El 'Quijote' se la suda a toda España

En España nos gusta mucho más quejarnos de los políticos que leer El Quijote, como se verá a continuación

Foto: Ilustración: Raúl Arias
Ilustración: Raúl Arias

En los últimos meses se ha repetido en Twitter una queja que más tarde ha hecho metástasis en tertulianos y en alguno de estos doctos políticos de la nueva izquierda (doctos por doctrinarios, me se entienda). La diatriba podría glosarse con estas palabras: “¡Es indignante que el cateto Gobierno de España y su Ministerio de Incultura se mantengan indolentes en el sacro-santo año Quijote! ¡En Inglaterra las autoridades saben cómo celebrar a Shakespeare, no como aquí! ¡Qué pocos actos se celebran en España sobre nuestra obra más universal! ¡Oh, malogrado Cervantes, maestro de maestros! ¡Ah, políticos ignaros, balhurria moral y fiera!”. Etc.

Porque en España nos gusta mucho más quejarnos de los políticos que leer el 'Quijote', como se verá a continuación. Y como se puede ver también en cualquier otro momento, así como en las obras de buena parte de los escritores españoles.

Los hechos: a mi amigo Álvaro Colomer hay que recurrir cuando uno quiera enterarse del cauce que sigue la sangre literaria de Barcelona. Le pregunto por los actos del día y él me advierte de que hoy organiza el Centro Libre Arte y Cultura (CLAC) una charla sobre el 'Quijote'. No es una charla cualquiera: conversarán en torno al libro la novelista posmoderna Laura Fernández, idólatra de Cervantes, y el estudioso Rodrigo Fresán, a quien podríamos caracterizar, por su erudición y nacionalidad, como posborgeano. Dos voces claras y sabias, pero sobre todo dos oradores amenos y accesibles. La clase de personas que uno pondría en los colegios para enganchar a la muchachada a la literatura.

El acto arranca ante las veinte estatuas y un público compuesto por siete señoras mayores, un operador de cámara y cuatrocientas cincuenta mil sillas vacías

Yo oigo el aviso de Colomer, recuerdo inmediatamente las reivindicaciones de la muchedumbre tuitera y tertuliana, y me digo: “habrá que llegar al acto antes de que las masas sedientas de cervantina abarroten la sala o no habrá dónde sentarse”. El CLAC quiere hospedar de nuevo a lo más excelso de la cultura en Barcelona, de donde la echó el provincianismo venido arriba -también llamado nacionalismo-, de modo que ha elegido para el acto un lugar grande y hermoso, una de las salas del Reial Cercle Artístic, en pleno centro.

Corro, sudo, gimo y llego diez minutos antes de que empiece la conferencia. Encuentro la sala abarrotada... de estatuas. Arriba hay doce colosos de piedra que sostienen el techo sobre sus hombros y abajo otras ocho estatuas, entre bustos y piezas de cuerpo entero, que contemplan con expresión nostálgica, desnudos o vestidos, el panorama de desolación, la absoluta ausencia de público para un acto sobre Cervantes.

Laura y Rodrigo llegan puntuales. El acto arranca ante las veinte estatuas y un público compuesto por siete señoras mayores, un operador de cámara, dos de las organizadoras de CLAC y cuatrocientas cincuenta mil sillas vacías. Miren: uno se abstrae en las palabras, para eso escribe al fin y al cabo. En primera fila, con el desamparo pesando sobre mi espalda tanto como el techo en los hombros de las estatuas, escucho con placer las interpretaciones que los eruditos aportan a la obra inmortal.

¿Dónde está esta ciudadanía indignada por la ausencia de arrope institucional a Cervantes? Protestando en su casa, frente a la pantalla

Alonso Quijano viajó a Barcelona para asestar una de las pocas estocadas exitosas de su vida: la que le metió en las tripas al villano Avellaneda, que se había atrevido a plagiar a su padre verdadero. Luego, en Barcelona, como en todas partes, al Quijote no le hacían más que perrerías. Le pusieron delante de una cabeza de bronce y le hicieron creer que hablaba. Después lo llevaron a conocer la imprenta, y ahora, cuatrocientos años después, lo echan a los perros imaginarios de una sala casi vacía.

Mientras Fresán y Fernández disertan sobre las cosas quijotescas de la vida, que son muchas en este tiempo en que al molino de viento se le llama generador eólico, yo me doy cuenta de que no hay nada más quijotesco que haber leído el 'Quijote'. Como a Alonso Quijano, se me seca el seso y me arrastra la fantasía: casi puedo ver la sala llena.

Pero miro atrás y sigue vacía. Me dicen mis amigos Mario S. Arsenal y Joaquín Jesús Sánchez, ambos devoradores de libros, que en los actos celebrados en Madrid está pasando lo mismo. ¿Dónde está esta ciudadanía indignada por la ausencia de arrope institucional a Cervantes? Protestando en su casa, frente a la pantalla. 

España is not Spain
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