Dos horas con Enric, el dibujante de Bruguera que han salvado los okupas

Lo que no consiguió el salto materno, ni la dictadura, ni la quiebra de la editorial Bruguera, está a punto de lograrlo la avaricia de la nueva burbuja de alquiler. Esta es la historia de Enric Pons

Foto:  Enric Pons.
Enric Pons.

Su madre no deseaba tener un cuarto hijo, de manera que se subió a una banqueta y saltó panza abajo para estrellar al retoño contra el suelo y sacarlo de sí. La treta no le funcionó y en 1934 nacía Enric Pons, demostrando que era testarudo incluso antes de haber visto la luz del mundo. La tenacidad con la que se tuvo que agarrar a las entrañas de su madre se ha mantenido intacta. Hoy la emplea para seguir viviendo en la casa donde la familia lleva de alquiler desde 1942, y solo queda él.

Pero lo que no consiguió el salto materno, ni la dictadura, ni la quiebra de la editorial Bruguera, donde Pons trabajó más de treinta años, está a punto de lograrlo la avaricia de la nueva burbuja de alquiler: este hombre de 85 años, que cobra una pensión de 600 euros, está obligado a pagar 530 por su vivienda. La amenaza de desalojo pesa sobre él como una condena astral y se ha visto obligado a comer de la beneficencia.

Pero aunque parezca mentira tiene suerte: la suya vino ataviada con ropa ajada de sintecho. Hace dos meses, un grupo de okupas penetró en el local anejo a su vivienda, la Casa de Cádiz, abandonada y vacía desde hace 14 años. Pons pensó que esos tipos eran la séptima plaga de Egipto que le mandaba la providencia pero le bastó hablar con ellos para comprender que no respondían al estereotipo de okupa que dan los medios de comunicación. Capitaneaba la invasión de la Casa de Cádiz el activista Lagarder Danciu, que ha protagonizado estrepitosas protestas en actos políticos. En persona, para mi sorpresa, no parece un egocéntrico mediático ni un loco (es lo que pensé cuando lo vi en la tele) sino un hombre dulce y buen escuchador, extremadamente responsable.

 Lagarder Danciu y Enric Pons. (Martí Sanchís)
Lagarder Danciu y Enric Pons. (Martí Sanchís)

Lagarder ha montado en la Casa de Cádiz un refugio para la gente sin hogar que se autogestiona y está limpio como una patena. Viven allí 25 personas que estaban en la calle, pero el afán de Danciu no es crear un lugar estable, sino darles techo, comida y ducha para que puedan salir a buscar trabajo y reincorporarse a la sociedad, cosa que ha logrado ya con tres de ellos.

Cuando el ayuntamiento podemita de Kichi denunció el allanamiento de la Casa de Cádiz y envió a los Mossos, Enric Pons fue el primero que se plantó ante ellos para proteger a los nuevos vecinos. Ellos han sabido devolverle el favor: Danciu contó ayer la historia de este dibujante al borde del desahucio y hoy su casa está llena de personas que acuden para comprar su libro de memorias. Por ahora me lo estoy pasando pipa, dice.

El salón de la casa de Enric Pons (alias Kheto Rigol), donde compartimos café y pastas, da a la calle Serdenya por un pequeño escaparate. Él se levanta todas las mañanas a las nueve y media y se dedica a dibujar y a escribir. Desde el escaparate, el anciano mira el río humano con una mezcla de curiosidad y malicia.

Mis ausentes siguen viviendo aquí, dice mirando a su alrededor, porque el fantasma no es una luz sino la memoria que impregna las paredes

Su casa está pegada a la Sagrada Familia, en el segundo pulmón turístico de Barcelona. Los paseantes que observa desde su ventana son diferentes a los que contemplaba su madre, y estos eran distintos a los que vio su padre, muerto cuando él contaba nueve años. Mis ausentes siguen viviendo aquí, dice mirando a su alrededor, porque el fantasma no es una luz sino la memoria que impregna las paredes.

Hace dos años, antes de la burbuja, Pons pagaba menos de 250 euros de alquiler. El saloncito es diminuto y parece un joyero. Lleno de cachivaches y curiosidades, con retratos de Oscar Wilde en las paredes y figuras egipcias sobre las mesas, está empapelado de fotos de Marilyn Monroe y de la Virgen María, dos 'sex symbols'. Muestra sus dibujos que huelen a Bruguera y cuenta que durante treinta años se dedicó a poner color y bocadillos a las historietas que dibujaban los maestros.

Por sus manos pasaron el Capitán Trueno y los muñecos de Ibáñez, Cifré y Peñarroya. Los años más satisfactorios de mi vida, dice, son aquellos en los que mi madre se volvió a vivir aquí a casa y le puse con mi salario una señora para hacer las tareas y una peluquera y un callista, mientras yo estaba en “la Bruguera” trabajando

Ha impartido clases de astrología, ha salido en la tele haciendo magia y frecuentó los casinos y las salas de fiesta de los años dorados de la ciudad

Mientras estaba empleado allí empezó a interesarse por el tarot y, después de la quiebra de la editorial, se dedicó en cuerpo y alma a echar las cartas. Ha sido caricato, ventrílocuo y hombre orquesta. Ha viajado a Egipto y en el interior de una pirámide tuvo una revelación. Ha impartido clases de astrología, ha salido en la tele haciendo magia y frecuentó los casinos y las salas de fiesta de los años dorados de la ciudad. Algunas de sus alumnas preferidas siguen viniendo a visitarle, pero hasta la llegada de los okupas se había quedado solo. Si al venir no eres querido, dice, ya no serás querido. Yo no he logrado mantener cerca a alguien que me quisiera.

Antes de terminar, se altera. Se apoya en su muleta y se levanta. Va tapado con una bata y una manta aunque los okupas le han puesto hoy mismo un calefactor. ¿Dónde lo habré puesto? Busca un papel que tiene que estar en alguna parte. Revuelve unas hojas, levanta un par de cuadros con ilustraciones suyas, y por fin da con él. “Es que sin esto no soy nada”, dice, mientras muestra su certificado de persona en situación de vulnerabilidad. “Este soy yo”.

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