Niños catalanes de intercambio obligatorio en Madrid, y viceversa

¿Cómo conseguir que Cataluña se quede? Para que Cataluña recupere el afecto por España es fundamental que España cultive el afecto por Cataluña

Foto: Un joven con la bandera de España reparte abrazos gratis en Barcelona. (Reuters)
Un joven con la bandera de España reparte "abrazos gratis" en Barcelona. (Reuters)

La solución a los grandes problemas matemáticos del milenio -y Cataluña va camino de convertirse en uno- suele ser tangencial. Los responsables de la Medalla Fields lo saben, así descubrieron a Grigori Perelman, un matemático ruso que había demostrado la conjetura de Poincaré y había publicado la solución en un blog marrano.

Tuvieron que buscarlo por todo San Petersburgo para ofrecerle el galardón, equivalente en matemáticas al premio Nobel, pero Perelman lo rechazó. No quería fama ni dinero. Se dedicaba a impartir clases de refuerzo y vivía con su madre. Desde ese momento se convirtió en una figura mundialmente conocida, no por la demostración de la conjetura, sino por su personalidad tímida y huidiza. Alcanzó el éxito sin perder su aura de fracasado, lo que viene siendo el combo perfecto en una sociedad victimista como la nuestra.

La genialidad de Perelman en matemáticas me recuerda a la del físico Richard Feynman, que fue su reverso simpático y extrovertido. Como Perelman, Feynman siempre se dirigía a los grandes problemas de la física teórica por la puerta trasera. Rodeaba dando un paseo y penetraba por un flanco desprotegido. Feynman lo explica en su autobiografía: lo peor de los grandes problemas no es su complejidad, sino que los científicos suelen entrar por puertas trampa, señaladas con neones luminosos, que dan paso a laberintos sin salida donde dedican todo su esfuerzo a responder preguntas equivocadas.

Los científicos suelen entrar por puertas trampa que dan paso a laberintos sin salida donde dedican su esfuerzo a responder preguntas equivocadas

Feynman puso siempre mucho énfasis en una idea: hasta un tonto con buena suerte puede encontrar la pregunta correcta. A esta idea me voy a agarrar para afrontar el problema catalán esta mañana. Entramos en tropel por las puertas delanteras que nos llevan a caminos abarrotados de ruido y de preguntas estúpidas. Desde el punto de vista de la unión, que es el mío, la pregunta básica es esta: ¿cómo conseguir que Cataluña se quede?

Los brutos proponen la solución de la fuerza y los tibios la del diálogo. Pero ¿fuerza para qué? Siempre hay que pensar en el largo plazo. Si se aplica el 155 contra la Generalitat de Puigdemont habrá elecciones y los independentistas volverán a votar con fuerzas renovadas. Y ¿diálogo en base a qué? Sin un cambio en España y un relevo de líderes no encontraremos un lugar neutral en el que sentarnos a negociar. Esta gente no quiere dialogar, por más que Puigdemont utilice esa palabra para lloriquearle a Europa un mediador.

Más importante: ¿negociar qué? Por esta vereda podríamos encontrar la puerta trasera. Llevamos cuarenta años en un túnel muerto. La falta de imaginación por un lado y el interés del nacionalismo catalán por otro han asfaltado una pista sin bifurcaciones. El nacionalismo siempre quiere más, eso es cierto. González y Aznar se apoyaron en las muletas de Pujol para gobernar y le ofrecieron a cambio competencias en sanidad, educación y autonomía. Pujol, que se creía la encarnación de Cataluña -vaya nación más calva y más torcida sería esa-, ofrecía escaños a precio de saldo siempre que lo dejasen reinar a solas en su corral.

Pujol, que se creía la encarnación de Cataluña, ofrecía escaños a precio de saldo siempre que lo dejasen reinar a solas en su corral

Lo que Pujol consiguió fue lo que se había propuesto: aislar Cataluña, desconectarla. Ayer viajé en tren con José Bou y me contó algo que le había dicho Aznar: en su época moderada y en minoría de 1996 le ofreció a Pujol varios ministerios del gobierno, y Pujol se negó en redondo. La idea de Aznar era otorgar carteras a políticos de CiU pero la de Pujol era sacarle al PP todas las competencias que pudiera. El nacionalismo, en este sentido, prefería excluirse de los asuntos españoles a ser una parte activa.

¿Cuál era el mensaje subrepticio? “Si ustedes desean querernos están invitados a venir a Barcelona y amigos para siempre, pero nosotros no gobernaremos en Madrid porque nuestro relato de víctimas quedaría en entredicho”. Llevábamos años recorriendo este camino que no termina y que nos conduce siempre al mismo laberinto. Cataluña pide y España da. Si España no da lo que se le pide, vienen los reproches y engorda el relato de la víctima. Lo que nos devuelve al punto de partida con peticiones redobladas y caras más agrias.

Bajo el xenófobo “Espanya ens roba” de Pujol había algo mucho peor y más difícil de desmontar: “Espanya no ens estima”. Una profecía autocumplida, por cierto. Su Cataluña ensimismada dio paso a la Cataluña huidiza de Artur Mas, al auge del sentimiento de agravio y de incomprensión, al que ayudó mucho la actitud pasiva de Mariano Rajoy. Para entonces, el antiespañolismo en Cataluña y el anticatalanismo en el resto de España eran evidentes. Españoles cansados de los catalanes, catalanes cansados de los españoles, desconocimiento mutuo.

El camino podría ser una educación en el Estado que fomente los lazos entre los chicos y chicas de la próxima generación

Para que Cataluña recupere el afecto por España es fundamental que España cultive el afecto por Cataluña. Me decía mi amigo Joaquín M. que el camino podría ser una educación en el Estado que fomente los lazos entre los chicos y chicas de la próxima generación. Se nos ocurrió pensar en viajes de intercambio obligatorios: catalanes pasando un mes en el resto de España y viceversa, haciendo amigos, conociendo el país. Españoles aprendiendo la diversidad española con una asignatura 'ad hoc'.

Creo que es una buena idea la de Joaquín M. Claro. Nno es una solución completa, pero sí veo un salto en paralelo, y eso puede ser buena señal. Porque no hemos usado el arma más eficaz para derribar enemistades, que es la amistad. Un plan educativo que pusiera énfasis en la España diversa y mezclase a los estudiantes podría demostrarle a la próxima generación que no somos tan diferentes como le han dicho a la generación presente. Costaría dinero, claro, pero ¿cuánto estamos dispuestos a invertir en un país mejor?

España is not Spain

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