Por qué nos gusta tanto quemar brujas

En esta época posmoderna y desordenada, donde tantas morales rivalizan por devorar a las demás, padecemos un gran desasosiego, una enorme confusión

Foto: Quema de brujas.
Quema de brujas.

“Pero déjame ¡ay! que yo prefiera la hoguera. La hoguera tiene un qué sé yo, que yo no sé qué hay en la hoguera”. Si has leído esto con voz de Krahe, seguro que te interesa lo que voy a contar. Quiero responder a la duda que el cantante dejó en el aire, pensar en qué puede consistir ese 'qué se yo', esa fascinación.

Desde niños, nos cuesta apartar los ojos de la madera que se consume en la lumbre. Nos embelesa las sinuosidad de la llama, su color y su brillo, pero el poder sugestivo del fuego se multiplica cuando somos mayores, y se hace irresistible cuando el combustible que arde es un ser humano. Siempre nos hemos pirrado por ver cómo se queman los pecadores. Antes en hogueras reales, hoy en hogueras metafóricas. ¿Por qué?

El dominio del fuego es el padre de la moral. El fuego nos hizo humanos desde el momento en que prolongó nuestra vigilia más allá de la puesta del sol. Pudimos emplear entonces ese tiempo libre para inventar historias y oírlas al amor de la lumbre. Nuestros antepasados, sentados en círculo alrededor de la hoguera, escuchaban al sabio, cuyas palabras los hermanaban en mitos compartidos. Se producía entre ellos una identificación elevada, un vínculo más sólido que el simple reparto de las tareas: así podría haber nacido la moral, sugiere Yuval Noah Harari.

El poder sugestivo del fuego se multiplica cuando somos mayores, y se hace irresistible cuando el combustible que arde es un ser humano

De esta forma quedó también determinado lo Nuestro y al mismo tiempo, en la oscuridad que había más allá del fuego, quedó determinado lo Otro, siniestro y amenazante. Lo Otro era quien no conocía nuestras historias y por tanto no obedecía a nuestra moral. Lo Otro pensaba fuera de los márgenes establecidos por nuestras historias, de manera que tenía comportamientos que nos repugnaban por antisociales. Poco a poco, a medida que la sociedad se hacía más compleja las historias se volvieron más enrevesadas. A los cuentos primitivos los sucedieron las religiones, las naciones y el comercio, pero detrás de estos cuentos complicados siempre estaba el fuego original, cuyo resplandor quedó encerrado en iconos, banderas y monedas.

Señala Escohotado tangencialmente que fue el comercio, con todo lo que tiene de intercambio y de desorden, lo que produjo la reacción más violenta de la ortodoxia. Esta se erigió en defensora de las esencias morales y acuñó para ello el concepto de herejía, con el que pretendía identificar a un Otro agazapado en el Nosotros, infiltrado, que amenazaba nuestra integridad y nuestra paz. Con esta tinta se escriben capítulos tan nefastos como la Inquisición o el Gulag soviético.

El manual para inquisidores escrito en el siglo XIV por el padre Nicolás Aymerich, inquisidor general de la Corona de Aragón, describe concienzudamente cómo se ha de identificar al hereje y cómo se debe proceder con él. La hoguera cumple, según Aymerich, una doble función: purifica el Nosotros y lo limpia reduciendo al Otro a cenizas, pero al mismo tiempo establece una línea divisoria muy clara que separa la sociedad de todo aquello que no es la sociedad.

La idea de herejía descrita por Aymerich es prístina y reaparecerá, con diferentes máscaras y bajo distintas críticas, en toda la literatura liberal. Los análisis sobre la herejía de autores tan distantes en el tiempo y tan distintos en sus planteamientos como Voltaire, Berlin, Milosz, Coetzee, Kundera, Orwell, Zizek, Hitchens, Ortega o el contemporáneo Eugenio Fuentes giran alrededor del mismo eje, que traspasa de lado a lado la estructura interna de las quemas de brujas contemporáneas: los linchamientos digitales.

La hoguera cumple, según Aymerich, una doble función: purifica el Nosotros y lo limpia reduciendo al Otro a cenizas

¿Por qué son tan numerosos estos linchamientos? ¿Por qué quienes participan lanzando tuits como si arrojasen verduras podridas parecen siempre tan entusiasmados? Porque la hoguera traza esa línea circular tan clara que delimita la frontera entre Nosotros y lo Otro. En esta época posmoderna y desordenada, donde tantas morales rivalizan por devorar a las demás, padecemos un gran desasosiego, una enorme confusión. A falta de creencias comunes, la hoguera nos sirve como espejo. Alrededor de ella sabemos una cosa a ciencia cierta: es otro el que se quema.

El machismo, la homofobia, el racismo o la blasfemia son nombres contemporáneos para la herejía, y los condenados al escarnio digital suelen haber cometido uno de estos pecados. Quienes ven arder a la bruja puede que tengan también sentimientos machistas, homófobos, racistas o blasfemos, por eso no pueden evitar el sentimiento de alivio y de satisfacción de estar en el lado correcto de la divisoria que marcan las llamas. Sospecho que esto siempre ha funcionado igual.

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