La izquierda orco, contra la belleza

Disentir del canon o proponer una belleza alternativa no es lo mismo que prohibir y censurar. Aquí es, a mi juicio, donde la izquierda orco demuestra más frustración que deseo de justicia

Foto: Calendario benéfico de los bomberos de Zaragoza de 2012. (EFE)
Calendario benéfico de los bomberos de Zaragoza de 2012. (EFE)

El Ayuntamiento de Zaragoza ha prohibido a los bomberos que manden a imprenta su calendario de tíos macizos, con el que recaudan dinero para la donación de médula ósea. Lo que voy a denominar desde hoy 'izquierda orco' ha bloqueado esta iniciativa solidaria argumentando que los bomberos del calendario no representan la realidad y que las imágenes de hombres hermosos “promueven inseguridades”. Totalmente de acuerdo en que promueven inseguridades: concretamente, las de los que protestan cuando ven un tío bueno.

La izquierda orco, contra la belleza

La ceguera de estos pálidos burócratas municipales funciona en tres niveles evidentes para todos menos para ellos mismos, como pasa siempre en el país de los ciegos. Primero: son incapaces de disfrutar de la belleza, que les produce eccemas y estornudos de alergia. Segundo: bloquean una acción movida por la solidaridad como si los bomberos estuvieran vendiendo colonias o relojes. Tercero: tiran piedras sobre su propio tejado, porque no hace falta ser un feo de derechas para detectar los complejos que hay detrás de su pataleta.

Cuando un puñado de izquierdistas encuentran esto inaceptable, demuestran que son incapaces de discriminar la realidad de sus teorías posmodernas

En un mundo consumista donde la belleza masculina y femenina se utiliza a diario para vender productos, esos bomberos utilizan la suya para una buena causa. Cuando un puñado de izquierdistas encuentran esto inaceptable, demuestran que son incapaces de discriminar la realidad de sus teorías posmodernas. Como bien dice Camille Paglia, una de las mayores especialistas en estética e historia del arte del planeta, han declarado una guerra sin cuartel a algo que no comprenden, que no admiran y que no están preparados para soportar. Supongo que el Ayuntamiento de Zaragoza encuentra más democrática la fealdad.

Y lo es, claro que sí. Hoy no soy una maravilla, pero es que con 12 años era extremadamente feo: cuerpo enclenque, cabeza gorda, orejas desplegadas y mucho acné. El canon de belleza en Alcantarilla (Murcia) era extraño: premiaba a chicos con moto, sin granos y con una tendencia a la microcefalia resaltada por el corte de pelo cenicero. Eso era la aristocracia de la belleza en aquel momento y en aquel lugar. Los agraciados aprovecharon el despertar hormonal mientras los callos como yo teníamos que esperar. A los 16 alcancé esta mediocridad aceptable, que ha sido suficiente para que una mujer guapísima se case conmigo y me vea más bonico de lo que soy.

Vivo en una franja muy poblada y democrática: la de la gente normal, siempre abierta a interpretaciones individuales. Unos cuantos pisos por debajo de los luminosos áticos donde rige el canon, pero lejos de los sótanos infectos. Me veo obligado a ejercitar otros encantos si quiero que me tire los trastos alguna desorientada, porque la mayor parte de la heterosexualidad ni me ve. Pues bien: desde la mediocridad os digo que hace falta ser vanidoso, frustrado, superficial y patético para dejarse corroer por la envidia. Para ver a los mozos del calendario zaragozano y exclamar, con la boca agria, que esto no puede ser.

Dirán que se rebelan contra un canon de belleza torturador, pero con esto estarán demostrando que ignoran lo que significa el canon estético

Ellos dirán que se rebelan contra un canon de belleza torturador, pero con esto estarán demostrando que ignoran lo que significa el canon estético. De la misma forma que yo tengo que admitir que mis novelas no están a la altura de las que recopila Harold Bloom, pero soy capaz de disfrutar las obras que allí se recogen, interpreto el canon de belleza como el muestrario de lo que mi época considera excelso.

Por supuesto, el canon puede degenerar en una aberración: en los años noventa, Miss Universo era anoréxica y Mister Universo iba tibio de esteroides y anabolizantes. Hoy vemos a Ally McBeal como una enferma y a Arnold Schwarzenegger como un engendro, así que es posible que en el futuro apreciemos la belleza del felpudo femenino y nos den grima los hombretones con el pecho depilado. Pero disentir del canon o proponer una belleza alternativa no es lo mismo que prohibir y censurar. Aquí es, a mi juicio, donde la izquierda orco demuestra más frustración que deseo de justicia. Si se preocuparan tanto como dicen por la salud, no dirían que la belleza real está en la obesidad, como últimamente les ha dado por hacer.

La guerra contra la hermosura es tan vieja como la envidia, pero los bandos han cambiado

La guerra contra la hermosura es tan vieja como la envidia, pero los bandos han cambiado. En su autobiografía, publicada por Malpaso, Frank Zappa relata cómo tuvo que defender a Prince en un tribunal que pretendía proscribir sus discos y los de otras estrellas del pop porque, por lo visto, incitaban a los jóvenes al disfrute de la obscenidad. En los setenta y ochenta, fue la derecha la que declaró la guerra la belleza desvergonzada, pero Tipper Gore, esposa del candidato presidencial Al Gore, se implicó en esta iniciativa contra la pornografía musical que marcaría una tendencia en la izquierda posmoderna de hoy.

Donde la derecha reaccionaria encontraba pecado y obscenidad, la izquierda posmoderna ha encontrado sexismo y humillación. Al final, todo se resume en poner hojas de parra.

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