Cosas que aprendí sacándome el carné de conducir a los 34

De esta experiencia, manejar el coche ha sido la enseñanza más fácil y la menos importante

Foto: Foto: EFE.
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Ayer por la tarde fui por última vez a la autoescuela para recoger un trozo de plástico con dos ventosas y una L mayúscula sobre fondo verde reflectante: vulgar trofeo para tanto heroísmo como he demostrado. Tengo treinta y cuatro años y me he convertido en un adulto funcional. Ya puedo dejarme bigote, tener hijos, comprar acciones y arruinarme. Ha sido necesario traicionar mis principios para lograrlo.

Yo, como mi amigo Anxo F. Couceiro, me había propuesto ser un diletante y un inútil hasta el final de mis días. No es lo propio de un escritor, pensaba, manejar una máquina que pesa más que la Olivetti. Pero si algo me han enseñado los sucesivos fracasos literarios es que nunca podré contratar a un chófer y decirle que me espere por la noche en la puerta de los bares con el Jaguar. Dicho de otra forma: que nunca seré Raúl del Pozo.

De esta experiencia, manejar el coche ha sido la enseñanza más fácil y la menos importante. Superar el infierno de rotondas de seis carriles sin delimitar, levantar el embrague con la suavidad y la firmeza con la que se deposita un bebé en una cuna o atravesar pasos de peatones sin cometer homicidio imprudente son aptitudes técnicas que se adquieren a base de repetición, pero de este proceso he sacado algo más. Para explicarlo, tengo que poner el intermitente, mirar el retrovisor, cambiar de carril y dar un pequeño rodeo.

El teórico me lo saqué por libre con una autoescuela 'online' que usa una táctica infalible para que apruebes a la primera. Los vídeos de los profesores son piezas audiovisuales en las que puedes ver a adultos disfrazados de chimpancé e imitando al Monstruo de las Galletas. La experiencia provoca en el estudiante un grado tan intenso de vergüenza ajena que es imposible no memorizar el código de circulación. Ahora, cada vez que veo una señal de preferencia en cruce, regresa a mi mente la imagen de un hombre de enormes pectorales soltando un chiste que no reproduciré aquí para no causar más dolor. Aprendizaje por trauma: el caso es que funciona.

Después de sacar el teórico me enteré de que tenía que hacer prácticas. En Barcelona y otras grandes ciudades no hay más alternativa que pagarlas a un precio que fluctúa entre lo que cuesta el tóner de impresora y la sangre de unicornio, con lo que la DGT nos enseña que conducir vehículos motorizados consiste básicamente en desembolsar dinero sin entender por qué. Miré reseñas en internet y me lancé a la autoescuela con mejor relación calidad-precio. Aquí retomamos el carril del que habíamos salido hace dos párrafos.

Mis prejuicios, arraigados y calcificados a lo largo de décadas de patriarcado, capitalismo y cosas de esas, me habían hecho mentalizarme de que mi profesor de autoescuela sería un hombre calvo, panzudo y brusco que aprovecharía cada semáforo para lanzar piropos a las muchachas. Supe que me había equivocado en cuanto conocí a Montse, una mujer que rondaría los cincuenta años y se me quedó mirando con la fiereza de un león a punto de arrancarte las tripas.

“Montse”, le dije al segundo o tercer día, “yo te juro que cuando me saque el carné escribo sobre ti”

Yo creía que mi primer contacto con un arma homicida de mil kilos sucedería en un aparcamiento como el de 'Regreso al futuro', pero Montse me indicó que me sentara donde suelen hacerlo los conductores no británicos, me ordenó que regulase los espejos y me recordó que los pedales están en la parte de abajo. Acto seguido, me sugirió que pisara el embrague y metiera primera. El tráfico de Barcelona, a nuestro alrededor, me recordó al de Marrakech. Puede que Montse no sea un calvo barrigón que echa piropos a las muchachas en los semáforos, me dije, pero todo parece indicar que está como una cabra. “Venga, arranca e incorpórate”. Volvía a equivocarme.

Lo que arrancó fue una 'road movie' con más capítulos que Netflix pero con un guion mejor logrado. “Montse”, le dije al segundo o tercer día, “yo te juro que cuando me saque el carné escribo sobre ti”, a lo que me respondió que por el momento podía dejar de mirar la palanca para cambiar de marcha y que tuviera cuidado con el próximo ceda el paso. Los primeros días hablábamos de cosas del coche pero iba cayendo alguna historia. Supe que venía de familia gitana y que una vez tuvo un alumno neonazi que no sabía dónde se había metido.

"Después de marearlo un poco, lo metí en la zona más cabrona de este mundo. En quince minutos estaba llorando y tuve que pararle el coche yo"

Todo chulo, despectivo, arrogante, el chaval de dieciocho recién cumplidos y cabeza de roca quiso acojonar con posturitas a una leona. “Era la primera vez que se sentaba a conducir y después de marearlo un poco lo metí en la zona más cabrona de este mundo. En quince minutos de cuestas infernales y cambios de sentido el nazi estaba llorando y tuve que pararle el coche yo para que no le diera algo. Se quedó como una rosa, yo creo que salió de aquí socialdemócrata”.

Me explicó también que, siendo profesora en vez de profesor, había que hacerse respetar un poco más en este negocio. Me dijo también que, por fortuna, las cosas han cambiado mucho. “El avance que se ha hecho para las mujeres en esto de la conducción se nota, por ejemplo, en que ahora tenemos espejo para maquillarnos en la visera del asiento del conductor”. Tracatrá.

En fin. Así, charlando, cometiendo yo cien veces el mismo error hasta que Montse me lo extirpaba, nuestra relación fue profundizando mientras aprendía a conducir. Y así es como supe que se había quedado viuda demasiado pronto y no de un hombre cualquiera, sino de uno al que seguirá queriendo cuando exploten los servidores y se borren estas palabras. El día que me lo estaba contando, miré el retrovisor derecho y noté que Montse apretaba los dientes y se secaba las lágrimas. Entonces dijo:

“Si estás enamorado de tu pareja y sabes que es la definitiva”, me dijo, “no seas vago, no seas idiota y aprovecha cada momento, que los días son largos y es muy fácil despistarse. No pierdas ocasión de darle un beso porque esto se acaba bruscamente cuando menos te lo esperas, y no sabes cuánto se puede llegar a echar de menos". Me había quedado estupefacto. “Y no mires la palanca, leche, ya no sé cómo decírtelo”.

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