El 'perroflauta motorizado' que se mató por la muerte digna

Antonio Aramayona se suicidó porque estaba cansado de vivir con un muñón dolorido y 30 pastillas al día, y también para reivindicar, con ese gesto final e inapelable, el derecho a una muerte digna

Foto: Fotografía de archivo del profesor Antonio Aramayona (i). (EFE)
Fotografía de archivo del profesor Antonio Aramayona (i). (EFE)

Espero que, cuando deje de controlar esfínteres y me toque llevar pañales, o cuando no pueda desplazarme, o cuando necesite ayuda para comer, o cuando empiece a perder la cabeza —más todavía—, o cuando haya tomado mi decisión por cualquier otro motivo, la sociedad haya avanzado lo suficiente para que el suicidio asistido sea un derecho individual. Es decir: espero que para entonces hayamos tumbado las últimas barreras de esos pesados que extendieron su franquicia a la vida y a la muerte.

En estas cosas ando pensando después de devorar el nuevo libro de Sergio del Molino, que se llama 'La mirada de los peces'. En sus páginas he conocido a su antiguo profesor de instituto, Antonio Aramayona, un lisiado tocapelotas marcado por el genio pedagógico y por la egolatría, que se suicidó porque estaba cansado de vivir con un muñón dolorido y 30 pastillas al día, y también para reivindicar, con ese gesto final e inapelable, la que había sido una de sus tres cruzadas personales: el derecho a una muerte digna.

Las otras dos eran la educación laica y la filosofía. Aramayona se hizo famoso en el mundillo 15-M al final de su vida. Se hacía llamar 'perroflauta motorizado' y decía que todo iba sobre ruedas, pero no era cierto. Jubilado de la enseñanza, se había dedicado a la arenga. Publicaba libros y escribía en blogs y periódicos. Alcanzó la celebridad con su escrache en la puerta de la casa de la delegada de gobierno en Zaragoza, Dolores Serrat, donde Aramayona permaneció 23 meses en su silla de ruedas, cubierto por una pancarta que exigía educación laica y de calidad. Pero esta es, quizá, la parte más vulgar de su historia.

La otra, la profunda, la contradictoria, la cuenta Sergio del Molino. Dejo las virtudes literarias del libro para los críticos, que lo tendrán muy fácil para llenar la faja de próxima edición con frases deslumbrantes, y me centro en el aspecto menos comercial: la mirada valiente y lúcida a los ojos de la muerte, tema al que Sergio del Molino se ha visto arrojado una y otra vez en contra de su voluntad.

El autor se hizo famoso de la peor manera posible. Tras la muerte por leucemia de su hijo Pablo, Del Molino escribió 'La hora violeta', donde da cuenta del periplo hospitalario de unos padres que finalmente deciden llevar al niño a casa para que pase sus últimos momentos alejado de las batas blancas. Tras esto, el autor se comprometió en la lucha por los cuidados paliativos para niños y siguió escribiendo.

A 'Lo que a nadie le importa', novela donde explora las contradicciones de su familia, le siguió 'La España vacía', ensayo que traslada el tema de la muerte del ámbito humano al geográfico para lanzar un análisis desolador sobre el estado de abandono de la mayor parte del mapa de España. Este libro se convirtió en un fenómeno, que es el nombre que le han puesto los editores y periodistas culturales al rarísimo saldo positivo en ventas. Del Molino anduvo de la Ceca a la Meca, concedió cientos de entrevistas, pronunció una charla TEDx y comió de gorra. Pero entonces, mientras saboreaba el éxito, los nudillos de la muerte volvieron a llamar a su puerta.

Su antiguo profesor de filosofía, Antonio Aramayona, le llamó para comunicarle que había decidido suicidarse. Le pedía que participara en un documental que Jon Sistiaga estaba rodando sobre su decisión. Él aceptó el ofrecimiento, consciente de que acababa de tropezarse con su siguiente libro. 'La mirada de los peces' cuenta todo esto y además dibuja un fresco vitalista y nostálgico de la vida en los barrios obreros de España, entre solares, tugurios, porros y adolescentes con el horizonte más vacío que la cabeza.

Me he centrado en el aspecto político del libro y me pregunto si le estoy haciendo justicia. George Orwell escribió en 1941 algo que podría aplicarse al presente: “Vivimos tiempos de tomar partido, no de desapego; unos tiempos en los que resulta especialmente difícil ver los méritos literarios de un libro con cuyas conclusiones no estamos de acuerdo”. La conclusión del libro de Sergio del Molino es que la muerte digna debería ser un derecho individual inalienable, pero eso es solo la punta del iceberg.

Frente al 'panfletarismo' que infecta todo cuanto rodea a cualquier reivindicación, 'La mirada de los peces' me ha parecido un ejercicio sutil de discernimiento y una búsqueda de la humanidad de un profesor que acabó sus días caricaturizado por sus compromisos políticos pero que, dos décadas atrás, en la Zaragoza de los noventa, había exterminado a seis millones de judíos apretando un botón imaginario, solo para enseñar a sus alumnos el peligro de no saber argumentar.

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