La relación entre Kevin Spacey y un escritor nazi

¿Dejan de ser Spacey o Hoffmann dos de los mejores actores de la historia del cine? No. Me pregunto, entonces, qué sentido tiene suprimir a Spacey de una película que ya está rodada

Foto: Fotografía de archivo fechada el 11 de junio de 2017 que muestra al actor estadounidense Kevin Spacey. (EFE)
Fotografía de archivo fechada el 11 de junio de 2017 que muestra al actor estadounidense Kevin Spacey. (EFE)

Dos hechos en apariencia diferentes a los que no puedo evitar encontrar una ligazón. La editorial Nórdica publica una nueva traducción de Knut Hamsun (la novela es “El círculo se ha cerrado”), Premio Nobel noruego que se hizo nazi al final de su vida; Ridley Scott se suma al boicot contra Kevin Spacey que empezó Netflix tras conocerse los abusos sexuales del actor y lo borra de una película que ya estaba rodada. En ambos casos: grandes artistas responsables de actos infames. En ambos casos: lo que yo entiendo como un dilema moral. ¿Debe extenderse el castigo por un acto infame a la producción artística?

La conducta de Kevin Spacey me parece totalmente inapropiada. Distintos hombres han denunciado que trató de abusar de ellos en distintos momentos. A las acusaciones se han sumado varios miembros del equipo de House of Cards. Me resulta abominable que, desde una posición de poder, un figurón trate de follarse a sus subalternos. Si Spacey está acusado de abusar de la gente con la que trabaja, es comprensible que ponga en cuarentena su presencia en los rodajes. Me pregunto si durante su larga carrera habrá cometido actos de esta clase. Si el poder y el miedo mantuvo a esos hombres con la boca cerrada.

Kevin Spacey no es el único. Su nombre aparece en un reguero que engorda a medida que pasan los días. Aquí empieza a complicarse la cosa, porque en la sucesión de escándalos se mezclan los abusos y las insinuaciones. Harvey Weinstein parece ser un acosador, Dustin Hoffman un insinuador y Louis CK un exhibicionista. Me inquieta que sean tratados con la misma dureza. Me inquieta también que la condena no parta de un tribunal sino del jaleo implacable de las redes y la prensa. Sería hipócrita no apuntar que todo esto me inquieta, pero si la catarata de escándalos sirve para que los hombres poderosos se repriman, algo muy bueno habremos sacado de todo esto.

Bien. Esto en cuanto a los actos y las personas. Pero pienso en los actos y las obras. Hubo grandes artistas que además fueron grandes personas, pero hubo también muchos grandes artistas que fueron personas asquerosas. ¿Dejan de ser Kevin Spacey o Dustin Hoffmann dos de los mejores actores de la historia del cine? No. Me pregunto, entonces, qué sentido tiene suprimir a Spacey de una película que ya está rodada, si no es miedo u oportunismo por parte de Ridley Scott.

¿Dejan de ser Kevin Spacey o Dustin Hoffmann dos de los mejores actores de la historia del cine? No

Esto me devuelve a Knut Hamsun. En sus novelas hay una humanidad luminosa y una sensibilidad exacerbada que no estaban presentes en su vida. Cuando el Tercer Reich se instituyó, Hamsun quedó fascinado por la personalidad de Hitler y por la idea de una Pangermania que incluyera a Noruega como satélite. Desde ese momento, Hamsun hizo proselitismo en la prensa a favor de los nazis. Durante la guerra se puso al servicio de Vidkun Quisling, lacayo del comisario alemán en Noruega, Josef Terboven. Sus artículos están recogidos y traducidos al español (“Textos de la infamia”, editorial Berenice) y dejan pocas dudas sobre su fanatismo.

Además, Hamsun fue un tirano para sus hijas e hijos y un monstruo para su mujer. Pero la biografía de que publicó Nórdica (“Knut Hamsun. Soñador y conquistador”, de Ingar Sletten Kolloen) muestra además sus contradicciones. Hamsun apoyaba a los nazis pero salvó judíos durante la guerra y trató de convencer a Hitler de que devolviera su soberanía a Noruega. Logró convertirse en el padre literario de su país con sus retratos profundos del alma y la sociedad, pero era un hombre autoritario que no aplicaba una sola de sus lecciones morales a su vida familiar. Tras el suicidio de Adolf Hitler, escribió un obituario. Llamaba al genocida “apóstol del Evangelio de todos los pueblos”.

Maltratadores, pedófilos, ladrones, violadores, me pregunto: ¿cuándo hemos decidido que un artista tiene que ser un artista buena persona?

Lo detuvieron tras la caída del Reich. Lo internaron en un hospital psiquiátrico y trataron de demostrar que había perdido el norte, pero Hamsun era extremadamente orgulloso y se negó a pasar por loco. Testificó en el juicio, asumió su responsabilidad, pagó su condena y escribió un último libro (“Por senderos que la maleza oculta”, Nórdica) en el que se mostraba totalmente en su cabales. Este libro agotó la edición rápidamente en un país que, de puertas para afuera, repudiaba al autor. Murió a los 92 años convertido en un maldito. Ni una sola placa recordó su nombre en Noruega hasta el 150 aniversario de su nacimiento. Hamsun es mi escritor favorito, pero no me hubiera tomado ni un café con él.

Pienso también en Edward Bunker, cuyas obras edita Sajalín: un criminal que pasó 18 años de su vida entre rejas por distintos delitos (robo violento, narcotráfico y extorsión) y escribió allí buena parte de sus novelas. Pienso en William Burroughs, estrella enloquecida del movimiento beatnick que mató de un disparo en la cabeza a su esposa, en teoría jugando a Guillermo Tell. Pienso en el genial Raúl Barón Biza, que arrojó ácido a la cara de su mujer antes de suicidarse. Pienso en Juan Ramón Jiménez, la dulzura de Platero, la delicadeza de Estío, el maltrato constante a su mujer Zenobia Camprubí. Y pienso en Cèline, misógino y nazi, y en el rumano Mircea Eliade que también quedó fascinado por Hitler, y en tantos otros.

Maltratadores, pedófilos, brutos, ladrones, violadores, me pregunto: ¿cuándo hemos decidido que un artista tiene que ser buena persona? Y además: ¿merece la obra de un gran artista pagar la condena por los actos de su creador?

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