En Barcelona solo se ha roto la nariz de Cake Minuesa

En días como hoy, marcados en el calendario, lo habitual se convierte materia informativa y las televisiones tienen que alimentarse de las anécdotas para mantener la agenda propagandística

Foto: Mossos reducen a un manifestante en Barcelona. (Reuters)
Mossos reducen a un manifestante en Barcelona. (Reuters)

Leo que en la AP7 se producen cortes por Girona mientras Pedro Sánchez desayuna zumo de naranja con Ada Colau en el hotel, parecen dos amantes. Ayer había pesadumbre, incluso miedo. Miedo a no llegar al curro por verse atrapado en el atasco interminable de una ciudad infartada, o peor, a terminar en medio del fuego cruzado con los hijos berreando entre las balas de la policía y las piedras de la Catalintifada. Pues bueno, un chasco: mientras las televisiones muestran a los encapuchados en el Paralelo (las cámaras y los encapuchados tienden a colocarse en los extremos) la mayor parte de Barcelona vive ajena a las protestas. Son más de las 11 y los CDR no han conseguido colapsar la ciudad. Sólo han colapsado la agenda informativa.

Paseo con la aplicación de Antena 3 en mi móvil. Es curioso: en la pantalla hay disturbios y botes de humo y a mi alrededor sigue la diarrea de tráfico lacio y fluido, el trasiego de oficinistas en danza hacia sus oficinas y el café tallat si us plau en las terrazas con calefacción. Con ganas de cubrir una guerra como Pérez Reverte me voy al Paralelo, quiero sentir el viento que agita la papada de Quim Torra. Hay gentío y banderas como en el 11 de septiembre, pero alcanzar los disturbios -se oyen petardos a lo lejos- requiere apartar a demasiada gente y me desanimo.

En días como hoy, marcados a fuego en el calendario, lo habitual se convierte materia informativa y las televisiones tienen que alimentarse de las anécdotas para mantener la agenda propagandística. El miedo ha sido más poderoso que la realidad. Las sombras amenazantes que se proyectaban ayer en las fachadas de los edificios han resultado ser los dedos de un niño pegados a una linterna. Los barrios siguen siendo barrios y me dice mi topo particular -en Cataluña no hay periodista sin topo en el Telegram del CDR- que corre el desconsuelo entre los defensores más recalcitrantes de la la República de ficción. Ha sido más industriosa la policía que el "poble" para atascar las calles.

Llega a mi móvil la noticia de que unos hijos de perra le han soltado a Cake Minuesa un soplamocos espantoso en la nariz y constato que los Trending Topics deforman la realidad como si fueran espejos cóncavos. Rodeado de manifestantes que se desahogan sin otra cosa que hacer un viernes a mediodía, bombardea mi móvil la realidad paralela. Pero yo pienso que a Cake Minuesa no le ha golpeado el independentismo igual que a Laura Luelmo no la mató el patriarcado. Ojalá detengan a los agresores.

En Barcelona solo se ha roto la nariz de Cake Minuesa

De pronto, en el punto donde el gentío se dispersa, se monta alboroto: un grupo de manifestantes con lazo amarillo y estelada recriminan a unos vándalos con capucha y bandera antifa que vuelquen un contenedor. Los encapuchados se marchan un tanto avergonzados y descubro que los pasamontañas también sirven para ocultar el rubor. La multitud es pacífica en general y agresiva en los bordes. La historia cambia según donde coloques la cámara. Se oye más murmullo en la calle que sirenas policiales y se ven más camiones de reparto de Matutano que ambulancias y lecheras. Repito: vaya chasco.

Cambio de barrio. Lo hago en taxi. Bordeamos el dispositivo policial pero nos detenemos en todos los semáforos. Llego hasta la zona de Arco del Triunfo, donde un par de motos de policía desvían el tráfico. Para bajar a la estación de Francia hay que seguir a pata entre columnas de manifestantes que acuden ataviados con ropa de la marca Quechua como si fueran de excursión a la montaña. Protestan contra un consejo de ministros donde va a subirse el salario mínimo a 900 euros, así que supongo que todo esto es una cuestión de prioridades.

Aquí abajo los negros venden esteladas hechas en China. Se ha instalado una carpa donde venden camisetas amarillas con la cara de Junqueras por 15 euros. Omnium emite un discurso pastoso en su macroescenario. Nombran a Josep Borrell y el público abuchea. Nombran a los Jordis y aplauden. Desanimado por la protesta vuelvo a casa para escribir estas líneas. El miedo a los atascos masivos ha dejado Barcelona despejada y descongestionada, expedita para el paseante. Vivo en una ciudad dividida entre la épica y la monotonía, entre la utopía y la industriosidad. Algo me dice que seguiremos así mientras los médicos tengan motivos de queja. Brilla el sol. ¡Qué fabulosa cortina de humo hemos levantado!

España is not Spain
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