Por qué deberían poner 'Patria' de Aramburu como lectura obligatoria en las escuelas

La izquierda 'abertzale' trata de blanquear cuatro décadas de atentados en democracia, pero 'Patria' pone las cosas en su sitio. Lo hace con justicia y con libertad. Sin solemnidad ni maniqueísmo

Foto: El escritor Fernando Aramburu. (EFE)
El escritor Fernando Aramburu. (EFE)

'Patria', la última novela de Fernando Aramburu, no es solo literatura: es un acontecimiento. Tengo tres motivos para decirlo: el primero, que ha lanzado a su autor a la cima de ventas donde ya merecía estar por las novelas anteriores —todas canelita—; el segundo, que, aunque está construida sobre personajes ficticios, cuenta la verdad de ETA, de las víctimas invisibles, de las familias de los etarras, de la fractura incurable y del infierno de los pueblos regidos por el fascismo 'abertzale'; el tercero, y quizás esto es lo más insólito, que ha logrado que Mariano Rajoy diga en la prensa que está leyendo una buena novela. Concretamente:

“Acabo de leer 'Patria' de Aramburu, es buenísima; refleja muy bien el conflicto vasco”. Esta declaración ya sería fabulosa por lo explícito (Rajoy leyendo un buen libro), pero lo es más todavía por lo implícito. Si, como dice Mariano Rajoy, 'Patria' refleja “muy bien el conflicto vasco”, eso significa que el presidente del Gobierno de España acaba de admitir que la Policía y la Guardia Civil torturaron a los presos etarras. Nunca un tabú político se quebró de forma tan gallega.

Para quien todavía no la haya leído, 'Patria' es la historia de dos familias enfrentadas, la de las víctimas que se niegan a ser víctimas y la de los verdugos que presumen de libertadores del pueblo vasco. Está contada a la manera detallista de Jonathan Franzen y es una espiral que desciende a las profundidades de la historia reciente de España con la sutileza de la novela psicológica. Pero también, como ha pasado con 'La España vacía' de Sergio del Molino, 'Patria' ya no es un simple libro. Se ha convertido en un tema de conversación.

Por ejemplo, hoy le contaba a mi amigo Hernán Migoya que lo de Aramburu es tan contundente y tan fiero que podría barrenar los cauces tradicionales del discurso político sobre lo 'abertzale' de una parte de la izquierda. En la novela, el terror no son las bombas, sino un pueblo de cómplices y cobardes que dejan de saludar a la persona cuyo nombre aparece en las pintadas de amenaza. Migoya, que no la ha leído todavía, ha exclamado: “¡Así que por fin podemos decir que ETA era mala sin que nos llamen fachas!”.

Luego me hablaba de sus noches de parranda en las 'herriko tabernas' de la Parte Vieja de San Sebastián, donde se encontraba unas huchas que no le dejaban más alternativa que sufragar con unos duros el terrorismo vasco o callar sus motivos para no hacerlo. Y yo le contaba mi experiencia en el Foro Social Europeo de París, un festival antiglobalización al que asistí con 19 años. Por aquel entonces todavía vivía instalado en la contradicción esquizofrénica de los izquierdistas españoles de mi generación, pero aquel Foro Social me aclaró las cosas.

¿Esquizofrenia? Sí. Yo había llorado siendo niño cuando mataron a Miguel Ángel Blanco pero escuchaba y cantaba las letras del rock radikal vasco sin darme cuenta de lo que me estaban contando. Y consideraba que el terrorismo era una lacra, pero galanteaba con los lemas —que si libertad, que si paz, que si hostias— con que los 'abertzales' hipnotizaron a parte de la izquierda española. En fin: esquizofrenia.

Yo consideraba que el terrorismo era una lacra, pero galanteaba con los lemas con que los 'abertzales' hipnotizaron a parte de la izquierda española

Lo que pasó en aquel Foro Social Europeo fue que, en una de las ponencias, un grupo de mujeres 'abertzales' subieron al estrado a declamar las injusticias y represiones del Estado español ante un auditorio compuesto por jóvenes antisistema de todos los países de Europa. Mientras las escuchaba, no daba crédito. Era el año 2004 y aseguraron que el Estado seguía persiguiendo el euskera y que nadie escuchaba a los vascos, que querían la independencia y vivían amordazados.

Fueron tan lejos en su retrato victimista, que en el turno de preguntas las llamé mentirosas y dije que el euskera era una lengua co-oficial (hecho que ellas habían omitido), que del reparto de votos en Euskadi no podía deducirse que los vascos quisieran la independencia, y que quien nos amordazaba a todos era la banda terrorista. ¿La respuesta? La multitud me abucheó, las 'abertzales' me llamaron facha, y supe que aunque ETA estaba casi derrotada militarmente habían vencido en la construcción del relato literario.

Pues bien: hacia el final de 'Patria', un escritor (sospecho que el propio Fernando Aramburu) dice que su misión es derrotar a ETA también en la literatura. Y es exactamente lo que ha conseguido esta novela. La izquierda 'abertzale' trata de blanquear cuatro décadas de atentados en democracia, pero 'Patria' pone las cosas en su sitio. Lo hace con justicia y con libertad. Lo hace sin solemnidad ni maniqueísmo.

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