Los culpables de la victoria de Bolsonaro

La mayoría de los brasileños ha votado a Bolsonaro, pero es casi imposible hallar artículos que aplaudan el resultado de las elecciones

Foto: Simpatizantes del candidato a la presidencia de Brasil Jair Bolsonaro celebran su victoria. (EFE)
Simpatizantes del candidato a la presidencia de Brasil Jair Bolsonaro celebran su victoria. (EFE)

Solo soy un primate más que está intentando comprender por qué Brasil ya no parece el país del futuro que predijo Stefan Zweig antes de suicidarse. Desasosegado, paso el día deglutiendo un análisis detrás de otro. Leo artículos en inglés, portugués y español que pronostican la muerte del Amazonas, el exterminio de los homosexuales y los estudiantes de izquierdas; el perturbador efecto dominó fascista que puede desatarse en América Latina. Descubro que solo hay una cosa en la que coinciden los analistas: el triunfo aplastante de Jair Bolsonaro en Brasil tiene que ser, por cojones, “culpa” de algo o de alguien.

Unos señalan al racismo larvado en la cultura brasileña, el patriarcado, la desigualdad, la iglesia evangélica y el odio que los ricos sienten hacia los pobres. Otros, al escenario polarizado que dejan las tendencias identitarias, a la violencia callejera que el PT no pudo o no supo frenar, a la galopante corrupción que ha frustrado la confianza en este partido. Los hay que apuntan a la desinformación masiva, al canibalismo digital, a la globalización. Pero solo encuentro unos pocos que celebran el advenimiento de este amigo de los mercados, y esto es lo que más me llama la atención: la mayoría de los brasileños ha votado a Bolsonaro pero es casi imposible hallar artículos que aplaudan el resultado de las elecciones.

Pasó lo mismo tras la victoria de Donald Trump en Estados Unidos. En este divorcio entre la prensa y la ciudadanía es donde encuentro las señales que conectan el éxito de Bolsonaro con el de otros políticos nacionalpopulistas de las principales economías del planeta. La distancia entre la cultura progresista y la realidad social es, por cierto, uno de los temas que toca la primera entrega de 'Tropa de élite', la película de José Padilha sobre el cuerpo de choque de la policía brasileña. Lo que nos lleva directamente a la figura del militar retirado que promete manejar Brasil con mano de hierro.

Al capitán Nascimento no le gusta la universidad

'Tropa de élite' es un díptico con regusto anfetamínico donde el capitán Nascimento nos cuenta en primera persona su vida como dóberman de la policía militar brasileña. La primera entrega narra la batalla contra el narcotráfico en las favelas y se centra en el personaje de Matías, estudiante de humanidades negro, habitante de una zona marginal, que se transforma en una máquina implacable después de alistarse a las órdenes de Nascimento. En la segunda parte, de tono más político, el capitán asciende y se las ve con la corrupción vomitiva de las altas esferas brasileñas donde la guerra se viste de Prada.

Luiz Eduardo Soares, autor de la novela que inspira las películas, ha pronosticado que la victoria de Bolsonaro será el preámbulo de una nueva dictadura militar. No parece casual que, solo un día después de su triunfo, la policía militar haya entrado en las universidades para “poner orden”. En la primera entrega de 'Tropa de élite', las facultades de humanidades brasileñas quedan retratadas como una burbuja donde estudiosos de Foucault disertan sobre la violencia y la opresión estructurales mientras muestran una condescendencia beatífica hacia los habitantes de las favelas. Los negros pobres son para ellos objeto de estudio, pero rara vez se mezclan con ellos en sus cócteles.

La distancia entre los teóricos de la izquierda posestructuralista y el objeto de su análisis es similar en Brasil, Estados Unidos y España. Las facultades de humanidades y ciencias sociales tienen la misma población blanca y adinerada que las tribunas de los medios de comunicación progresistas. Poco importa, desde este punto de vista, que el PT sea un partido con una línea de acción social que está a luz de las propuestas de Obama y Hillary Clinton, o que el azote de la violencia criminal sea muy superior en Brasil que en Estados Unidos. Brasileños, norteamericanos, italianos o húngaros están votando claramente contra la izquierda, y la izquierda comparte presupuestos intelectuales en todos los países desarrollados.

Culpar al racismo o la homofobia de las derrotas es una forma lamentable de evitar la autocrítica

A la victoria de Bolsonaro han conducido muchos factores. La realidad social de cada país es diferente. Pero no es menos cierto que las izquierdas están cayendo derrotadas en todas partes pese a la crisis económica global. Culpar al racismo o la homofobia de las derrotas es una forma lamentable de evitar la autocrítica. Al respecto, José Mujica lanzaba ayer un recado: “La vida es una lucha permanente con avances y retrocesos. No es el fin del mundo. Por lo tanto: aprender de los errores que hemos cometido y volver a empezar. Hay que tener humildad desde el punto de vista estratégico. No hay derrota definitiva ni triunfo definitivo”.

Como señalan Daniel Bernabé o Esteban Hernández en sus últimos libros, si están ganando los malos es porque los buenos lo están haciendo muy mal.

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