de culo de vaso y una carta del Caudillo en la mano. El ministro de Hitler lo encontró simpático

Aprovechando un congreso de escritores fascistas en Berlín, se acercó al mismísimo Goebbels vestido de militar, con sus gafas cubistas de culo de vaso y una carta de recomendación del Caudillo en la mano. El ministro de Propaganda de Hitler lo encontró simpático. Giménez Caballero desconocía el idioma pero era un erudito en cultura germánica. Tirando de francés, italiano, español, inglés y abundante mímica, logró llevar la conversación con Goebbels hacia la idea de una emperatriz con la que Hitler pudiera formar una nueva dinastía europea.

-¿Y cuál sería la candidata a emperatriz?-, preguntó el alemán, suponemos que levantando una ceja.

-Solo podría ser una... Solo una, por su limpieza de sangre, por su profunda fe católica y, sobre todo, porque arrastraría a todas las juventudes españolas: ¡la hermana de José Antonio! Pilar Primo de Rivera.

Hoy sabemos que el celestinaje no tuvo éxito. Según cuentan Giménez Caballero y algunos testigos de la conversación, el nazi despachó al español con la excusa de que Hitler había recibido un tiro en la entrepierna durante la Gran Guerra, y por este motivo estaba incapacitado para ejercer cualquier clase de deber marital. Pilar Primo de Rivera pudo, así, convertirse en el espejo empañado de mojigatería de la mujer franquista, y de paso se libró de la dieta vegetariana y, lo que es más importante, de pasar a la historia como una Eva Braun morena, tímida y católica.

Yo no sé si Ernesto Giménez Caballero tiene calle en Madrid. Si la tuviera, no sé si la merecería. Pero es de locos dejar que una figura como esta (¡y como tantos otros franquistas!) se pierda en los torbellinos de la desmemoria, que es la enfermedad más amenazante para nuestra generación.

España is not Spain

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