Carta abierta a los turistas que visitan Barcelona

Esta carta es para daros las gracias en nombre de todos los barceloneses. Os dejáis en esta ciudad una pasta gansa

Foto: Una turista arrastra una maleta en la Barceloneta, delante de un cartel que protesta contra la presencia masiva de pisos alquilados. (Reuters)
Una turista arrastra una maleta en la Barceloneta, delante de un cartel que protesta contra la presencia masiva de pisos alquilados. (Reuters)

Hola, turistas que venís a Barcelona.

Sois muy majos todos. Salís la mar de guapos en las fotos. Ayer había un grupo de vosotros haciéndose el selfi en toda la boca del metro. La boca del metro estaba sonriendo para no ser menos. Había un par de transeúntes esperando a que terminaseis, y cómo se notaba la diferencia. Vosotros, risueños y atléticos. Ellos, los oriundos de la ciudad, grises, sin alegría. Seguro que vuestros amigos de Facebook van a flipar cuando vean esa foto. Les van a interesar muchísimo todas las fotos que habéis hecho.

No olvidéis recomendarles que vengan también a Barcelona. Así los veremos tomar sangría en las terrazas del Raval y les clavarán 12 euros por una jarra, como los que os clavaron a vosotros. Por cierto, mola alardear de sibarita, pero eso que comisteis en las terrazas de las Ramblas no era paella, sino Paellador, un sucedáneo congelado que tiene tanta relación con una verdadera paella como una hernia de disco con la gimnasia rítmica.

He estado repasando los folletos y las webs que os seducen para venir. ¿Qué tal la experiencia? ¿Ha colmado vuestras expectativas? Igual que nos venden Venecia como una mascarada de góndolas que gira sobre el eje del carnaval, a vosotros os cuentan que Barcelona es una ciudad dinámica, abierta, moderna y antigua al mismo tiempo. En 'sermo vulgaris', los bajos del barrio gótico atiborrados de yogurterías.

Esta carta es para daros las gracias en nombre de todos los barceloneses. Os dejáis en esta ciudad una pasta gansa. Si además fuera posible contabilizar las cifras de la economía sumergida de los palos de selfi y los apartamentos turísticos ilegales, los defensores a ultranza del turismo tendrían más herramientas para alardear de las cifras de esta ciudad-negocio.

No sé por qué se quejan tanto los habitantes de Barcelona. Le dais luz y color a la ciudad, y no solo no cobráis, sino que os dejáis ordeñar afablemente

Antes, cuando las ciudades no tenían otra cosa que ofrecer aparte de su sabor, su ambiente y su personalidad, es decir, antes de que las promociones las transformasen en colosales centros de compras y consumo, uno podía ir a Roma, a Lisboa, a París o Barcelona sin la sensación de seguridad que proporciona encontrar los mismos bolsos de Versace, los mismos cafés Starbucks, las mismas pizzas de Domino's o las mismas camisetas de Zara. Viajar era, por tanto, un lujo reservado a gente curiosa.

No sé por qué se quejan tanto los habitantes de Barcelona. Le dais luz y color a la ciudad, y no solo no cobráis por ello, sino que os dejáis ordeñar afablemente con una sonrisa desquiciada en el semblante. La primera vez que yo pisé Barcelona también lo hice como turista, pero aquel sitio no tenía nada que ver con este. Entrabas al Museo Picasso sin tres horas de cola en el 'carrer' Montcada y lo único que veías eran cuadros. Un chasco.

Hablando de colas, lo que más me gusta es cómo os arracimáis delante de la Casa Batlló. Gaudí quería representar con sus obras la naturaleza, así que la muralla de carne rosa que formáis alrededor de sus edificios le hubiera encantado. Lo malo es que Gaudí no puede veros, porque lo atropelló un tranvía. Hoy lo hubiera atropellado un bus turístico o un cacharro de esos en los que paseáis sin mover las piernas.

Los agoreros dicen que se ha perdido el encanto de la ciudad porque no se dan cuenta de que el encanto de la ciudad sois vosotros, los turistas. Que les pregunten si no a los promotores inmobiliarios que están haciendo negocio con vuestros movimientos mientras los nostálgicos lloriquean como perras, incapaces de sacaros ni un vasito de leche.

Es hora de hablar claro: la vida de barrio era un coñazo. Gente que trabajaba, que tomaba su cañita, que pagaba un alquiler modesto y se acostaba relativamente temprano. Con lo a gusto que se está de juerga en un piso turístico hasta las mil, con lo liberador que es hacer todo eso que jamás te atreverías a hacer en tu pueblo, con lo bien que se mea en una farola.

Queridos turistas: no hagáis caso a los malhumorados. Seguid viniendo en manadas a Barcelona. Las ciudades bonitas merecen pagar el precio de su vanidad. A veces sueño que sois un chorro blanco interminable. Yo pongo la cara. Lo grabáis todo en vídeo. Me gusta.

España is not Spain

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