Condenado por graznar: la multa más idiota de la Ley Mordaza

Juanma se acercó a un grupo de hombres y emitió su graznido. No se dio cuenta de que, de espaldas a él, bajo sus temibles zancos emplumados, había un policía local charlando con sus amigos

Foto: Juanma, el Hombre Pájaro.
Juanma, el Hombre Pájaro.

No parece que el Gobierno de Sánchez se haya apresurado a abolir, tal como prometieron, la odiosa Ley Mordaza que introdujo el PP. Lo más fastidioso de esta ordenanza es que convierte a cualquier policía local en una especie de juez Dredd que interpreta, ejecuta y aplica la ley. Para el humor, la Mordaza tiene pros y contras. Se ha escrito mucho durante estos años sobre las desventajas, pero hoy me apetece escribir sobre los pros.

Mientras que manifestantes, artistas, tuiteros y humoristas han ido pagando sus multas por faltarle a la autoridad, y hasta por zaherir, chanza mediante, la sensibilidad sofisticada de algunos policías con alma de colegiala, la Mordaza también ha provocado enredos y situaciones que ni en las pelis de Billy Wilder. La misma ordenanza que condena a chistosos impertinentes es una fábrica de producir humor, como demuestra la anécdota que os voy a contar.

Juanma es un buen amigo de Águilas con el que me gusta tomar gintónics mientras él bebe agua con gas. Su trabajo consiste en subirse a unos zancos vestido de pájaro, y así ataviado sirve de entretenimiento callejero en esas excusas para vender artesanía y mermeladas que los ayuntamientos anuncian con el nombre pomposo de mercado medieval. Es un trabajo como cualquier otro: entre puestos de botijos, mojito visigodo y cestas de esparto, nuestro Hombre Pájaro pulula graznando a los paseantes.

Ha recorrido sobre sus zancos un montón de pueblos del sur de España, ha graznado y hecho monerías en los escenarios más dispares y jamás había tenido percances hasta que llegó a Andújar en marzo de este año y se cruzó con cierto agente susceptible de la policía local. El 'modus operandi' de Juanma, que por cierto arrastra una miopía galopante, es el siguiente: corrillo que ve, corrillo al que se arrima para hacer el ganso. Y esto hacía en Andújar sin saber que estaba a punto de ser considerado una amenaza para nuestra seguridad.

Se acercó a un grupo de hombres y emitió su graznido. Mientras me lo cuenta, le entra la risa. No se dio cuenta de que, de espaldas a él, bajo sus temibles zancos emplumados, había un policía local charlando con sus amigos. Y cuál sería la cara de pasmo que puso el poli como para provocar en sus amigos el descojone general. En fin: Juanma siguió con lo suyo entre los puestos unos minutos hasta que terminó su turno, y cuando se bajó de los zancos vio dirigirse hacia él a un basilisco disfrazado de policía local.

“Te vas a enterar”, chilló, y Juanma le preguntó a qué se refería con un sincero interés por 'enterarse', pero el agente hacía aspavientos incomprensibles y emitía gruñidos. “Te puedes imaginar la escena, yo ni lo había visto. Y ahí me tienes, emplumado, con la cara pintada, y el poli gritándome que lo había humillado, hecho una bestia. Claro, la escena era la hostia: la gente pasaba y se reía, y el poli cada vez más encabronado. Me obligó a identificarme, garrapateó en su cuaderno de notas y se largó diciendo ya verás, ya verás”.

Y vio. No pasaron más que unos días y a Juanma le llegó a casa un sobre con una multa. Cien euros por graznar a la autoridad. Me cuenta que primero le hirvió la sangre, pero que después leyó el atestado que había redactado el policía y tomó una decisión. Con un lenguaje maquinal, infumable, típico de esta clase de documentos, el policía local denunciaba a un pájaro que le había graznado causando la “mofa” de los presentes. De manera que Juanma pagó la multa y salió a la calle para comprarse un marco. Desde entonces, esta multa surrealista luce en la pared de su salón.

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