Decidí hacer sabbath sin wifi ni 3G los fines de semana y mi cerebro da las gracias

Si la situación que voy a describir le resulta familiar, seguramente le interese leer este artículo entero

Foto: Descansando de la red.
Descansando de la red.

Por fin sin trabajo, toda la tarde por delante, coges un libro y te dispones a leer en el sofá, vibra el móvil, lo miras, es un wasap, te ríes, respondes, dejas el móvil en el reposabrazos, buscas el párrafo por el que te habías quedado, lo encuentras, lees dos frases, vibra el móvil, otro wasap, te dice tu amigo si has visto lo que ha puesto un tercero en Facebook, te pica la curiosidad, vas a Facebook, lees lo que ha puesto el tipo, te ríes, pones un 'me gusta', abres un privado al amigo que te avisó, “oye, hablamos por aquí mejor, ¡vaya genio este tío, ¿no?!”, Facebook te avisa de que tu amigo está escribiendo su respuesta, esperas, aprovechas para repasar la página de inicio de Facebook, desfilan las publicaciones, unas te gustan, otras te provocan indiferencia, uno comparte un artículo cuyo titular parece interesante, lo abres, lees de nuevo el titular, vuelves a Facebook, lo compartes, tu amigo te ha contestado ya, su respuesta es “jajaja ya ves”, Facebook te avisa de que alguien ha comentado tu artículo, vas al comentario, es “¡no nos representan”, piensas que vaya topicazo pero le pones un 'me gusta' al comentario-topicazo, vuelves a la página de inicio, desfilan las publicaciones, alguien comparte un vídeo que parece muy gracioso, pinchas en el vídeo, apareces en YouTube, el vídeo es efectivamente muy gracioso, YouTube te sugiere que veas otros vídeos igual de graciosos, tu WhatsApp vuelve a vibrar, es tu libro que te escribe un wasap, QUE SI PIENSAS VOLVER A LEER, APAGAR EL MÓVIL, CONCENTRARTE UN POQUITO, pero alguien ha vuelto a comentar la noticia que pusiste y luego otra persona y parece que se ha formado un debate en tu muro, unos están a favor y otros en contra del titular de la noticia que has compartido, se insultan, vibra el móvil, es otro wasap de la tía que te gusta, el libro bosteza sobre tu pierna, etc., etc., etc.

En un momento de mi vida me autodiagnostiqué y decidí que la conexión a internet se había convertido en un problema mental. Sé que hay gente que puede -o dice que puede- compaginar la hiperconexión con el resto de sus actividades vitales, pero yo no podía: internet me divierte y me interesa, pero no sé parar. ¿Alguna vez has dicho “otro vídeo y me acuesto” y ha amanecido y nadie en este mundo sabría decir cómo pasaste de ese último vídeo a leer páginas al azar de la Wikipedia?

Decidimos que desde el anochecer del viernes al del sábado estaríamos sin conexión de ningún tipo, ni wifi ni 3G. Ya lo hemos ampliado hasta el lunes

El primer problema lo tuve con el trabajo. Que un mismo ordenador me sirviera como herramienta de curro y como juguete de distracción empezó a perjudicar lo primero para beneficiar a lo segundo. Mi capacidad de procrastinar, es decir, de dejar para mañana lo que no me apetece hacer hoy, alcanzó una categoría olímpica. Al final tuve que pedirle a mi mujer que cambiara la clave del 'router' para que mi ordenador de trabajo solo me sirviera para trabajar. Mientras trabajo pongo el móvil lejos y en silencio, y así me reservo una esfera de concentración total. Pero entonces detecté otro problema.

Al final de su vida, Borges se lamentaba de todos los libros que no iba a volver a leer. Traté de ponerme en su lugar y las horas de internet estériles se empozaron como charco de culpa en la mirada, que diría Vallejo. ¿Cuántos libros no habré leído al final de mi vida por culpa de internet? La respuesta era para echarse a temblar, así que decidí blindar mi tiempo de ocio como había blindado mi tiempo de trabajo.

El autor, disfrutando un momento de desconexión.
El autor, disfrutando un momento de desconexión.

 

Hace mes y medio, Andrea y yo decidimos hacer el sabbath como los judíos, que dedican este día santo a recapacitar y descansar con la electrónica proscrita. Sin llegar al punto de prohibirnos a nosotros mismos encender la vitrocerámica, sí que decidimos que desde el anochecer del viernes al del sábado estaríamos sin conexión de ningún tipo, ni wifi ni 3G. La primera semana fue una gozada tan grande -íbamos al cine, leíamos, las 24 horas rendían como 48- que la segunda semana decidimos ampliar nuestro sabbath hasta el domingo por la noche, y a la tercera hasta el lunes por la mañana.

Cada semana, al recuperar la conexión, contaba a mis seguidores de Facebook cómo había ido la experiencia. Me sorprendió cuánta gente tiene el mismo problema que yo, cuántos decían que iban a seguir mi ejemplo. Aunque no soy partidario del proselitismo, porque considero que mis problemas no son extrapolables a otras personas, los compañeros del periódico me han animado a que lo explique aquí. Igual, si ustedes se lo toman muy en serio, las visitas de El Confidencial bajan tanto los fines de semana que a mí me acaban despidiendo. Es casi como si un barman diera consejos a los borrachos sobre cómo controlarse con la bebida.

He descubierto que la diferencia entre las horas quemadas en internet y la importancia de lo que recibimos de la red es asombrosa

Les voy a resumir en qué consisten nuestros sabbaths paganos. El viernes noche solíamos ver alguna serie. Como ya no podemos, nos vamos a tomar algo, vemos a los amigos -que hacen pausas para mirar sus móviles mientras nosotros nos damos arrumacos- y al volver a casa mejor no les cuento lo que nos da por hacer. El sábado por la mañana desayunamos fuera. Damos una vuelta, leemos la prensa en papel, volvemos a casa. Empiezan las horas de lectura y, donde antes lográbamos leer en los ratos que dejaba libres la curiosidad por las cosas del mundo, ahora nos convertimos en una biblioteca silenciosa, salvo cuando Andrea me lee algo en voz alta o hago yo lo mismo y la interrumpo. El domingo transcurre de la misma manera, y durante el fin de semana completo no es raro que hayamos leído cada uno un libraco entero de principio a fin.

Sin embargo, lo que más me ha sorprendido es que el resto de la semana no me comporto con internet de la misma forma que antes. No es que controle, es que me interesa mucho menos estar permanentemente pendiente. Si la actualidad está revuelta y Twitter echa fuego, puedo acabar el día en la orgía de clics que termina siempre indefectiblemente con el porno puesto y las persianas bajadas, pero por lo general encuentro mucho más tiempo -y muchas más ganas- para leer libros. Algunos amigos me han dicho que no doy tanto la murga en Facebook como antes, lo cual me parece uno de los mayores halagos que se pueden recibir en una época tan parlanchina como esta.

Si usted se siente identificado con la primera parte de este artículo, le animo a que haga la prueba y se sume al sabbath pagano. La diferencia entre las horas quemadas en internet y la importancia de lo que recibimos de la red es tan asombrosa que conquistar todo ese tiempo para tareas más nobles, como la lectura, el paseo o la dipsomanía, es equivalente a recuperar un imperio.  

España is not Spain
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