La historia de 'La vida es bella' ocurrió en la Guerra Civil española

La Institución Libre de Enseñanza viajó el 9 de julio de 1936 a San Vicente de la Barquera en un tren cargado de niños y niñas, de entre ocho y 13 años, procedentes de los arrabales de Madrid

Foto: Foto de familia de los niños que viajaron a San Vicente de la Barquera en 1936. (ILE)
Foto de familia de los niños que viajaron a San Vicente de la Barquera en 1936. (ILE)

'La vida es bella', de Roberto Benigni, es un monumento a la mentira piadosa. Muestra los campos de exterminio nazis desde la perspectiva de un padre que se desvive por ocultar a su hijo, mediante un juego retorcido, el horror del Holocausto. Lo que poca gente sabe es que aquí, en España, ocurrió un episodio parecido durante la Guerra Civil. El verano de 1936 se iba a convertir en un ejercicio de inventiva, amor y supervivencia para los profesores republicanos de las Colonias de la Institución Libre de Enseñanza, que habían viajado a San Vicente de la Barquera con 53 niños pobres para sanearse al aire puro.

Los últimos momentos de la paz son todavía más perturbadores que el relato de la barbarie. Stefan Zweig alude al cielo cristalino y el sabor de la cerveza en el día 28 de junio de 1914, cuando mataron al archiduque Fernando de Austria en Sarajevo. En la tercera parte de 'La forja de un rebelde', Arturo Barea hace una descripción muy parecida del día hermoso de verano en que los militares se sublevaron en Marruecos. La vida normal seguía su curso. Lo haría hasta que sonasen las primeras detonaciones, ese ruido nuevo al que, como dijo Fernando Fernán Gómez, todos tardarían muy poco en acostumbrarse.

La Institución Libre de Enseñanza (ILE) viajó el 9 de julio de 1936 a San Vicente de la Barquera en un tren cargado de niños y niñas de entre ocho y 13 años, procedentes de los arrabales de Madrid. El objetivo era sacar a las criaturas de las zonas deprimidas y contaminadas de la gran ciudad y ofrecerles un respiro en medio de la naturaleza.

Manuel B. Cossío (i) y Giner de los Ríos (c). (ILE)
Manuel B. Cossío (i) y Giner de los Ríos (c). (ILE)

Inspiradas por el trabajo del pastor protestante Walter Bion, las colonias habían arrancado en España a finales del siglo XIX como una medida de protección de la salud. Con el paso de los años y la labor pedagógica progresista de la ILE, se terminaron convirtiendo en una pieza clave del plan educativo de Giner de los Ríos. Su creador fue Manuel Bartolomé Cossío, que moriría en 1935.

El estallido

Mavi Cortés fue una de las niñas de las colonias previas a la guerra. La conocí hace años, cuando ayudaba a Andrea Zarza con su documental sobre la continuidad del proyecto en el siglo XXI. Cortés era una señora muy mayor, inteligente y vivaracha. Me contó que aquellos viajes en tren hasta las colonias eran maravillosos no tanto por los paisajes o la aventura, sino porque los profesores, “que eran unos forzudos”, agarraban a las pequeñas en brazos y las subían a los maleteros, que hacían las veces de hamacas para dormir la siesta.

El 10 de julio de 1936, los 53 colonos y sus seis profesores llegaron a Acebosa en un tren de vía estrecha sin notar la tormenta que se avecinaba. Mandaron un carro tirado por mulas con todos los bártulos y emprendieron la caminata hasta San Vicente, que está a tres kilómetros. Pilar Gobernado, profesora aquel año, recordaba durante la grabación del documental de Zarza el tiempo fabuloso y primaveral en Santander, el verdor de sus prados agitados por la brisa y la sensación, todavía más liberadora, de haber dejado atrás la crispación política de Madrid.

El puente de los 28 ojos que cruza la ría de San Vicente los vio llegar y las vacas oyeron la algarabía infantil. Durante los primeros días todo marchó a la perfección. Muchos años después, el profesor Leopoldo Fabra escribió en el Boletín de la ILE (nº18) el momento en que descubrió lo mucho que habían cambiado las cosas. “El 18 de julio fui a Santander con Lolita Carballo —una niña— para hacerle una radiografía de tobillo. No puedo olvidar este día. A la vuelta (...) nos encontramos al Sr. Cea, antiguo profesor del Instituto Escuela, quien nos dio la noticia. Había estallado una sublevación militar en España”.

La primera reacción fue prudente: decidieron esperar, seguir con los juegos y los cantos. Creían que el Gobierno sofocaría la sublevación

La primera reacción de los profesores fue prudente: decidieron esperar, seguir con los juegos y los cantos. Creían que el Gobierno de la República sofocaría la sublevación, pero los días transcurrían sin que llegase esta noticia. Planificaron un regreso anticipado a Madrid para devolver los niños a sus familias pero constataron que era imposible. Santander se había convertido en una isla republicana separada de la capital por un mar azul oscuro de tiroteos y brazos en alto.

Días antes, los niños habían recibido las primeras cartas de sus padres, pero desde el 18 dejó de llegar el correo a San Vicente. Los niños empezaron a inquietarse. El nerviosismo dio paso al desconsuelo, así que los profesores tomaron una decisión. Iban a protegerlos de la realidad mientras buscaban una forma de devolverlos a casa, como el personaje de Roberto Benigni en 'La vida es bella'.

La odisea

La estancia en San Vicente tenía que durar tres semanas, pero agosto se acercaba sin que pudieran regresar a Madrid. Según Leopoldo Fabra, las preocupaciones de los profesores se dividían entre encontrar una forma de regresar a casa y, mucho más urgente, mitigar el desánimo de unos niños que no estaban recibiendo noticias de sus padres. Así es como empezó un juego retorcido de mentiras piadosas.

Iban a protegerlos de la realidad mientras buscaban una forma de devolverlos a casa, como el personaje de Roberto Benigni en 'La vida es bella'

Los profesores decidieron falsificar cartas de los padres. Las escribían por la noche, contándoles a los niños que en casa todos estaban muy bien y que se les echaba muchísimo de menos, y les ocultaban todo lo referente a la guerra. Después, se las hacían llegar como si las acabase de entregar el cartero. Para llenar el tiempo, las actividades se multiplicaban.

Teatro, juegos, gimnasia y cánticos atiborraron por completo los días. Agosto había llegado y avanzaba. Los niños empezaron a preguntar, al principio tímidamente, cuándo iban a volver a Madrid. Nadie sabía cómo responderles. Los víveres y el dinero escaseaban. La ropa estaba estropeada, pero lo que más asustaba a los maestros, según Gobernado, es que cualquier pastor de cabras difundiera entre los críos la noticia de que España estaba en guerra.

Era urgente buscar una vía de escape. Los profesores Fabra y Celestino Bustos, director de la colonia, viajaron a San Sebastián el 15 de agosto para informarse sobre la mejor manera de llegar a Madrid. La guerra ya era atronadora. Los buques rebeldes bombardeaban la ciudad y destruyeron el hospital de Maternidad. Tras un encuentro con el Mando Militar, las autoridades les comunicaron que la única vía de escape pasaba por Francia. Los enviaron de vuelta a San Vicente y les pidieron que siguieran esperando.

Aquellos maestros ignoraban por completo cuánto tiempo tendrían que estirar el juego, cuánto tardarían los niños en averiguar lo que pasaba

Es lo que hicieron. Aquellos maestros ignoraban por completo cuánto tiempo tendrían que estirar el juego, cuánto tardarían los niños en averiguar lo que estaba pasando. No fue hasta septiembre que recibieron la orden de dirigirse a toda prisa con los niños hasta San Sebastián. Hicieron apresuradamente los bártulos y emprendieron el viaje de madrugada. A la mañana siguiente salieron para el paso fronterizo de Hendaya. “Los obuses pasaban por encima de nuestro autocar”, relata Fabra. Pilar Gobernado recuerda los cuentos que contaba a los niños a gritos para distraerlos del paisaje bélico que estaban atravesando.

Una vez que consiguieron cruzar la frontera, marcharon de oeste a este por el sur de Francia para sortear los Pirineos. Volvieron a España por Portbou, desde allí fueron a Barcelona, y de Barcelona, por fin, a Madrid. Según el relato de Fabra, instalaron a los niños en un vagón especial. Los pequeños, extenuados, se quedaron dormidos. Los adelantaban convoyes llenos de milicianos que marchaban desde el País Vasco a los frentes de guerra.

Al despertar, los niños cantaron el himno de la Colonia de la Institución Libre de Enseñanza: “San Vicente es una rosa / y la Barquera un rosal / y la rosa más hermosa / es la Colonia escolar”. El reencuentro con los padres alivió más a los maestros que a los niños. La aventura se había prolongado dos meses y había tenido un final feliz.

Las actividades progresistas de la Institución Libre de Enseñanza estarían prohibidas hasta 1978.

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